Vidas Ejemplares

San Pascual Bailón: Manso cordero del rebaño de Cristo

2014-03-08

La soledad de los campos y la serenidad propia al rebaño constituían un marco ideal para el...

Autor: Hna. Clara Isabel Morazzani Arráiz, EP

Quien ya tuvo oportunidad de contemplar el espectáculo encantador de un rebaño de ovejas reunido en torno a su pastor, ciertamente habrá notado cuánto existe una como que interlocución entre esos mansos animales y aquel a quien están confiados. En efecto, cuando él las llama o les dirige alguna advertencia, las ovejas se juntan a su alrededor, sumisas y atentas, pareciendo comprender el sentido de sus palabras.

Esta escena, tan simple en la apariencia, nos revela la realidad profunda de aquella frase del Evangelio: "Mis ovejas escuchan mi voz" (Jn 10, 27). Hay en la relación pastor-oveja una simbología creada por Dios para hacernos entender el relacionamiento lleno de consonancia e intimidad que se establece entre Jesús y el alma conducida por la gracia. Bastará una palabra, esto es, una suave inspiración del Espíritu Santo, para ella moverse según la voluntad de Dios, sin temores o dudas, pues sabe reconocer el timbre de la voz del Pastor. Tales son los santos, a lo largo de la Historia, verdaderas "oves manus eius - ovejas en las manos del Señor" (Sl 94, 7), flexibles y obedientes a sus mandamientos. Aquello que los distingue de los demás hombres y los hace ascender las cumbres de la virtud, confiriéndoles un inequívoco carisma de atracción, reposa en ese abandono en las manos de Dios y en la docilidad de dejarse llevar conforme su beneplácito. En eso consiste el verdadero heroísmo, mucho más que en esfuerzos y trabajos en los cuales el alma pueda fatigarse, pues estos, cuando privados del auxilio de la gracia, resultan enteramente estériles.

De este modo, comprendemos entonces que la santidad no consiste tanto en realizar grandes obras, sino en tornar grandes todas las obras, incluso las más insignificantes.

Contemplativo desde la infancia

En 1540, en un jubiloso domingo de Pentecostés, mientras las campanas de la iglesia matriz de Torre Hermosa, situada en el límite de la Provincia de Zaragoza, en Aragón, repicaban para conmemorar la gran solemnidad del Espíritu Santo, nacía un niño predestinado por Dios a ser un perfecto modelo de mansedumbre e inocencia, como cordero del rebaño del Señor. Dado que en España ese día es llamado "Pascua de Pentecostés", sus padres, Martín Bailón e Isabel Yubero, lo bautizaron con el nombre de Pascual.

De condición modesta, el pequeño Pascual comenzó a trabajar a los siete años de edad para ayudar a suss padres, honrados campesinos, pastoreando sus ovejas - único bien que estos poseían - y, más tarde, ejerciendo el mismo oficio al servicio de otros propietarios.

La soledad de los campos y la serenidad propia al rebaño constituían un marco ideal para el desarrollo de aquella alma austera y contemplativa, de modo a hacer florecer en ella las virtudes. Si, desde los primeros años, sus padres le habían inculcado una ardorosa piedad, Pascual se empleó en tornarla cada día más sólida, por medio de la oración asidua, de la mortificación y de la lectura.

Imposibilitado de frecuentar la escuela, por la falta de recursos de la familia, el niño aprendió a leer y a escribir por sí solo -enseñado por los Ángeles, según algunos de sus biógrafos-, tamaño era su deseo de instruirse en la Religión. Su alforja se transformó en una pequeñita biblioteca, donde cargaba los libros de su devoción y el Oficio Parvo de Nuestra Señora, que rezaba todos los días.

No teniendo oportunidad de asistir a la Misa durante la semana, el pastorcito suplía esa laguna dedicando largas horas a la oración, ya sea en una pequeña ermita de la Santísima Virgen situada en aquellas redondeces, ya sea dirigido al lejano Santuario de Nuestra Señora de la Sierra, ya sea, simplemente, delante de su propio personal, donde hiciera gravar una cruz y una imagen de María. Agradó a Dios premiarlo, concediéndole en diversas ocasiones que los Ángeles trajeron hasta él la Hostia resplandeciente para él poder verla y adorarla.

Por otro lado, como la región en torno de la ermita era muy seca y el pasto escaso, Pascual fue advertido por su amo de que, yendo con frecuencia para allá, los animales acabarían por perecer. No queriendo abandonar su lugar predilecto, el niño argumentó, lleno de fe, que María, como Divina Pastora, jamás dejaría faltar alimento al rebaño. Y al cabo de algún tiempo el dueño se dio por vencido, constatando que sus ovejas eran las mejor nutridas de toda la región.

