Espectáculos

En Netflix, las fronteras de Estados Unidos permanecen abiertas con series como "Fadua" y "Nobel"

2017-03-20

Netflix tiene mucha competencia en este mercado, pero ha programado series extranjeras de manera...

Mike Hale, The New York Times

Además de su iniciativa que busca dominar el contenido original, Netflix también está transformando silenciosamente nuestra experiencia televisiva de una manera profunda. Este año ya ha agregado series de Argentina, Reino Unido, Canadá, Japón, México, Corea del Sur, España y Turquía al contenido que ofrece en Estados Unidos. Puede que el gobierno estadounidense le esté cerrando sus fronteras a ciudadanos de otros países pero, al menos por ahora, los programas de televisión de esas naciones siguen transmitiéndose sin problemas.

Netflix tiene mucha competencia en este mercado, pero ha programado series extranjeras de manera más agresiva que otros servicios como Amazon y Hulu; aunque ciertos sitios especializados y más pequeños podrían tener una mayor oferta de telenovelas asiáticas (DramaFever) o dramas británicos (AcornTV), Netflix les da a los programas que adquiere un mayor potencial de impacto debido a su escala.

No todas las producciones merecen esa exposición: gran parte de la oferta de este servicio son melodramas risibles que solo sirven para dar variedad o complacer a quienes viven en otro país y sienten nostalgia por su tierra. Sin embargo, también podemos encontrar algunas joyas. Un par de series que se agregaron en diciembre sin mucha fanfarria, como Fauda de Israel y Nobel de Noruega, son mejores y diferentes de la mayoría de los programas estadounidenses que se están viendo en este momento.

Fauda es el thriller sórdido y realista más reciente de la industria televisiva israelí, una fuente principal de ideas y conceptos para la televisión estadounidense (otros ejemplos de esa tendencia son Hostages y la maravillosa Prisoners of War, el modelo de Homeland que pueden verse en Netflix y Hulu). Su premisa es simple: un terrorista palestino dado por muerto surge de las sombras para asistir a la boda de un familiar, y un equipo israelí —encabezado por el agente que pensó haber asesinado al terrorista años antes— es enviado para matarlo de nuevo.

La misión sale mal, desde luego, y sus horribles consecuencias se exhiben a lo largo de 12 tensos episodios. Fauda es un thriller, e incluye mucha acción violenta, pero las batallas y las persecuciones dan una sensación aterradoramente casual y cotidiana. No hay filas de camionetas negras, sino furgonetas maltratadas y autos desvencijados que llevan combatientes vestidos con playeras y sandalias, quienes cargan armas que lucen como si hubieran salido de la cesta de rebajas en una feria de armamento.

También es un drama familiar, de una modo en que los thrillers estadounidenses no pueden emular. Los bandos rivales viven tan cerca y tienen tanta historia compartida que las esposas, niños, primos y novias se exponen al peligro de maneras creíbles, sin los giros narrativos usados por los dramas estadounidenses para poner en peligro a los familiares de los personajes.

Nobel es más sofisticada que Fauda, tiene un estilo más estadounidense en su calidad y edición. Sin embargo, posee una seriedad similar y un equilibrado sentido común al tratar temas como la familia y las dinámicas organizacionales que pocas veces logran los dramas estadounidenses.

El título es una referencia al Premio Nobel de la Paz, que está presente en el contexto de la historia como un cargo de conciencia. La serie de ocho episodios relata una conspiración geopolítica que conecta intereses petroleros, organizaciones humanitarias, al gobierno noruego y, sobre todo, una unidad élite de fuerzas especiales de Noruega cuyo trabajo en Afganistán implica asesinatos y encubrimientos en su país de origen.

Como Fauda, Nobel se trata de los efectos de la violencia en una sociedad, pero desde la perspectiva opuesta: los noruegos, arrogantes sobre la paz y el orden de sus vidas, se muestran impactados con un asesinato y un escándalo que de pronto entran en escena. Lo que distingue ambos programas, para los espectadores acostumbrados a la televisión estadounidense, es que hacen que la violencia política se sienta como una realidad peligrosa y triste en vez de una fantasía heroica salida de un videojuego.



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