Contra Espada

¿Qué hacer con Trump? He ahí el dilema que enfrentan muchos líderes mundiales

2017-01-31

En México la visita de Trump fue vista como una humillación nacional. Fortaleció la imagen de Trump...

Steven Erlanger, The New York Times

Todo iba muy bien....

LONDRES – La primera ministra del Reino Unido, Theresa May, acababa de despegar de Washington el viernes en la noche después de una primera reunión tensa pero exitosa con el presidente Donald Trump y había tomado un vuelo de diez horas a Ankara, Turquía, para su siguiente encuentro con el cada vez más autocrático presidente turco, Recep Tayyip Erdogan.

Sin embargo, para cuando aterrizó en Turquía, Trump había firmado la orden ejecutiva para detener la entrada a Estados Unidos de todos los refugiados sirios y la mayoría de los ciudadanos de siete países predominantemente musulmanes, incluyendo a personas con doble nacionalidad. May comenzaba a sentir el contragolpe.

Después de haber calificado la orden ejecutiva como un asunto de Estados Unidos, explotaron las críticas incluso entre los miembros de su partido en el parlamento. Un exdiplomático británico la acusó de adoptar una política de apaciguamiento, como la de Neville Chamberlain con Hitler. El lunes en la noche se reunieron manifestantes afuera de Downing Street, y más de 1,5 millones de firmas recolectadas en una solicitud por internet exigían que May cancelara su invitación a Trump para visitar a la Reina Isabel II.

Tanto los aliados como los enemigos consideran que una relación estrecha con cualquier presidente de Estados Unidos es vital, pero en particular países con una relación aún más cercana, como el Reino Unido, Canadá, Japón y México. Sin embargo, como polilla alrededor de una luz, los líderes de esos países están descubriendo que hacerlo es acercarse al peligro.

Aunque May es la más reciente líder en recibir críticas por su tratamiento a Trump, los líderes de esos otros tres aliados cercanos también han sentido el escozor del enojo público poco después de lo que parecían llamadas telefónicas o encuentros amistosos. Enfrentan una situación en la que no pueden salir ganando, ya sea que critiquen abiertamente al líder de Estados Unidos o se aguanten los golpes y se arriesguen a ser duramente criticados en casa.

El peligro de ser amable con Trump no debería sorprender a los aliados de Estados Unidos. Además de haber hecho campaña a partir de una plataforma de “Estados Unidos primero”, ha argumentado con frecuencia que varios países amigos han estado engañando a Estados Unidos en cuanto a comercio, seguridad y finanzas.

Aun cuando ha sido cordial en entornos públicos con los líderes de esas naciones aliadas, los ha atacado poco después.

“Trump no valora las relaciones. Valora la fuerza y la victoria”, dijo Jeremy Shapiro, el director de investigación del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (European Council on Foreign Relations) y antiguo funcionario sénior del Departamento de Estado. “Si corres a la Casa Blanca a ofrecer una débil mano amiga, estás garantizando que te explotarán”.

Aunque la orden ejecutiva de Trump claramente no se dirigía al Reino Unido, la firmó solo unas cuantas horas después de la partida de May. “Puedes pararte frente a su puerta y darle la mano”, dijo Shapiro, “pero eso no significa que una horas más tarde, cuando esté firmando una orden, vaya a pensar en cómo te afecta a ti, a tus políticas o a tus ciudadanos”, comentó Shapiro.

En una manifestación afuera de Downing Street ese mismo viernes, la gente exigía que May cancelara la visita de Estado y decía que, aunque las relaciones con Washington eran importantes tenían que ser más fríos con Trump.

Amber Curtis, de 21 años, una estudiante de cine que es mitad británica y mitad iraní, dijo que le preocupaban sus familiares y amigos en Estados Unidos. “Si él viene después de esa prohibición se estaría mandando un mensaje erróneo”, dijo Curtis con respecto a Trump. “No diría que no quiero que haya relaciones, pero no puede venir aquí con esos términos de la prohibición. Los términos deben renegociarse”.

Negma Yamin, de 50 años, una profesora proveniente de Pakistán, estaba llorando. “Estoy tan triste como musulmana; odio la persecución”, dijo. “No se puede negociar con una persona así. ¿Qué hará él con la gente? Está dividiendo a Estados Unidos y al mundo”.

El lunes, Downing Street reiteró que la invitación sigue en pie. Sin embargo, ¿quién puede prever cómo reaccionará Trump?

El presidente de México, Enrique Peña Nieto, experimentó algo similar al episodio con May… dos veces. El año pasado, en nombre de la conciliación y el diálogo, invitó a Trump a México. Fue una decisión algo cuestionable, dado el desprecio de Trump por México y sus promesas de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, elevar los aranceles, deportar a millones de mexicanos y construir (o terminar) un muro fronterizo y mandarle la factura a su vecino.