Aparición de San Francisco y Santa Clara

Como Pascual deseaba ardientemente entregarse a Dios en el estado religioso, se le aparecieron cierta vez San Francisco y Santa Clara, y le dijeron que debería ingresar a la Orden de los Frailes Menores. Tal designio iba de encuentro a sus afectos más recónditos, pues alimentaba un especial amor a la virtud de la pobreza. Y cuando su patrón, el señor Martín García, hombre rico y poderoso, prometió dejarle sus bienes, una vez que no poseía hijos, el joven pastor rechazó la oferta, diciendo que prefería ser heredero de Dios y co-heredero de Jesucristo.

A los veinte años partió en busca de esa herencia incorruptible y se trasladó para el reino de Valencia. Deseaba ingresar al convento de Nuestra Señora de Loreto, recién reformado por San Pedro de Alcántara. Entretanto, su timidez en el momento de hablar con el padre superior lo retuvo por cuatro años, durante los cuales permaneció en las proximidades del monasterio, empleado, una vez más, en la guarda de ovejas. Su piedad y sus virtudes lo tornaron conocido en toda la comarca bajo el apodo del "santo pastor".1

Se decidió, por último, a solicitar su admisión en el convento, y fue acogido con alegría por aquella comunidad. Quiso el Superior darle el hábito de hermano corista, pero la humildad de Pascual lo llevó a suplicar que lo dejasen apenas como hermano converso, pues solo deseaba ser la "escoba de la casa de Dios".2

Humildad e intrepidez

El nuevo fraile no tardó en transformarse en un modelo de observancia religiosa, al punto de ser disputada su presencia en los diversos conventos de la Orden. Ejercía sin pretensiones y con simplicidad las más variadas funciones, tales como cocinero, jardinero, portero o limosnero. Sin embargo, al buscar humillarse delante de los hombres, crecía en estatura espiritual delante de Dios. De trato afable y bondadoso con los demás, el hermano Pascual era duro e intransigente consigo mismo. Se consideraba un gran pecador, motivo por el cual se sacrificaba continuamente, privándose del pan para darlo a los pobres, durmiendo sobre la tierra desnuda y flagelándose con frecuencia.

Así testimonió a su respecto uno de sus contemporáneos: "Nunca pensaba en satisfacer el menor capricho. Siempre ponía empeño en mortificarse a sí mismo. Vi brillar en él la humildad, la obediencia, la mortificación, la castidad, la piedad, la dulzura, la modestia y, en suma, todas las virtudes: y no puedo decir con certeza cuál de ellas sobrepujaba las otras". 3

Nutría tiernísima devoción a María Santísima, a quien dedicaba todos sus trabajos. Cierta vez, juzgándose solo mientras montaba la mesa en el refectorio, cayó de rodillas delante de la imagen de Nuestra Señora; después, tomado de sobrenatural transporte de alegría, ejecutó una graciosa danza para aquella Madre que con tantas consolaciones lo agraciaba. Tal episodio fue visto por otro fraile, el cual más tarde lo relató, agregando que la recordación del rostro radiante de júbilo del hermano Pascual lo estimuló durante mucho tiempo en la práctica de la virtud.

En 1576 los superiores lo enviaron a París, como portador de un importante documento destinado al padre Christophe de Cheffontaines, Superior General de la Orden.

Por aquella época, Francia ardía en las guerras de religión y atravesar las ciudades vistiendo el austero burel de San Francisco constituía un auténtico peligro. Con todo, el intrépido hermano Pascual se lanzó a la aventura lleno de confianza en la Providencia, alegre por exponer la propia vida por la obediencia. En algunos lugares fue apedreado por los hugonotes, al punto de guardar una herida en el hombro hasta el fin de la vida.

Volviendo a su convento, dio respuestas lacónicas a las preguntas hechas por sus confrailes respecto a los riesgos por él enfrentados, omitiendo todos los detalles que pudiesen redundar en elogios a su persona.

A lo largo de sus múltiples caminatas por las villas y aldeas de la región, pidiendo limosnas para el convento, su palabra tenía para todos el valor de una predicación, y los milagros que realizaba más contribuían a granjearle la admiración y la estima del pueblo. Innúmeras veces obtuvo la cura de enfermos haciéndoles una simple señal de la cruz. En cierta ocasión, le mandó el Padre Superior curar un fraile que estaba gravemente atacado por una hemorragia. Aunque esta orden contundiese su humildad, nuestro santo se vio obligado a obedecer: trazó una cruz sobre su compañero y luego la sangre paró de correr.

