Como Anillo al Dedo

Retrato en familia

2017-04-26

uando observo con detenimiento las caras recompensadas de la mayoría de esos que miran al lente de...

Jorge Zepeda Patterson, El País

La foto se hizo viral en las redes sociales y había motivos. La imagen del presidente Enrique Peña Nieto rodeado de gobernadores priistas, tomada no hace mucho tiempo, podría hoy ser un póster colgado en la comisaría de la policía: buena parte de los rostros sonrientes que allí observamos pertenecen ahora a individuos prófugos, que están bajo investigación o se encuentran tras las rejas en distintas etapas de procesos judiciales relacionados con malversación de recursos públicos y lavado de dinero.

“200 años de cárcel los contemplan”, podría ser el título de la estampa. “Cómo desaparecer 12,000 millones de dólares sin perder la sonrisa”, podría ser otro. Sea cual sea la manera en que se le designe (y las redes no escatimaron ni ingenio ni desprecio), la imagen arroja un severo cuestionamiento a la clase política en su conjunto y nos hace preguntarnos si hemos por fin tocado fondo (una pregunta retórica, desde luego; nunca debemos subestimar la capacidad de los corruptos para descender otro escalón a la inmundicia). Cuando observo con detenimiento las caras recompensadas de la mayoría de esos que miran al lente de la cámara desde el pedestal de su éxito, trato de descubrir algún rasgo común, algún fenotipo gremial que permita advertir al corrupto que anida en el corazón de casi todos ellos. Y desde luego no es su físico lo que los delata: hay altos y bajos, gordos y esbeltos, feos y agraciados, morenos y pálidos.

La imagen de Peña Nieto rodeado de gobernadores priistas podría hoy ser un póster colgado en la comisaría de la policía

Lo que tienen en común es la autosatisfacción en la mirada y el pavoneo en la pose. Hombres de poder que se sienten blindados por el escudo protector de la impunidad y, por qué no decirlo, por la figura presidencial tras la cual se agrupan. Que algunos de ellos hayan caído en desgracia obedece simplemente a la presión de la opinión pública y a la exhibición de abusos tales que otros cómplices en el poder se sintieron obligados a depurarlos para intentar salvar el propio pellejo (pero esa es otra historia).

El fin de semana pasado estuve en una reunión de escritores en Barcelona y en algún momento se sugirió una foto de grupo; alegres y disciplinados tomamos posición frente al lente, escalonados en una hermosa gradería. En ese instante no pude evitar el recuerdo de los gobernadores y preguntarme si a la posterior mirada del observador podría descubrirse la profesión de esos que ahora posábamos ante a la cámara.

Había africanos, asiáticos, latinoamericanos y europeos entre nosotros. El atuendo y los rasgos físicos no podían ser más distintos, pero todos escribimos novelas. ¿Habría algo específico que delatara nuestra inclinación a ensartar palabras y construir con ellas página tras página, a pasar cientos de horas en solitario aporreando un teclado? ¿Proyectaría una imagen distinta una reunión de matemáticos o de dentistas?

Supongo que no. Messi y Ronaldo no podrían ser más contrastantes en la actitud, ya no digamos en el porte físico. Y entre las personalidades de Andrés Iniesta y Zlatan Ibrahimovic hay una galaxia de diferencia y no sólo por los casi 30 centímetros de estatura que los separa. Los cuatro tienen poco en común salvo hacer con un balón lo que a escritores, matemáticos o dentistas nos está vedado.

Y, no obstante, regreso a la foto de los gobernadores y observo un rasgo invisible que los une, pese a todo. Me parece que unos y otros transpiran una misma manera de ocupar el espacio, como si el resto de las personas existieran para ser activados a su antojo. Eso es lo que provoca el poder, supongo; una disposición para usar a los demás como si todo no fuera más que una coreografía concebida para servirles.

En su libro De qué hablo cuando hablo de escribir, Haruki Murakami afirma que donde hay 100 escritores existirán 100 modos de escribir. Y lo mismo podría decirse de los cuatro futbolistas citados antes: sus pies hacen prodigios, pero cada uno los hace de distinta e inconfundible manera. En cambio, veo a Javier y a César Duarte, a Roberto Borge o a Rodrigo Medina y me parece que exudan prepotencia, cinismo e infamias de la misma y miserable manera. La corrupción es un feo bicho que hermana a unos con otros, supongo, y termina por ofrecernos un verdadero retrato en familia.



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