Muy Oportuno

Los muertos que vos matáis gozan de buena salud

2016-03-11

Algunos preferirían ver a los cristianos suplicando que les perdonen la vida, o los impuestos,...

Fernando de Navascués

 Los muertos que vos matáis gozan de buena salud

Con las gotas de vino que podía conseguir en la celda de la prisión comunista, el obispo encarcelado celebraba la Eucaristía. Las consagraba en la palma de su mano, convertida en altar. Habían sido su alimento de esperanza, su fuerza y su energía. Es más, también la de pequeña comunidad que atendía en la prisión. Esta anécdota pertenece a un testigo muy especial de lo que es y significa ser testigo en la Iglesia, algo que arranca del mismo Calvario y ha sembrado el mundo de sangre bendita a lo largo de la Historia. Se trata del arzobispo vietnamita Francisco Javier Nguyên Van Thuân, llevado durante trece años de cárcel en cárcel, y de campo de concentración en campo de concentración del régimen comunista.

Ese mismo testimonio, pero ya convertido en martirio ha vuelto ahora a las conciencias, que no a los portadas de los periódicos, de miles de cristianos que recibimos las noticias de la persecución a los seguidores de Cristo por vías, podríamos decir, marginales, casi clandestinas, pues los grandes informativos televisivos de occidente no las difunden. Me refiero al asesinato –martirio- de cuatro religiosas misioneras de la caridad, las de la Madre Teresa de Calcuta para entendernos, este sábado 5 de marzo en Aden, Yemen.

El reguero de sangre con el que fue sembrada la Iglesia en los primeros siglos ha sido evocado muy significativamente por los testigos de la fe en el siglo XX y en el XXI, de quienes san Juan Pablo II decía “gloria a Dios por todo lo que ha obrado a lo largo de los siglos, y especialmente en el siglo que hemos dejado atrás, concediendo a su Iglesia una gran multitud de santos y de mártires”.

A más de uno le escandalizará que el Papa dé Gloria a Dios por esas muertes, y no se raje las vestiduras ante tamaña y absurda locura. Entre ellos, los medios de comunicación laicistas que usan al Papa Francisco para apoyar sus intereses, aunque eso suponga retorcer hasta lo inimaginable lo que verdaderamente quiso decir el Papa. Son los medios que ahora callan, digámoslo con educación, “como muertos”.

“Los muertos que vos matáis gozan de buena salud” debemos decir, en cambio, a muchos que por acción o por omisión hacen desaparecer de la escena a monjas, curas o simples laicos por el solo hecho de ser cristianos y no convenir a sus intereses. Por cierto, otros también quieren “desaparecerlos” friéndoles a impuestos…

Y les recuerdo a quienes no les gusta ver cristianos cerca suyo lo que decía san Ignacio de Antioquía poco después del año 100 después de Cristo: “Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra”. Eran los tiempos del emperador Trajano. Poco después moría comido por las fieras. Y ante la tentación que algunos le ofrecían de salvarle del martirio por medio de alguna corruptela, imploraba: “Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido”.

¿No late aquí, con toda su fuerza, la gloriosa libertad de los hijos de Dios que Cristo ha traído a la tierra? Una libertad llena de sabiduría, que ha traspasado los siglos hasta hoy mismo, en los campos nazis y en los gulag comunistas, durante la persecución religiosa en México en los años veinte, en los treinta en España y hoy mismo en manos del Islam radical en África y Asia.

Algunos preferirían ver a los cristianos suplicando que les perdonen la vida, o los impuestos, según el país, pero yo me quedo con las palabras del Papa Francisco: “La Iglesia no está en el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor visceral que es la misericordia de Dios. Para que eso suceda, es necesario salir. Salir de las iglesias y de las parroquias, salir e ir a buscar a las personas allí donde viven, donde sufren, donde esperan”. Aunque eso, y esto ya es mío, suponga la muerte.



LAL