Testimonios

Vidas Paralelas del Siglo XX

2013-04-21

Paradójicamente, así como en la Segunda Guerra Polonia había sido el pretexto de protección y...

Autor: JOSÉ J. CASTELLANOS 

Resultaría interesante imitar a Plutarco intentando comparar la biografía de importantes hombres de nuestro tiempo que han marcado a sus pueblos o a la humanidad. Sin duda que encontraríamos material más que suficiente para el intento, aunque resulta imposible en un espacio como éste. Sin embargo, vale la pena dar unas pinceladas acerca de la actuación de varios personajes que marcaron de manera profunda y en diferentes direcciones la segunda mitad del Siglo XX.

La comparación viene al caso a raíz de la reciente muerte de Margaret Thatcher, la dama de hierro, quien junto con Ronald Reagan y Mijail Gorbachov, dieron un giro trascendente a lo que sus predecesores Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y José Stalin pactaran en el Palacio de los Romanoff en Yalta. Los tres ocuparon cargos iguales en sus respectivos países y enfrentaron crisis mundiales importantes que no sólo definieron la problemática de sus respectivos países y pueblos, sino del mundo entero.

Roosevelt, Churchill y Stalin fueron los conductores de Estados Unidos, Gran Bretaña y la URSS contra el nazismo y el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Ellos formaron una alianza que pudo someter a gobiernos totalitarios que mediante golpes de fuerza, dirigidos y liderados por Hitler amenazaron apoderarse de Europa.

Es bien sabido que la Segunda Guerra se desencadena con la invasión de Alemania a Polonia, aventura en la que, por cierto, no iban solos los alemanes, sino acompañados por la URSS, que pretendía imitar las ambiciones de los zares que en el pasado también habían invadido Polonia. Hitler se sintió fuerte al contar con la complicidad de Stalin para la invasión. Después ya no fue el reclamo de un espacio vital, sino la revancha por la humillación de la Primera Guerra y la instauración del milenio ario con que soñaba Hitler. Prácticamente toda Europa Occidental quedó sometida a los ejércitos nazis y pese al pacto entre Alemania y la URRS, aquella invadió el territorio soviético hasta que, como a Napoleón, el invierno los derrotó.

La Isla Británica se salvó de la oleada nazi gracias al Canal de la Mancha, aunque hubo de sufrir los bombardeos sistemáticos con los que se la pretendió doblegar. Frente a la amenaza, Churchill ofreció a su pueblo, como única salida, “sangre, sudor y lágrimas” para defender la libertad, lo cual consiguió con el apoyo de los Estados Unidos. Por su parte, arrasada en primer movimiento militar la propia URSS, enemiga del capitalismo, se salvó gracias al apoyo norteamericano, que sin duda prefirió la opción de la dictadura del proletariado frente a la pureza aria ejecutora del holocausto.

A punto de doblegar la amenaza nazi, los tres líderes se reunieron en Yalta para “repartirse el mundo”, ya fuera como zonas de influencia o como ocupación territorial. Así fue como se dividió la Alemania Derrotada; como se cedió Europa Central y del Este a los soviéticos, amén de sus conquistas en Asia, directamente o mediante el apoyo a otros líderes como Mao Tse Tung. En Yalta se escribió el prólogo de la Guerra Fría, pues se había vencido a un sistema totalitario para ceder el paso, el poder y la influencia a otro bloque, el soviético, y a otra ideología totalitaria, el comunismo y sus derivados socialistas.

Por los resultados parecería que el más sagaz fue Stalin. A pesar de estar postrado por la invasión nazi, condicionó que la reunión fuera en su territorio y sacó tan grandes ventajas, que la amenaza nazi se quedó chica frente a la voracidad soviética que a través del Pacto de Varsovia y los idiotas útiles esparcidos por todos los pueblos empezaron a expandir la influencia soviética por todo el mundo, al grado de que parecía cumplirse la profecía de Marx del advenimiento inexorable del comunismo como un proceso evolutivo natural de la historia.

Y así parecía hasta que surgió una nueva triada en los ochentas, que por un lado daban golpes de timón en las políticas y concepciones internas de sus países y, a la vez, no sólo terminaban con la guerra fría, sino que ponían fin a la mascarada soviética que, finalmente, se disolvió en una implosión estrepitosa que Mijail Gorbachov trató de encauzar mediante la Perestroika y el Glasnot, pero que finalmente derivó en el fin del imperio soviético, el desmoronamiento del Pacto de Varsovia y la reconfiguración de Europa y la desaparición de la URSS. Ronald Reagan y Margaret Thatcher, por su parte, rechazaban las desviaciones económicas para retornar a políticas económicas de mercado liberal, abandonando las seducciones y tentaciones socializantes que envenenaban a sus países.

Paradójicamente, así como en la Segunda Guerra Polonia había sido el pretexto de protección y liberación, aunque terminó ocupada y sometida, también en este giro fue actora del nuevo giro geopolítico y económico. Esta vez, sin embargo, dos personajes fueron vitales, uno a nivel mundial, Juan Pablo II, y otro en el escenario local, Lech Walesa.

Mismos escenarios, actores semejantes, vidas paralelas que cam.



EEM

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