Tras Bambalinas

Theresa May, la hermética habitante del número 10

2017-06-09

Era junio de 2016 y cundía el pánico en las filas del Partido Conservador. Reino Unido decidía en...

ALBERTO MUÑOZ / El Mundo

Era junio de 2016 y cundía el pánico en las filas del Partido Conservador. Reino Unido decidía en las urnas abandonar la Unión Europea -se impuso el Leave con el 52% de los votos- . David Cameron, que había apostado por el Remain, anunciaba su dimisión y prometía al país "un nuevo liderazgo". Otro sería el que lidiaría con el Brexit.

En medio de la histeria que llevó a históricos dirigentes como Michael Heseltine, responsable de la caída de Thatcher, a "temer por la muerte" de su partido, resonaron los tacones de leopardo de Theresa May. Había aguardado su momento para dar el gran salto al sillón de primera ministra tras seis años como responsable de Interior en los que demostró uno de los valores con los que más pretende identificarse: la lealtad.

Lealtad para defender con la boca pequeña la postura del Remain que le pedía Cameron, a pesar de su conocido euroescepticismo, lo que a su vez le permitió no quemar su imagen política como le ocurrió a Boris Johnson, enfrascado en unas bufonerías que le apartaron del liderazgo del partido.

Esa tozudez hizo que en un primer momento su regia figura se irguiera como la única tabla de salvación a la que agarrarse, tierra firme en el huracán en que se había convertido el país tras la fractura social, casi a partes iguales, que supuso el referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea.

La nueva Thatcher, como la apodaron en un primer momento, venía para cambiarle el aire a los tories. Ella misma había acuñado el calificativo El Partido Asqueroso, imagen que también compartían los votantes. May acabaría aportando estabilidad y firmeza en las negociaciones con Bruselas, crearía a su alrededor un pequeño círculo del que saldrían todas las decisiones y abriría su formación a la gente joven y de menos recursos económicos. O eso pretendía.

La imagen de Margaret Thatcher, que siempre quiso que le devolviera el espejo, por mucho que lo niegue, pronto se convirtió en un borrón difuminado de sí misma. El strong and stable que ha enunciado como un mantra desde que llegó ha pasado de inspirar confianza entre sus votantes a causar el mismo efecto que un chiste contado demasiadas veces. La repetición de los dos adjetivos como si fuese un robot, los cuales ha llegado a utilizar hasta para definir su matrimonio y su infancia, ya le ha granjeado el sobrenombre de Maybot.

Ha sido difícil salir de ese papel. La BBC calificó como de "insólita mirada al lado humano de May" una entrevista con ella y su marido, Philip, hace unas semanas. Negarse a participar en un debate en el canal público al que sí que acudió Corbyn tampoco ha ayudado a la premier.

En la única intervención en la que alguien ha podido mirar más allá del tradicional maletín rojo, el titular que dejó la premier es que en su casa existen "labores de chicos y labores de chicas". Un patinazo que vino a alimentar no sólo la imagen de excesivamente conservadora que tienen algunos de sus votantes sino que también permitió a sus enemigos políticos aprovecharse de las grietas de debilidad que parecían empezar a erigir la figura de la nueva Dama de Hierro, ni doce meses después de su nacimiento.

Con todo y con eso, con la tozudez por obligar al espejo a emular lo que hizo Thatcher en 1983 barriendo prácticamente del mapa al Partido Laborista del radical Michael Foot, May fue incluso contra su propia idea de dar "estabilidad" al país y se lanzó a unas elecciones generales anticipadas. Deseosa de aprovechar los vientos favorables que le vaticinaban al menos 20 puntos de diferencia con Corbyn, y con la excusa de reforzar su poder para negociar un mejor acuerdo con Bruselas, la premier acabó firmando a última hora de la campaña mantener el legado que le había dejado David Cameron.

May finalmente no ha logrado legitimar su cargo tras las elecciones, que arrojan un duro resultado para los conservadores. Ganan, pero pierden la mayoría absoluta. May, que había convocado estas elecciones para tener una amplia mayoría y poder negociar en posición de fuerza el Brexit, ha fracasado.

Varias son las razones que explican este malo resultado. Entre otras, su idea de abrir el partido tras el fallido impuesto de la demencia-con el que pretendía cobrar la asistencia a domicilio a los pensionistas con una vivienda valorada en más de 100,000 libras- y que si no llega a retirar de su programa electoral le habría enfrentado con sus votantes tradicionales, dejando muy tocado a su jefe de personal, Nick Timothy. Uno de los pocos hombres en los que confía la hermética habitante del número 10 de Downing Street.

También, y a pesar de su experiencia como ministra de Interior, le ha pasado factura la situación que se creó en las dos últimas semanas de campaña en las que los atentados de Manchester y Londres pusieron en evidencia los recortes policiales que hizo durante su etapa como ministra en el Gobierno de Cameron y la mala aplicación de los protocolos de seguridad en el concierto de Ariana Grande.

Theresa May no ha logrado la victoria que esperaba en las elecciones del 8 de junio, y sale con una imagen muy desgastada en lo personal, con la obligación de desterrar de una vez el strong and stable y sobre todo con la dura misión de aceptar que, por el momento, ella no es Margaret Thatcher.



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