Singular devoción Eucarística

Entretanto, lo que distinguió a nuestro Santo con un brillo todo especial fue su devoción al Santísimo Sacramento. En todo momento que sus deberes lo permitían, allá estaba el humilde hermano a los pies del sagrario, a veces rezando con los brazos en cruz, a veces abismado en profunda adoración, a veces también acolitando con fervor la Misa privada de algún sacerdote del monasterio. Era junto a Jesús Eucarístico que su alma se expandía y dibujaba nuevas fuerzas para enfrentar los combates de la vida. Allí el Divino Maestro le revelaba los misterios del Reino, escondidos a los sabios y doctores. Sin haber hecho cualquier estudio, el humilde converso franciscano entendía de teología más que muchos maestros, porque el ardor de su corazón le explicaba lo que no aprendiera por el raciocinio.

Esto se patentó cierta vez, cuando, estando en Francia, fue interpelado por algunos herejes acerca de la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Enfrentó con tanta sabiduría los sofismas de los enemigos de la Religión y les dio una tan perfecta explicación acerca de la doctrina eucarística, que ellos se sintieron acorralados y sin respuesta. Quedaron boquiabiertos también los que acompañaban a Fray Pascual, pues sabían cómo él no era hombre versado en letras, mucho menos en las sacras enseñanzas.

Hasta incluso durante los más cotidianos trabajos, su corazón estaba puesto en el tabernáculo. Por ejemplo, cultivando la tierra o cocinando verduras, rezaba recordándose de su Comunión matutina: "¿Oh Luz sin mancha, que delicias podéis encontrar en un hombre tan pequeño como yo? ¿Por qué quisiste entrar en mi pecho y hacer de él un templo de vuestra majestad?". 4 Su alma estaba todo el tiempo puesta en adoración a Dios hecho Hostia.

Atención entera a la voz del Pastor

San Pascual murió en 1592, a los 52 años de edad, en el monasterio de Villarreal, después de una prolongada enfermedad que lo hiciera sufrir durante cinco años, dándole la oportunidad de edificar con su paciencia todos cuantos lo rodeaban.

Poco antes de fallecer, preguntó al hermano enfermero: "¿Ya tocaron la campana para la Misa conventual?". 5 Al recibir la respuesta afirmativa, su rostro se iluminó con una sonrisa de júbilo, pues sabía de antemano la hora de su partida. En el instante de la elevación, cuando la campanilla anunciaba la Presencia Real de Jesús sobre el altar, el humilde hermano exhaló su último suspiro y su alma voló para unirse definitivamente a Aquel mismo Jesús a quien tanto buscara a lo largo de toda su existencia.

Estaba ya tan difundida su fama de santidad, que fue imposible hacer el funeral antes de tres días, debido a la afluencia de gente que acudió al convento para darle la despedida. En la Misa de exequias, para asombro de toda la asistencia, sus ojos se abrieron por dos veces, una en la elevación de la Sagrada Hostia, otra en la del cáliz, para reverenciar por última vez, en esta Tierra, la Santísima Eucaristía.

Como manso cordero del rebaño de Cristo, San Pascual Bailón supo estar con su atención entera puesta en la voz del Pastor, que lo instruía en la ciencia divina y en los secretos de la verdadera santidad. En el cumplimiento de la vocación de hermano laico franciscano, su vida transcurrió en la paz del claustro y en la mendicidad, de manera apagada, humilde, pero valiente, en la búsqueda continua y exclusiva de la gloria de Dios. Y le estaba reservada gran gloria y renombre por el mundo entero, al punto de ser canonizado por Inocencio XII menos de un siglo después de su muerte, el 15 de julio de 1691, y proclamado por el Papa León XIII, tan justamente, Patrono Universal de los Congresos y Obras Eucarísticas, el 28 de noviembre de 1897.

1 ARRATÍBEL, SSS, Juan. San Pascual Bailón. In: ECHEVERRÍA, Lamberto de; LLORCA, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2004, v.V, p.364.

2 Idem, ibidem.

3 ARRATÍBEL, SSS, Juan. San Pascual Bailón. In: ECHEVERRÍA, Lamberto de; LLORCA, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2004, v.V, p.365.

4 Idem, p.367.

5 Idem, p.368.



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