Reportajes

Resistencia, bullicio y penurias en la fortificada Damasco 

2017-05-29

La normalidad parece dominar la mezquita y sus alrededores, la ciudad vieja de Damasco. Seis largos...

 

FRANCISCO CARRIÓN Damasco / El Mundo


La Siria de Bashar Asad: Damasco, un oasis en plena devastación de la guerra siria

Al caer la noche, la ciudad se sumerge en las tinieblas. Una estricta economía de guerra se ha instalado en la capital siria. Los varones jóvenes se han esfumado y los souvenirs lucen intactos en la ciudad vieja

Una turbadora sensación de paz habita la mezquita de los omeyas, uno de los edificios más sagrados del islam. Es primera hora de la tarde de un viernes y varias decenas de damascenos peregrinan por los suelos de reluciente mármol que conducen a las estancias interiores. En el minbar (púlpito) un par de operadores de televisión graba el sermón que un ulema, apoltronado en una butaca baja, imparte a un grupo de discípulos, sentados con las piernas cruzadas sobre la moqueta. El resto de la parroquia divide sus menesteres entre quienes reposan sobre las columnas cercanas, se deshacen en "selfies" por los más pintorescos rincones del templo o contemplan el santuario de cúpula verde que, encajado entre dos muros, presume de albergar la testa de San Juan Evangelista, el profeta Yehia de los musulmanes.

La normalidad parece dominar la mezquita y sus alrededores, la ciudad vieja de Damasco. Seis largos años de guerra civil después, el bullicio aún transita el zoco de Al Hamidiya, con sus abovedadas calles peatonales donde Husein vende alfombras llegadas de la sureña Sweida y la norteña Alepo. "La situación en Damasco no ha cambiado mucho. Los problemas han tenido lugar lejos, en las zonas rurales", señala el mercader de 42 años. A pesar de sus palabras, las escaramuzas continúan a diez kilómetros de la capital siria. "Una de las diferencias es que ya no se ven los turistas que solían venir antes de la crisis. Dejaban dólares y era bueno para el negocio", balbucea Husein, padre de dos retoños.

El conflicto, sin embargo, ha hecho estragos en su local: el género ya no se amontona como antaño en la segunda planta y el precio de los tapices se ha desbocado, resultado de una galopante inflación que tiene a los habitantes de la urbe con el agua al cuello. "Antes una alfombra como ésta podía costar unas 4,400 libras sirias. Hoy vale 45,000 libras (unos 90 dólares)", comenta el empresario en el instante justo en el que la tienda se hunde en una repentina oscuridad. La carestía y la falta de combustible han convertido los cortes de electricidad en un calvario diario, cuya duración varía según la zona de la ciudad en la que uno se halle. El acuciante ahorro ha cancelado, además, la mayoría del alumbrado público obligando a adelantar el cierre de los comercios.

La estricta economía de guerra

Al caer la noche, la ciudad -desperdigada por la falda de la pedregosa montaña de Qasiun- se sumerge en las tinieblas. Una estricta economía de guerra se ha instalado en hogares como el de Marwan, una veinteañera que, enfundada en un coqueto hiyab (pañuelo islámico) busca un par de sandalias entre los puestos del zoco. "Todo ha subido muchísimo. Como mínimo el precio de cualquier producto se ha multiplicado por diez. Y aunque se trabaje más, no se llega a fin de mes. Hay que privarse de todo lo superfluo", desliza la licenciada. Unos metros más abajo, en dirección al laberinto de callejuelas del casco antiguo, la clientela mitiga los rigores del inminente verano y las estrecheces económicas agolpándose en el concurrido mostrador de Al Bakdash, la heladería con más solera de Damasco. Una barahúnda de familias se arremolina a las puertas de un establecimiento que desde 1895 despacha el cotizado buza, un helado local a base de sahleb (harina), pistacho y nata.

