Salud

Lo que tienen en común las galletas y las metanfetaminas 

2017-07-05

Como psiquiatra, nunca he conocido a un paciente que disfrute ser drogadicto o comedor compulsivo....

Richard A. Friedman, The New York Times


Como psiquiatra, nunca he conocido a un paciente que disfrute ser drogadicto o comedor compulsivo. ¿Por qué alguien continúa consumiendo drogas a pesar de las consecuencias médicas y la condena social? ¿Qué hace que alguien coma cada vez más aunque corra el riesgo de afectar su salud?

Una respuesta a estas preguntas es que los humanos modernos han diseñado el ambiente perfecto para generar ambas adicciones.

A nadie le sorprenderá saber que el estrés posibilita que la gente busque consuelo en las drogas o en la comida. Sin embargo, persiste el mito de que la adicción es una falla moral o una conducta para la que se nace con una predisposición: que los adictos tienen el control por completo o que están mal de la cabeza.

Ahora contamos con un corpus de investigaciones que establece definitivamente la relación entre el estrés y la adicción. Además muestra que podemos cambiar el camino hacia la adicción si modificamos nuestro entorno. Los neurocientíficos han descubierto que la comida y las drogas tienen por objetivo común el “circuito de recompensa” del cerebro, y que el cerebro de los humanos y otros animales estresados sufren cambios biológicos que pueden tornarlos más susceptibles a las adicciones.

En un estudio realizado en 2010, Diana Martinez y sus colaboradores de Columbia escanearon los cerebros de un grupo de sujetos de referencia sanos, y descubrieron que un bajo estatus social y el menor grado de apoyo social percibido —ambos considerados factores de estrés— estaban correlacionados con menos receptores dopaminérgicos D2 en el circuito de recompensa del cerebro.

Todas las recompensas —el sexo, la comida, el dinero y las drogas— causan una liberación de dopamina, lo que genera una sensación de placer y le dice al cerebro algo como: “Esta es una experiencia importante. ¡No la olvides!”. El circuito de recompensa evolucionó para ayudarnos a sobrevivir empujándonos a ubicar comida o sexo en nuestro entorno. Hoy en día, mientras más receptores D2 tengas, mayor será tu nivel natural de estimulación y placer, y menor la probabilidad de que busques drogas o comida reconfortante para compensarlos.

Nora Volkow, directora del Instituto Nacional de Drogadicción de Estados Unidos, y sus colaboradores lo demostraron en un estudio sobre el medicamento Ritalin. Los sujetos sanos que no consumían drogas pero que tenían menos receptores D2 experimentaban al estimulante como algo placentero, mientras que quienes tenían más receptores lo consideraban desagradable.

La cantidad de receptores no solo predice el consumo de drogas, sino que también se ven afectados por estas. En ese mismo estudio, Volkow descubrió que las personas adictas a la cocaína, la heroína, el alcohol y las metanfetaminas presentan una reducción significativa en los niveles de receptores D2 que persiste mucho tiempo después de que se ha detenido el consumo de drogas. Estas personas son mucho menos sensibles a las recompensas, tienen menos motivación y pueden considerar el mundo un lugar aburrido, lo que los hace susceptibles a buscar un medio químico para mejorar su día a día.

La exposición a las drogas también contribuye a la pérdida de autocontrol. Volkow encontró que los niveles bajos de D2 estaban vinculados con una actividad menor de la corteza prefrontal, lo que afectaría la capacidad de pensar de manera crítica y resistir.

La misma neurociencia nos ayuda a entender por qué se come compulsivamente. La comida, como las drogas, estimula el circuito de recompensa del cerebro. La exposición crónica a alimentos ricos en grasas y azúcar se asocia igualmente con niveles más bajos de D2, y también es más probable que a la gente con niveles bajos de D2 se le antoje este tipo de alimentos. Se trata de un círculo vicioso en el que una mayor exposición da pie a más antojo.

Volkow y sus colaboradores demostraron que las personas con obesidad mórbida tenían niveles de receptores D2 reducidos, y que la reducción era proporcional a su índice de masa corporal. Las implicaciones de este circuito de recompensa disminuido es que el consumo de comida normal no les parece recompensa suficiente.

Al mismo tiempo, cuando se les expone a fotografías u olores que predicen una recompensa de comida, experimentan antojos más intensos que las personas sin obesidad. Así, al igual que los drogadictos, los obesos con menos receptores D2 también muestran una actividad reducida de la corteza prefrontal, lo que hace más difícil que tengan autocontrol.