En México la visita fue vista como una humillación nacional. Fortaleció la imagen de Trump y debilitó a Peña Nieto, en especial cuando Trump, en un discurso sobre la política migratoria que dio en Phoenix pocas horas después, insistió en que México pagaría el muro.

Después de la victoria de Trump, Peña Nieto volvió a apostarle al diálogo, aparentemente con la intención de influenciar al nuevo presidente y moderar lo que muchos esperaban fuera solo retórica electoral. Pero, justo antes de que ambos líderes se reunieran en Washington, Trump emitió órdenes ejecutivas para empezar la construcción del muro y restringir la migración.

Peña Nieto canceló la reunión, pero solo después de que Trump amenazó –en Twitter– con hacerlo primero si México no acordaba pagar el presunto muro.

Aunque el presidente mexicano no acudió a Washington, habló por teléfono con Trump durante una hora el día siguiente.

“No es victoria ni derrota”, dijo Fernando Dworak, analista en Ciudad de México. “Es el sonido de la campana antes de otro round en una pelea de boxeo”.

El primer ministro canadiense Justin Trudeau ascendió a ministros de su gabinete experimentados en la relación con Estados Unidos tras la elección de Trump. Chris Bolin/Reuters

El primer ministro de Japón Shinzo Abe tiene el mérito de estar entre los primeros en experimentar el escozor de las acciones de Trump. En una reunión celebrada en Nueva York en noviembre, Abe solicitó a Trump, entonces el presidente electo, que no abandonara un importante pacto comercial, el Acuerdo de Asociación Transpacífica, o TPP.

Una de las primeras acciones de Trump como presidente fue salirse del acuerdo, que muchos consideraron una victoria para China, aunque el pacto ya había sido bloqueado en el senado. Trump ha cuestionado desde hace tiempo el compromiso financiero y militar con la seguridad de Japón, y ha criticado a la constructora de autos Toyota por sus planes de producción en México.

Un editorial en el Mainichi Shimbun, un periódico de centro-derecha de Japón, preguntaba por qué Abe no estaba tomando una postura más fuerte ante Trump: “Es difícil entender por qué el primer ministro está defendiendo a un presidente que destruyó el acuerdo comercial, establecido después de casi seis años de arduas negociaciones, en su cuarto día en el cargo”.

Dados los posibles riesgos, Abe ha preferido evitar una crítica abierta hacia Trump y una reunión está programada en Washington para principios de febrero.

En Canadá, el primer ministro Justin Trudeau también ha tenido sus momentos con Trump. Como dijo una vez el padre de Trudeau, el antiguo premier Pierre Trudeau, la cercanía con Estados Unidos “de alguna manera se parece a dormir con un elefante; sin importar cuán amigable o moderada sea la bestia, a uno le afecta cada uno de sus sacudidas y gruñidos”.

Así que en lugar de provocar una pelea, Trudeau se ha movido sutilmente para establecer contacto con funcionarios del nuevo gobierno y renovó su gabinete para promover a ministros con experiencia con Estados Unidos.

Trump dio pie de inmediato a problemas con el líder canadiense con su aprobación para el oleoducto Keystone XL, lo que puso a Trudeau en una posición incómoda entre los ambientalistas y los productores de petróleo.

Si Trump se mete con Canadá en asuntos comerciales, como parece probable, se espera que Trudeau no se quede callado y exprese críticas.

Sin embargo, hasta ahora ha evadido criticar públicamente al presidente de Estados Unidos, una reticencia que quizá ayudó durante el fin de semana, después de la orden ejecutiva de Trump sobre la inmigración. En pocos instantes, Canadá fue capaz de obtener una aclaración de la Casa Blanca de que esta directiva no afectaría el tránsito de ciudadanos canadienses y personas con doble nacionalidad a Estados Unidos.

Después de su torpe respuesta inicial, el Reino Unido obtuvo esencialmente la misma aclaración 15 horas después, lo que Londres celebró como resultado de su relación especial con Trump. Aunque es posible que el Reino Unido haya influido, la Casa Blanca ya estaba limitando las interpretaciones iniciales a la orden ejecutiva.

De todas formas, la “relación especial” nunca ha sido una igualitaria, así que aún hay un cierto grado de humillación en esta situación.

Este sentimiento se puede leer en un mensaje de Twitter publicado por el usuario @Locke1689, un “conservador progresista” confeso: “Un desaire a la única superpotencia del mundo sería una burda autolesión diplomática”.



JMRS