"El poder adquisitivo se ha desplomado", maldice Yaser, el cuarentón que regenta una joyería próxima al establecimiento más dulce de la arteria. "Si antes las parejas compraban 50 gramos para la dote, hoy optan por una simple alianza". El perfil de quienes visitan su cubículo, atestado de doradas alhajas, también ha variado. "Ahora -admite- son mayoritariamente mujeres". Los varones de entre 20 y 40 años se han esfumado de la geografía damascena. Los que no se hallan enrolados en el frente o han conocido el "martirio", han puesto pies en polvorosa para escabullirse de cumplir con el servicio militar de una tierra en guerra. "Es una lástima pero ya volverán. Si Dios quiere", susurra Yaser. Como señal más evidente del fenómeno, en los populares bazares que rodean la ciudad vieja -adonde acuden los vecinos para hacerse con pan, carne, especias o dulces- los adolescentes han reemplazado a la mano de obra adulta.

Las incertidumbres del futuro han llevado hasta el platero a los más precavidos, que tratan de rascarse el bolsillo con tal de amasar un pequeño ahorro. "Hay quien viene a comprar oro como si fuera un seguro de vida. El precio de los quilates va subiendo en el mercado y al menos mantienen el valor que no permite la depreciación de la libra", explica antes de despotricar contra las sanciones dictadas por Estados Unidos y Europa. "Nos han hecho mucho daño. Han disparado los precios de los productos, cerrado la puerta a las transferencias bancarias desde el exterior y cancelado el uso de tarjetas de crédito". Unos obstáculos que emprendedores como el treinteañero Yasin, dueño de una perfumería, han sorteado recurriendo al ingenio. "La materia prima procede de Francia pero ahora llega indirectamente a través de otros países como el Líbano o Emiratos Árabes Unidos".

Un grupo de sirios busca entre tiendas con carteles de Bashar Asad. F. C.

Las dramáticas secuelas del aislamiento merodean por los aledaños de la mezquita. En los negocios que una vez hacían el agosto con las hordas de turistas, reina una mortecina quietud. Sus propietarios, sentados a las puertas de sus tenderetes, matan las horas enzarzados en tertulias, entre sorbos de té o fichas de backgammon. En sus escaparates, los souvenirs de antaño han entregado el testigo a los nuevos tiempos.

"Nuestro presidente y nuestro ejército vencerán"

Tazas y platos con el rostro del presidente Bashar Asad y su homólogo ruso Vladimir Putin, fundidos en un apretón de manos, constituyen ahora el mayor reclamo. "Nuestro presidente y nuestro ejército vencerán. Me gusta que el nuestro sea un hijo de presidente. Así debe ser", clama Salah Tanta en un atropellado español aprendido para regatear con una clientela que se evaporó hace más de un lustro. "Lloro cuando recuerdo la época buena, cuando podía ganar entre 1,000 y 3,000 dólares al mes", rememora mientras atiende a unos uniformados rusos que van a la caza de una figurilla de San Jorge. "Los rusos compran objetos pequeños. Los iraníes, en cambio, no hacen gasto alguno. Vienen a Damasco a pasearse y adquirir dulces". Los bolsillos más fieles, no obstante, son los que engrosan la diáspora en un país despedazado por la contienda, con cerca de medio millón de muertos, cinco millones de refugiados y seis millones de desplazados internos. "Trabajo con los que se marchan a Europa. Suelen comprar regalos para la familia que les espera fuera", detalla Salah, alcanzado también por el éxodo.

"Los tres hijos de mi primo -relata- se marcharon a Alemania y Estados Unidos. Piensan que en Occidente hay árboles rebosantes de monedas. Son médicos que han acabado trabajando en restaurantes de comida árabe. Los jóvenes no saben lo que les aguarda el futuro. Yo prefiero morir en esta tierra, con mi ración diaria de aceitunas, pan, queso y tomate". Impermeable a quienes emprenden la azarosa ruta del exilio, Salah glosa la numantina resistencia de una villa que se jacta de ser el núcleo habitado más antiguo del planeta al que -sostiene la tradición- el profeta Mahoma rehusó acceder porque solo "quería entrar una vez en el paraíso".

