Reportajes

Los accidentes ocurren, pero los padres no deberían culparse a sí mismos

2017-03-14

Cuando un niño tiene un accidente -y los niños sufren accidentes- siempre hay un padre que se...

Perri Klass, The New York Times

¿Qué es lo peor que has hecho como padre? ¿Cuál es la decisión que darías lo que fuera por cambiar, el arrepentimiento que te mantiene despierto por las noches? Todos los tenemos; son gajes del oficio.

Algunos de los más problemáticos son los asuntos médicos, cuando un padre se siente responsable de que su hijo esté enfermo o herido. Como pediatra, me he sentado a hablar con padres que se culpaban una y otra vez por las decisiones que habían tomado: “Le quité los ojos de encima por un minuto, y algo terrible sucedió: mi hijo corrió a la calle, metió la mano a una máquina, se cayó de las escaleras”.

Cuando un niño tiene un accidente —y los niños sufren accidentes— siempre hay un padre que se arrepiente de algunas o de todas las decisiones y permisos que permitieron que el niño estuviera ahí en ese momento; son padres que desean, como casi todos lo hacen, poder cargar con todo el dolor y el sufrimiento de sus hijos. Cuando los niños se enferman —y los niños sufren enfermedades— los padres se sienten responsables y culpables por todo, desde infecciones hasta enfermedades hereditarias.

En mi sala de consultas también escucho otros remordimientos que los padres jamás superan por completo: la dejé en la escuela donde la molestaban; permití que renunciara al equipo y perdió a sus amigos; la presioné para que entrara a un programa de estudiantes avanzados y ahora cree que es tonta; esperé demasiado antes de que le hicieran pruebas cuando estaba teniendo problemas en la escuela; le dije que necesitaba quedarse en el equipo y ha tenido un año terrible.

No hay otro empleo en nuestra vida que sea tan difícil como este; no hay trabajo que nos importe tanto. Por mucho que lo intentemos, no hay esperanza de controlar todo lo que suceda (y eso lo sabemos).

No creo que la generación de mis padres pasara tanto tiempo arrepintiéndose y pusiera tanta energía en ello; si los padres necesitaban mudarse, entonces el niño se mudaba. No recuerdo que agonizaran pensando a qué escuela asistiría el niño y, desde luego, que molestaran a los hijos en la escuela era un hecho de la vida; ningún padre se sentía directamente responsable por las interacciones sociales de los niños pequeños. Además, los accidentes pasaban, las visitas a la sala de emergencias pasaban, las suturas pasaban, a veces una y otra vez al mismo niño.

Desde luego, las superficies de los patios de juegos eran sólidas como rocas, no había cinturones de seguridad en el asiento trasero y nadie había oído acerca de los cascos para andar en bicicleta.

De ninguna manera siento nostalgia por el matoneo sin control ni por los traumatismos en la cabeza provocados por accidentes en bicicleta, muertes en automóviles o, ya que estamos, el sarampión, la tos ferina y otras enfermedades que se evitan con vacunas. Hacer que el mundo sea más seguro para los niños es algo bueno y grandioso. Además, es maravilloso que podamos hacer que las escuelas se ajusten a los niños y que los patios de juegos sean más agradables —y más seguros— para todos.

Sin embargo, aunque cubras el suelo debajo de los columpios con materiales suaves y les pongas casco a todos, la vida no siempre va bien y terminamos sintiendo arrepentimiento. Y los niños que se las arreglan para evadir todas las medidas de seguridad pueden terminar en la sala de emergencias y sus padres tienen que abrazarlos, llevarlos a casa y seguir con la vida.

Como médica puedo ser particularmente dura conmigo misma, porque siento que debería utilizar todos mis conocimientos para cuidar a mis hijos. Cuando uno de mis hijos era pequeño, permití que sufriera serias quemaduras por el sol —les ahorraré las complejas explicaciones de cómo y por qué— pero entendí de inmediato que de alguna manera eso negaba toda mi existencia, que había fracasado como madre, pediatra y persona. He tenido muchos otros arrepentimientos, pero quizá ninguno tan abrumador, tan completo y desolador como esas quemaduras por el sol.

Los niños que se las arreglan para evadir todas las medidas de seguridad pueden terminar en la sala de emergencias y sus padres tienen que abrazarlos, llevarlos a casa y seguir con la vida.

Llevé a mi hijo al pediatra, quien había sido unos de mis profesores clínicos en la residencia, el doctor Gerald Hass. Ahora está retirado de su consultorio en Cambridge, Massachusetts. Lo llamé el otro día para preguntarle: ¿Recuerdas esa quemadura por el sol y la visita de hace 20 años? “La recuerdo como si fuera ayer”, me dijo. “Llegaste con lágrimas en los ojos y creo que te fuiste sintiéndote un poco mejor; eso es lo que recuerdo”.

Le pregunté si recordaba que, muy amablemente, me contó una historia acerca de haberle derramado café caliente a uno de sus hijos sin querer, años atrás. “Esa pequeña anécdota te ayudó”, me dijo. Mi hijo, recordó, estaba bien. “No fue una quemadura horrible, y obviamente iba a mejorar, pero decirte eso no era tan útil como decir: bueno, recuerdo lo que le pasó a mi propio hijo”.

Desde luego, todos deberíamos aprender las reglas de seguridad y salud adecuadas: bloqueador, bloqueador, bloqueador… y, por ende, cascos para subirse a una bicicleta, usar los cinturones de seguridad, vacunarse y tener cuidado con los líquidos calientes. Pero aun así las cosas salen mal, y te culparás y te castigarás; si tienes suerte, el niño estará bien, y quizá te ayudará escuchar una anécdota de solidaridad y empatía, una que te recuerde que todos nosotros tomamos millones de pequeñas decisiones a diario.

Nadie es perfecto, decía Hass, ni los doctores experimentados ni los novatos, ni los pediatras ni los padres. “Cualquiera que ame a sus hijos seguro tiene ese sentimiento de haberlos traicionado o decepcionado o de no haber hecho lo correcto o no haber tenido los cuidados suficientes, pero eso es muy normal”, dijo el doctor Hass. “Afortunadamente, si el niño crece bien, puedes decir que todo eso está en el pasado”.



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