Trascendental

Fuerza de la vanidad

2012-01-03

La vanidad es un vicio y como todo vicio, tiene su raíz en la soberbia humana, cuya antítesis es la...

Autor: Juan del Carmelo

Después de leer este título, más de uno o una pensará esto no va conmigo, yo no soy vanidoso. Pero se equivoca de cabo a rabo. Todos somos vanidosos, es un vicio del que es muy difícil de librarse y por ello, es una de las incitaciones preferidas del demonio, para tentarnos. Aunque la vanidad reviste y tiene muchas formas de manifestarse en las personas, generalmente entendemos que una persona es vanidosa, cuando afluyen al exterior signos de su vaciedad, muchas veces en el vestir, y en toda clase de manifestaciones exteriores, sobre todo en su conversación, que siempre con más o menos elegancia está dirigida a resaltar su propio ego. Pero existe una clase vanidad, que quizás sea más dañina, y es la interior de la que pocos se libran.

La vanidad es un vicio y como todo vicio, tiene su raíz en la soberbia humana, cuya antítesis es la humildad. Una persona humilde de verdad, nunca puede ser vanidosa. Jacinto Benavente decía que: El amor propio y la vanidad nos hace creer que nuestros vicios son virtudes y nuestras virtudes, vicios y ello es así, si tenemos en cuenta que al final, la vanidad que es un fruto del propio amor que nos tenemos a nosotros mismos y que se pone de manifiesto a través de la vanidad; Es esa necesidad que nuestro amor propio, nuestro ego necesita, de que todo el mundo se entere de que uno es y está, por encima de los demás.  El autor polaco, Slawomir  Biela, nos habla de la vanidad como un elemento necesario que necesitamos todos nosotros, en mayor o en menor medida, para montarnos más altos en ese pedestal que  todos nosotros nos hemos construido. Es un pedestal de vanidad que nos aparta del amor indulgente de Dios. Pretendemos tener seguridad, de poder tomar todas las decisiones sobre nuestra vida y por tanto confiarnos solo en nosotros mismos para realizar nuestros grandes planes de una vida bella libre y feliz.

La fuerza de la vanidad es tal que a muchos más le importa aparentar que tener, porque aunque tengan, siempre tratan de aparentar tener, más de lo que realmente tienen, por ello les interesa todo lo que pueda resaltar la vana mentira de su figura social. Se mueren por los vestidos, los automóviles, mansiones, relumbrantes fiestas de sociedad, el aparecer en las páginas sociales de las revistas, por todo aquello, en fin que sea apariencia. Y este deseo de apariencia, les lleva a vivir siempre por encima de sus posibilidades económicas, con la subsiguiente angustia de vivir rodeado de problemas económicos.

Sujetar nuestro ego y conducirlo a los cauces de la humildad, es lo que nos recomienda el Señor cuando nos dice: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la hallará”. (Mt 16,24-25). Porque precisamente negarse uno a sí mismo, es anteponer nuestro propio amor, al amor al Señor. Mientras no amemos más al Señor, que a nosotros mismos, jamás podremos seguirle a Él y mucho menos aceptar la carga de nuestra propia cruz. Como siempre ocurre en la vida espiritual de las personas y en nuestras relaciones con el Señor, aquí no caben medias tintas ni pasteleos, o se toma o se deja y es el único camino que tenemos, para salvar nuestras vidas. El pasaje evangélico es claro y rotundo, o se toma o se deja. Y si lo tomamos tibiamente, nunca alcanzaremos en esta vida, una perfecta purificación que nos permita evitar el Purgatorio, que es una meta a la que todos deberíamos de aspirar. Necesitaremos ser purificados, de todos nuestros vicios y sus raíces, y especialmente este de la vanidad, que es una clara expresión de la soberbia de nuestro ego. Y no olvidemos, la realidad que siempre será menos duro, el purificarnos aquí abajo, que el tener que purificarse uno en el Purgatorio.

Ya en el Antiguo Testamento, encontramos claras referencias al vicio de la vanidad. Así tenemos lo que se puede leer en el Libro de la Sabiduría (Sab 4,12), pero sobre todo en el Eclesiastés: “Palabras de Cohélet, hijo de David, rey en Jerusalén. ¡Vanidad de vanidades! - dice Cohélet -, ¡vanidad de vanidades, todo vanidad!  ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol? Una generación va, otra generación viene; pero la tierra para siempre permanece. Sale el sol y el sol se pone; corre hacia su lugar y allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur el viento y gira hacia el norte; gira que te gira sigue el viento y vuelve el viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a fluir. Todas las cosas dan fastidio. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír. Lo que fue, eso será; lo que se hizo, ese se hará. Nada nuevo hay bajo el sol”. (Ecl 1,1-9).

“Yo, Cohélet, he sido rey de Israel, en Jerusalén. He aplicado mi corazón a investigar y explorar con la sabiduría cuanto acaece bajo el cielo. ¡Mal oficio éste que Dios encomendó a los humanos para que en él se ocuparan! He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos”. (Ecl 1,12-14).

“Consideré entonces todas las obras de mis manos y el fatigoso afán de mi hacer y vi que todo es vanidad y atrapar vientos, y que ningún provecho se saca bajo el sol. Yo me volví a considerar la sabiduría, la locura y la necedad. ¿Qué hará el hombre que suceda al rey, sino lo que ya otros hicieron?  Yo vi que la sabiduría aventaja a la necedad, como la luz a las tinieblas”. (Ecl 2,11-13).

San Pablo nos dice: “… ¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué gloriarte como si no lo hubieses recibido?”. (1Cor. 4,7).         

Y San Agustín, por su parte, se ocupa más de una vez de este tema de la vanidad, y de sus escritos podemos extraer las siguientes frases: “La caridad es la única que no se entristece por la felicidad ajena, porque no es envidiosa. Es la única que no se ensoberbece en la prosperidad, porque no es vanidosa”.

“Si aquellos entre quienes vives no te alaban por tu buena vida, están en un error; si te alaban, tú estás en peligro”.

 “No tendrás sencillez de corazón si no eres superior a las alabanzas humanas”.

 “Por amor de las alabanzas humanas, ¡cuántas cosas grandes no hayan realizado esos que el mundo llama grandes!”

“Es de advertir que puede ser objeto de vanidad no solo el esplendor y pompa de las cosas externas, sino hasta algunas bajezas dignas de llanto; es tanto más peligroso, cuanto más engaña con apariencias de servicio a mi causa”.

Luchemos pues,  contra nuestra vanidad y no pensemos que no la tenemos, todos la tenemos con tenemos también nuestro propio pedestal, que solo puede desaparecer a fuerza de humildad.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.



EEM