"Estamos enfrascados en una gran guerra. Han pasado seis años y aún disponemos de agua, horas de electricidad y gasolina. En estas circunstancias cualquier otra ciudad ni siquiera habría aguantado un mes", lanza el vendedor, consciente de penurias como las interrupciones del suministro de agua padecidas a finales del año pasado, semanas antes de que el ejército reconquistara la región de Wadi Barada, un estratégico manantial, y la estación de agua potable de Ain al Fijé. Un apuro pasajero que los habitantes aplacaron regresando al hamman (baño público), presente aún en una ciudad de 4 millones de almas por la que desfilaron egipcios, asirios, persas, griegos, romanos u otomanos.

Una ciudad blindada

Más allá de la devaluación de la libra, que ha transfigurado en habituales el pago con fajos de disminuidos billetes o el arte de sobrevivir a base del pluriempleo, las bulliciosas calles del centro por las que se abren paso taxis amarillos y microbuses blancos proyectan la imagen de una ciudad blindada, que las fotografías no registran por rigurosa orden de las autoridades. Hombres armados -soldados o miembros de las pro gubernamentales Fuerzas de Defensa Nacional- montan guardia en los cientos de puestos de control que salpican la metrópoli. Plantados por doquier, los centinelas someten a vehículos y transeúntes a un minucioso control preguntando a menudo por el origen y destino del trayecto; revisando el maletero o exigiendo la documentación.

Los checkpoint, decorados con la enseña siria, lucen carteles en gran tamaño de Bashar y su padre Hafez Asad. "Hafez fue un presidente sin igual. Si aún estuviera vivo, no habrían ocurrido tantas desgracias en el mundo árabe como las que sufrimos en la actualidad. Él gozaba de mucha influencia", arguye Nawal, una periodista jubilada de 66 años y origen caucásico que camina plácidamente por una avenida comercial de Abu Romana, un distrito capitalino de clase media. A pesar de la ubicua presencia de garitas y soldados, siempre ojo avizor ante el más leve movimiento, la villa no ha permanecido ajena a las embestidas del terror. El pasado marzo un suicida segó 31 vidas a las puertas del Palacio de Justicia días después de que 74 personas, en su mayoría peregrinos iraquíes, murieran en un aparcamiento de autobuses a las puertas del cementerio Bab al Saghir, a un tiro de piedra del casco histórico de Damasco.

"No tengo miedo. Mi padre fue oficial del ejército y heredé su coraje. En realidad, todos los sirios estamos ya acostumbrados", replica serena Nawal. "En una ocasión -evoca- estaba de visita en la vivienda de un familiar y cayó un proyectil a unos metros. Otra vez impactó delante de mi casa. En ambos casos la vida siguió su curso con normalidad". Un contumaz intento de preservar la rutina cotidiana que cada fin de semana se da cita en los pubs de Bab Tuma, el barrio que flanquea una de las siete puertas de la antigua muralla y baila las canciones de la diva libanesa Fairuz en los banquetes de boda que acogen los hoteles o sobre las pistas de las discotecas que resisten en el corazón de la urbe. "En Damasco no falta de nada", esboza sonriente Nawal desafiando el drama de las refriegas. "Esta es una ciudad hermosa y amable", apostilla Salah, prendido a los recuerdos de su patria de mercados, callejones y minaretes.

El Gobierno, cerca de controlar la capital

Los últimos focos del conflicto se apagan en Damasco. Hace una semana 2,300 opositores armados, sus familiares y otros civiles abandonaron el distrito de Al Qabún, en el noreste de la capital siria. Su salida a bordo de una veintena de autobuses, pactada entre las autoridades y los grupos locales, en dirección a la provincia norteña de Idlib se suma a la evacuación días antes del barrio vecino de Barze, que vuelve al redil gubernamental cinco años después. Con su caída, las tropas de Bashar Asad avanzan hacia el control definitivo de todos los distritos de la urbe. El próximo objetivo es hacerse con el vecindario de Jobar y, una vez logrado, dirigirse hacia la zona de Guta Oriental, el principal bastión opositor en la periferia de Damasco. Otro de los enclaves capitalinos que se halla en el radar del ejército sirio es el campo de refugiados palestinos de Al Yarmuk, a 5 kilómetros del centro, y el barrio contiguo de Hayar al Asuad, controlado por las huestes del autodenominado Estado Islámico.



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