Muy Oportuno

El Hijo de Dios llegó por amor a hacerse hombre

2016-01-03

El misterio de la Encarnación de la Palabra de Dios fue preparado en el Antiguo Testamento,...

Padre José Medina

No faltan los problemas, en la Iglesia y en el mundo, al igual que en la vida cotidiana de las familias. Pero, gracias a Dios, nuestra esperanza no se basa en pronósticos improbables ni en las previsiones económicas, aunque sean importantes. Nuestra esperanza está en Dios, no en el sentido de una religiosidad genérica, o de un fatalismo disfrazado de fe.

Nosotros confiamos en el Dios que en Jesucristo ha revelado de modo completo y  definitivo su voluntad de estar con el hombre, de compartir su historia, para  guiarnos a todos a su reino de amor y de vida. Y esta gran esperanza anima y a  veces corrige nuestras esperanzas humanas.

De esa revelación nos habla hoy, en la liturgia eucarística, el prólogo del Evangelio de san Juan, capítulo 1, versículos 1 al 18, afirmando que Dios no sólo es el creador del universo, sino que es Padre, y que su Hijo llegó por amor a hacerse hombre: "El Verbo se hizo carne y  acampó entre nosotros".

El misterio de la Encarnación de la Palabra de Dios fue preparado en el Antiguo Testamento, especialmente donde la Sabiduría divina se identifica con la Ley de Moisés. En Jesucristo, la Ley de Dios se ha hecho  testimonio vivo, escrita en el corazón de un hombre en el que, por la acción del Espíritu Santo, reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9).

Esta es la verdadera razón de la esperanza de la humanidad: la  historia tiene un sentido, porque en ella "habita" la Sabiduría de Dios. Sin embargo, el designio divino no se cumple automáticamente, porque es un proyecto de amor,  y el amor genera libertad y pide libertad.

Ciertamente, el reino de Dios viene, más  aún, ya está presente en la historia y, gracias a la venida de Cristo, pero cada hombre y cada mujer es responsable de acogerlo en su vida, día tras día. Por eso, también el año nuevo será un año más o menos "bueno" en la medida en que cada uno, de acuerdo con sus responsabilidades, sepa  colaborar con la gracia de Dios.

Por lo tanto, dirijámonos a la Virgen María, para aprender de ella esta actitud espiritual. El Hijo de Dios tomó carne de ella, con su consentimiento. Cada vez que el Señor quiere dar un paso adelante, junto con nosotros, llama primero a nuestro corazón; espera, por decirlo así, nuestro “sí”, nuestro consentimiento.

Que María nos ayude a aceptar siempre la voluntad de Dios, con humildad y valentía, a fin de que también las pruebas y los sufrimientos de la vida contribuyan a apresurar  la venida de su reino de justicia y de paz.



JMRS