Tras Bambalinas

Las vacaciones en pie de guerra de Donald Trump 

2017-08-14

Las vacaciones están siendo tan idiosincráticas como su presidencia. Trump ha...

PABLO PARDO / El Mundo

El presidente de EU, Donald Trump, ha amenazado con intervenir militarmente en Corea del Sur y Venezuela desde su club de golf

Mantener su seguridad en sus resorts privados dispara los costes del Estado

Diecisiete días para liarla. Ése parece el lema de las vacaciones de verano de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos se ha ido al Club Nacional de Golf Trump, en el pueblo de Bedminster, en el estado de Nueva Jersey, a unos 70 kilómetros de su Nueva York natal.

Las vacaciones están siendo tan idiosincráticas como su presidencia. Trump ha cancelado el tradicional discurso radiofónico de los sábados, que cada vez tiene menos audiencia debido a Internet. Pero se ha llevado el móvil, y ha respondido a preguntas de los medios de comunicación en dos ocasiones. Así que los titulares están garantizados. Y, con ellos, la controversia.

El presidente de EU se ha peleado con todo el mundo desde Bedminster. Aunque sus declaraciones con respecto a Corea del Norte y Venezuela han atraído la mayor parte de la atención mediática, a quien Trump ha atacado de verdad es al Partido Republicano, al que él pertenece. El presidente ha ido a por el sector crítico -en particular, el senador por Arizona Jeff Flake- y a por uno de los políticos con más peso en EU: el presidente del Senado, Mitch McConnell.

Los ataques de Trump a McConnell ratifican la idea de que el presidente no quiere trabajar con el aparato del Partido. Y cuestionan la teórica misión de su nuevo jefe de gabinete, el general retirado John Kelly, que era hacer que la Casa Banca funcionará con una mínima eficiencia.

Kelly no puede conseguir ese objetivo con un líder como Donald Trump, que va por libre. Sus comentarios en relación a Corea del Norte y a Venezuela han ido en contradicción directa con los que ha hecho el secretario de Estado, Rex Tillerson. No está claro hasta qué punto el anuncio, hecho por Trump el viernes, de que no descarta acciones militares contra el régimen de Nicolás Maduro, estuviera consensuado con Tillerson ni con la embajadora de EU en la ONU, Nikki Haley. La cara de póquer de ambos, uno a cada lado de Trump, ha dado mucho que hablar.

En Bedminster ha vuelto a quedar clara la dinámica de los últimas semanas: Trump corre el tuesto de convertirse en una fuerza de la naturaleza mediática sin relevancia política. El ejemplo más claro llegó ayer, cuando el senador republicano por Nebraska Ben Sasse emitió un comunicado en el que literalmente decía, en relación a las afirmaciones de Trump sobre Venezuela, que "el Congreso no va a declarar la guerra", porque el Legislativo "no va a votar a favor de derramar la sangre de los ciudadanos de Nebraska en función de a quién decide atacar verbalmente el presidente".

La declaración de Sasse tiene tanto de retórica como la de Trump, porque, aunque sólo el Congreso de EU puede declarar la guerra, el presidente tiene vías legales para atacar a un país sin pedir el voto al Legislativo. Sin embargo, la dureza del comunicado sí expresa un cambio en la relación de fuerzas en EU: atacar directamente a Donald Trump por acciones concretas de su política no tiene coste político.

En un momento en el que la agenda política del presidente está totalmente atascada y en el que el Congreso calienta motores para las elecciones legislativas de 2018, eso augura un otoño interesante. Claro que Trump y los republicanos cuentan con la ventaja de que el Partido Demócrata sigue desarbolado y en estado de shock tras su derrota en noviembre. La falta de liderazgo de la oposición es tal que Barack Obama está planeando jugar un papel más activo en en él en los próximos meses.

Obama tiene factores a su favor, fundamentalmente la popularidad con la que dejó la Casa Blanca y la ausencia de escándalos en su historial. Pero en EU los ex presidentes no participan activamente en política. Que Obama amenace con volver es más un signo de la debilidad de los demócratas que de la fortaleza del ex presidente.

Así que Trump puede seguir en campaña perpetua en sus vacaciones. Unas vacaciones a costa del contribuyente. Cuando era empresario y candidato, Trump machacó en Twitter a Barack Obama por su afición al golf y sus vacaciones. Pero cada viaje del presidente a Mar-a-Lago, en Florida -en invierno- o a Bedminster-en verano- sale a las arcas públicas por entre 2 y 8 millones de dólares (de 1,7 a 6,8 millones de euros).

El ayuntamiento de Palm Beach, dónde está Mar-a-Lago, ha pedido ayuda al Gobierno federal para hacer frente a los costes de seguridad de los fines de semana de Trump. Y el Servicio Secreto, que se ocupa de la seguridad del presidente, ha tenido que pagar a Trump 140,000 dólares (casi 120,000 euros) para alquilar buggy, los cochecitos del campo de golf del presidente, y protegerle como Dios manda ente hoyo y hoyo.



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