Disparates y Desfiguros

La ignorancia histórica de Trump

2017-05-17

Hoy el presidente más impopular desde que se hacen encuestas ha descubierto a alguien a su altura....

David Alandete, El País

Es una arraigada costumbre de los inquilinos de la Casa Blanca contemplarse en el reflejo de uno de sus antecesores, algún gran estadista en quien encontrar inspiración en los momentos de mayor peso de la presidencia. Jimmy Carter admiraba a Harry Truman. Ronald Reagan se consideraba un seguidor de Franklin D. Roosevelt. Barack Obama indagaba de forma obsesiva en la biografía de Abraham Lincoln.

Hoy el presidente más impopular desde que se hacen encuestas ha descubierto a alguien a su altura. Una de las primeras decisiones de Donald Trump al asumir el cargo en enero fue encontrar un cuadro de Andrew Jackson, séptimo presidente de Estados Unidos, para colgarlo en lugar de un óleo de Norman Rockwell sobre un detalle de la Estatua de la Libertad.

Tenemos muchos testimonios sobre Jackson tomados en su época. Uno de los más citados es el de una vecina de la localidad en la que nació, tomado a principios del siglo XIX. “¿Qué? ¿Jackson, presidente? ¿Jackson? ¿Andrew Jackson? ¿El Jackson que vivía en Salisbury? Pero si cuando estaba aquí era un vividor y mi marido ni siquiera le invitaba a entrar en casa. Es verdad, se lo llevaba al establo a pesar caballos y luego se tomaban el whisky allí. Si Andrew Jackson llega a presidente, cualquiera puede serlo”.

La historia ha confirmado las sospechas de aquella anónima vecina a la que hoy cita un gran volumen de biografías de Jackson, entre ellas la obra de mayor peso en años recientes: American Lion, del historiador Jon Meacham. Es cierto, cualquiera puede llegar a presidente.

Obama había ordenado retirar la efigie de Jackson de los billetes de 20 dólares. Su espacio lo ocupará una esclava que se emancipó

No cabe pensar que esta afirmación moleste a Trump, que en su discurso inaugural prometió que devolvería el poder “al pueblo americano”. El 15 de marzo hizo un pomposo peregrinaje a la mansión de Jackson en Tennessee para rendirle homenaje en el día de su 250º aniversario. Allí glosó su figura y afirmó: “Jackson se enfrentó y desafió a unas élites arrogantes. ¿Os resulta familiar? Me pregunto por qué hoy la gente habla tanto de Trump y Jackson, de Jackson y Trump”.

Desde su residencia actual, los días que no escapa a Florida, Trump puede ver a Jackson a diario. Frente a la puerta principal de la Casa Blanca se encuentra desde 1852 una estatua ecuestre del séptimo presidente, alzando su sombrero al aire con la mano derecha, en un eterno saludo. No podría haber mejor lugar. Jackson nunca fue un hombre del sistema y, como correctamente afirma Trump, hizo de las élites políticas su enemigo acérrimo. Fue el primero en llamarse “presidente del pueblo” y su sitio está fuera de la sede del poder ejecutivo, a pie de calle. Su quijotesca campaña fue tan exitosa que aún hoy se denomina al periodo previo a la guerra civil como de la “democracia jacksoniana”.

La primera vez que ganó unas elecciones, en 1824, Jackson no logró gobernar porque sus tres oponentes se confabularon y le arrebataron la presidencia de forma tan legal como sibilina en la Cámara de Representantes. Con un panorama menos fragmentado y un solo oponente, Jackson venció de forma mucho más contundente cuatro años después, siendo el primer candidato del Partido Demócrata moderno.

A partir de entonces, el presidente, elegido por los votantes, se ha sentido representante del pueblo, con el derecho a tener la última palabra sobre la legislación que se aprueba en un Congreso sujeto a intereses territoriales. Un dato: los primeros seis presidentes de EE UU vetaron nueve leyes en cuatro décadas. Jackson anuló doce en ocho años.

Puede que parezca que la historia se repite con Trump. Jackson fue un presidente llegado de fuera de Washington que se atrincheró con su familia más directa en la Casa Blanca entre acusaciones de nepotismo. Prometió reducir la deuda pública y reorganizar de forma radical el sistema bancario. Fue recibido con recelo y sus amistades y ministros se convirtieron en pasto de rumores en un Washington elitista, que nunca le aceptó como miembro de pleno derecho.

Esa es una parte de Jackson. Hay otra mucho más oscura que justifica que en el acervo popular no esté a la altura de Washington, Lincoln o Roosevelt. De hecho, el año pasado Obama ordenó retirar su efigie de los billetes de 20 dólares. A partir de 2020 su espacio lo ocupará Harriet Tubman, una esclava que se emancipó y luchó valientemente por la igualdad de su raza.

Tampoco es muy seguro que a Jackson le hubiera gustado Trump. Uno de sus proyectos fracasados fue eliminar el colegio electoral, los 538 electores que deciden el resultado de las presidenciales canalizando a través de divisiones territoriales el voto popular. Es sabido que a Trump le enerva que le recuerden que él ganó en ese ámbito, pero perdió frente a Hillary Clinton el voto popular por casi tres millones.

Vistas esas contradicciones, queda claro que Trump no es muy dado a leer libros, algo que por otro lado él mismo ha admitido. Si hubiera consultado las muchas biografías de Jackson, no hubiera hecho esta declaración reciente: “Si Andrew Jackson hubiera vivido un poco más tarde no se habría producido la guerra civil. Era un tipo duro, pero tenía un corazón enorme”.

En realidad Jackson murió 16 años antes de que comenzara aquel conflicto. Y tanto ideológica como moralmente estaba en el bando equivocado. Es cierto que se enfrentó a algunos Estados del sur cuando amenazaban con romper la unidad nacional, pero lo hizo por las peores razones posibles: por una cuestión de impuestos. Ignoró conscientemente el grave problema ético de la esclavitud y llegó a tener 150 personas de su propiedad en la misma casa de Tennessee que ahora ha visitado Trump.

Fue también Jackson quien consumó la política de expulsar a los nativos americanos de sus tierras legítimas, en una campaña de limpieza étnica que afectó hasta a 46,000 personas y provocó guerras, dolor y muchas muertes.

Pero claro, eso forma parte de la historia, hechos acontecidos hace ya tanto tiempo que Trump no puede torcer para endosarles el calificativo de alternativos.



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