Para Reflexionar en Serio

La "filosofía" de hacer lo que hace la mayoría

2013-01-03

El respeto a la vida no es algo que se puede aceptar o rechazar, sino que debe de imponerse por...

Autor: Carlos J. Díaz Rodríguez

Vivimos en una sociedad marcada -al menos en teoría- por la democracia, por lo que diga y decida la mayoría, sin embargo, existe una línea muy delgada entre aquello que es más equitativo resolver a través de la vía democrática y lo que no puede estar sujeto de ninguna manera a la opinión de las masas. Por ejemplo, cuando se va a elegir al próximo presidente o primer ministro, está muy bien que los ciudadanos voten, cosa distinta cuando se trata de una reforma que busca aprobar el aborto, condicionándola a la ideología que gane o predomine en el referéndum. En el primer caso, puede resultar electo alguien que no sepa gobernar, existe el riesgo de que la ciudadanía se equivoque, sin embargo, en el segundo caso, no hay ni la más remota posibilidad de que, a diferencia del anterior, las cosas salgan bien, pues de entrada se está negando el nacimiento de un ser humano. No tiene sentido decidir sobre una cuestión que es destructiva, que pasa por encima de los débiles y de los excluidos. El respeto a la vida no es algo que se puede aceptar o rechazar, sino que debe de imponerse por tratarse de lo más valioso que tenemos. Algunos dirán que ser pro abortista, salva la integridad física de la mujer, sin embargo, lo cierto es que se le deja un trauma psicológico mucho más doloroso que afrontar el reto de dar a la luz al hijo que lleva en su vientre y que, en última instancia, es inocente de lo que haya sucedido. Lo anterior, demuestra que la democracia se ha convertido en un pretexto para justificar decisiones que aún siendo tomadas por la mitad más uno de la población, jamás encontrarán sustento en la lógica, la moral, el derecho natural y la justicia. Dicho de otra manera, el que de 100 personas, únicamente diez, reconozcan que la vida del ser humano inicia al momento de la concepción, lo cual, es un hecho científico indiscutible, no hará que las condiciones cambien a favor de las 90 que se opusieron. No se puede contradecir a la naturaleza, aunque se consigan un sinfín de votos, ya que se trata de algo preestablecido.

Ahora bien, además de las elecciones, hay otros casos en los que tiene sentido apegarse a lo que diga la mayoría. Si voy a cenar con mis amigos, lo más normal es que entre todos decidamos a dónde ir, pues estamos hablando de un encuentro amistoso, de una reunión en la que hay que saber adaptarse y convivir, sin embargo, esto no significa que si ellos me invitan a jugar la ouija o el libro rojo –so pretexto de que todo el mundo lo hace- voy a hacerles caso. La sociedad se equivoca, al seguir la corriente de todo aquello que se opone a los valores irrenunciables, ridiculizando incluso a los que trabajan por defenderlos. Si la mayoría de las parejas que conozco caen en la infidelidad, no quiere decir que yo tenga que acabar igual, sin embargo, para muchos, lo que haga la mayoría, es ley. En este sentido, hay que reflexionar, pues dicha mentalidad choca con la inteligencia, con lo que debiera ser evidente. Recuerdo que cuando sacaba una mala calificación en el colegio, le decía a mi mamá para justificarme: “no fui el único, pues a la mayoría le fue mal”, sin embargo, ella me contestaba: “a mí me importa lo que hayas sacado tu”. Seguir lo que hacen los demás, con el objetivo de encajar o aparentar, es un acto de cobardía, de mediocridad.

Se trata de un cambio de enfoque. Preguntarse, ¿por qué tengo que llenar las expectativas de los demás en lugar de ser sincero, firme y transparente?, ¿por qué si la mayoría se burla de la religión tendría que hacerlo yo también? cuando se consigue mirar la realidad de otra manera, se despierta la conciencia y, sobre todo, el sentido común. Sin ser negativo o acomplejado, es necesario tener la actitud y el carácter para aprender a caminar contra corriente, pero siempre de buena manera, aunque cueste trabajo. Otro mundo es posible.



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