Espectáculos

Memoria contra futuro: la nueva temporada de Game of Thrones' 

2017-07-27

Lo primero que hace Daenerys es desmentir nuestra percepción precipitada: no se acuerda de...

Jorge Carrión, The New York Times

El regreso de Game of Thrones, la semana pasada, fue monotemático: memoria, memoria y más memoria.

En un remake precioso y siniestro de la boda roja, Arya mató a treinta o cuarenta individuos porque “el Norte no olvida”. Mientras tanto Jon, en ese mismo norte memorioso, recordaba ante caballeros y niños y la-niña-más-estupenda-de-la-historia-de-las-series (¡Lady Mormont, te queremos protagonizando un spin-off!) lo que su padre le dijo hace una eternidad (para ser más precisos: en el episodio piloto): quien dicta la sentencia debe blandir la espada que decapita al sentenciado.

Para no cambiar de tema, a muchas millas de distancia, en la Biblioteca de la Ciudadela, le decían a Samwell que allí reside ni más ni menos que “la memoria del mundo” (y que por eso descreen del actual cambio climático). Cersei y Jaime rememoraban mientras tanto en Desembarco del Rey las pérdidas familiares (ese suicidio, que los dioses me perdonen, fue una de las escenas más perfectas de la serie. Y, para rematar el capítulo, Daenerys regresaba al lugar donde nació, visiblemente emocionada por ese viaje a la semilla, al archivo de la familia Targaryen.

Tras semejante sobrecarga de memoria histórica, el segundo capítulo solamente podía apuntar hacia el futuro.

Lo primero que hace Daenerys es desmentir nuestra percepción precipitada: no se acuerda de Rocadragón, de ese castillo de dragones esculpidos, porque era demasiado pequeña. Está deseando abandonarlo para ocupar el Trono de Hierro. Su semilla es la ambición. Y solamente deshaciéndose de la nostalgia que nubla el pensamiento podrá ser quien ambiciona ser (y quizá hasta lo merezca).

En esos tristes términos hay que leer otra escena, la de Arya: es imposible el reencuentro tanto con su amigo de infancia como con su loba blanca porque, como tantas otras cosas, quedaron atrás para siempre.

Dejemos de mirar al pasado e imaginemos un futuro que hacer realidad es lo que propone la alianza que lideran Daenerys y Tyrion. Ese futuro —el del final apoteósico de la serie— solamente puede pasar por la unión de tramas. Es Melisandre, la sacerdotisa roja que tanto dolor ha provocado, en busca tal vez de redención, quien conecta las dos líneas narrativas más épicas: le habla a Daenerys de Jon Snow y de lo que ha visto más allá del Muro. Y la Madre de los Dragones accede a recibirlo para que le rinda pleitesía. Y Jon, el rey sin ganas, el contrarrey responsable, se sacrifica una vez más, porque harán falta mucho vidriagón y mucho lanzallamas reptil para vencer ese ejército zombi y frigorífico.

Tres escenas encadenadas, las tres sobre el futuro, revelan el ADN de Game of Thrones: el esperadísimo encuentro sexual entre Gusano Gris y Missandei (carne deseante y deseada) se funde con la operación repulsiva de Jorah Mormont (carne supurante y encarnizada), que se funde a su vez con un guiso que comen unos personajes anónimos en una taberna (carne estofada para la carne de cañón).

De lo sublime a lo abyecto o a lo anodino. De la nobleza al pueblo. Y de la esperanza a su recurrente cancelación.

Cuando parecía que nos encontrábamos en los primeros pasos de la estrategia definitiva, cuando creíamos que la caída de Cersei era inminente, se tuercen una vez más los planes de Daenerys de la Tormenta. Ocurre, además, en un mar en llamas. Y en el momento decisivo, cuando debe actuar Theon Greyjoy, ese ambiente bélico reactiva su trauma. Y lo paraliza.

El trauma siempre vuelve. Hemos sido testigos de la tortura de Theon a manos del infame Ramsay y de las razones de la venganza de Arya o de Sansa, y de la muerte y resurrección de Jon. Pero no de todo el terror previo. En ningún otro capítulo de la serie se había hablado tanto del Rey Loco, del padre de Daenerys, como en éste. Los esqueletos de sus dragones se encuentran en los sótanos de Desembarco del Rey. Son el emblema de ese pasado que hipoteca todos los futuros.

Game of Thrones —en esta temporada final en dos partes— se revela como gran serie traumatizada y melancólica, que lucha desesperadamente por escapar de su propio pasado. Porque la novela va quedando atrás, la adaptación va dejando de serlo, la serie se emancipa. Y decide un futuro que está obligado a ser memorable: no solo en la Historia de los Siete Reinos, sino también en la Historia de la Televisión.



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