En este punto tal vez te estés preguntando qué es lo que controla el circuito de recompensa en primer lugar. En parte es genético. Sabemos que ciertas variaciones de genes elevan el riesgo de caer en la adicción a determinadas drogas. Sin embargo, los estudios realizados con monos sugieren que nuestro entorno puede derrotar a la genética y reprogramar el cerebro, es decir: aunque no podemos cambiar nuestra genética, sí podemos modificar nuestro ambiente.

Sabemos que ciertas variaciones de genes elevan el riesgo de caer en la adicción. Sin embargo, estudios realizados con monos sugieren que nuestro entorno puede derrotar a la genética y reprogramar el cerebro.

Michael Nader, de la Facultad de Medicina Wake Forest, demostró lo anterior en un estudio realizado con monos y cocaína. Cuando se transfiere a monos de jaulas individuales y se les aloja en un grupo, algunos se tornan dominantes y otros adoptan un papel de sumisión. Para los que se vuelven dominantes —lo que significa que obtienen más atención, se les acicala más y tienen mayor acceso a comida y lujos—, este es un cambio positivo. Ahora tienen más receptores dopaminérgicos D2 y están menos interesados en ingerir cocaína. Por el contrario, para los sumisos estar en el entorno grupal es un cambio estresante, y responden incrementando su consumo de cocaína.

De manera impactante, los efectos del ambiente son fácilmente reversibles: si se estresa al mono dominante regresándolo a una jaula solitaria, sus receptores D2 caerán… y su gusto por la cocaína se incrementará. En otras palabras, simplemente cambiando el entorno se puede aumentar o disminuir la probabilidad de que un animal se convierta en drogadicto.

Parece que lo mismo sucede con los humanos. Incluso la gente sin predisposición innata a las adicciones puede volverse dependiente de las drogas si está estresada. ¿Debería sorprendernos, entonces, que la situación económicamente aterradora en la que están muchos estadounidenses pueda convertirlos en adictos? Literalmente tendríamos distintos cerebros dependiendo del código postal, las circunstancias sociales y el nivel de estrés.

El último componente importante de la adicción es el acceso. Sin importar lo estresado que estés, obviamente no te convertirás en adicto a menos que estés expuesto a las drogas. Lo mismo aplica a la sobreingesta compulsiva.

A lo largo de la historia la comida fue escasa, así que atiborrarte de tantas calorías como pudieras mientras estaban disponibles representaba una gran ventaja para sobrevivir. En la sabana no había pastel de chocolate sin harina.

Evolutivamente nada nos ha preparado para el doble embrujo de la comida moderna, llena de calorías, y las poderosas drogas recreativas. Su poder para activar nuestro circuito de recompensas, reprogramar nuestro cerebro y empujarnos hacia el consumo compulsivo no tiene precedentes.

La industria de los alimentos procesados ha transformado nuestra comida en una especie de droga, mientras que la industria farmacéutica ha sintetizado drogas cada vez más potentes que se han desviado hacia un uso recreativo. Extrajimos opio de la amapola y pronto descubrimos cómo hacer opiáceos miles de veces más potentes y adictivos. No contentos con fumar marihuana, dimos origen a cepas más potentes de la planta, extrajimos los cannabinoides activos y llegamos a versiones sintéticas más peligrosas. La lista puede continuar.

Por último, la industria de la publicidad también puede desempeñar un papel en esto. Volkow dice que ella y sus colaboradores ahora están “analizando cómo responde el cerebro a los mensajes subliminales” sobre la comida y las drogas. Su hipótesis es que los drogadictos y los obesos son más susceptibles a esos mensajes.

Por fortuna, nuestro cerebro es notablemente moldeable y sensible a las experiencias. Aunque es mucho más fácil decirlo que hacerlo, el simple hecho de limitar nuestra exposición a alimentos con alto contenido calórico y drogas reconfiguraría nuestro cerebro de manera natural para encontrar placer en alimentos más saludables y tener una vida sin drogas.

Mientras tanto, vale la pena recordar que no podemos controlar nuestros genes ni las desgracias que nos suceden, mucho menos su impacto en nuestro cerebro. Con la mezcla adecuada de adversidad y estrés, hasta las personas más disciplinadas pueden caer presas de una adicción a las drogas o la comida.



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