Mujeres

Sordas maltratadas, una pesadilla silenciosa en Argentina

2017-08-30

La invisibilización de la violencia que sufre este colectivo comienza por el lenguaje. En la...

Mar Centenera, El País

"Cuando tuve el primer hijo no lo podía amamantar y él me decía que era una mala madre. Me apretaba muy fuerte el pecho para que me saliera leche", dice Laura al recordar la primera señal de violencia que identificó en su exmarido. Desde entonces, todo fue a peor. Una noche la amenazó de muerte y ella se fue a denunciarlo a la comisaría de Morón (unos 25 kilómetros al oeste de Buenos Aires). Laura es sorda de nacimiento y en la comisaría se dio cuenta de que eran todos oyentes, no había intérpretes de lenguaje de signos y no logró que le tomaran la denuncia. Tenía miedo, pero volvió con el agresor. "Aguanté dos años más de torturas", cuenta ahora, pasados dos años desde esa primera llamada de auxilio. "No sabía qué hacer ni a dónde ir", asegura. Su caso expone las dificultades que tienen las víctimas sordas e hipoacúsicas para escapar de situaciones de violencia. Una iniciativa pionera que busca proteger y acompañar a estas mujeres, Sordas sin violencia, se presenta hoy en el Congreso argentino.

La invisibilización de la violencia que sufre este colectivo comienza por el lenguaje. En la lengua de signos que aprenden las personas sordas en Argentina para comunicarse no existe la expresión violencia de género. Tampoco machismo. La ausencia de palabras para nombrarlo no evita que las mujeres hipoacúsicas lo padezcan. "Sorda u oyente, la violencia es igual", subraya Laura. Pero todo se complica a la hora de pedir ayuda. Muchas víctimas sordas desconocen la ausencia de leyes que las protegen, las campañas públicas contra la violencia no están adaptadas para ellas, no pueden llamar al 144 ni al 911, falta capacitación entre el personal policial y judicial y escasean los intérpretes. Incluso si logran denunciar y reciben un botón antipánico continúan los obstáculos. Apretar el botón de SOS requiere, a continuación, poder entablar una conversación con el personal que responde a la llamada.

"Si no hay un intérprete, a las personas sordas les parece sospechoso denunciar porque es muy complejo", dice Reuter

La psicóloga social Ester Mancera se dio cuenta de la vulnerabilidad de este colectivo cuando hace unos seis años llegó una mujer sorda al refugio para víctimas de violencia de género en el que trabajaba. "No tenía lengua de señas ni lectura labial ni escribía", resume Mancera. En un primer momento se quedaron en blanco. "Me di cuenta que, con más de 30 años de trabajo en derechos de las mujeres nunca había pensado en esa situación", admite. A raíz de ese caso, Mancera comenzó a buscar información, hablar con organizaciones y contactar a profesionales para intentar asesorar y acompañar a mujeres sordas. La idea tomó forma el año pasado, junto a la medidadora Mariana Reuter y la intérprete de lengua de signos Mariela León Bani.

Desde su creación, Sordas sin violencia ha asesorado a una veintena de mujeres. La primera fue una mujer de 62 años que sufría violencia por parte de su marido desde hacía 30 años. "La maltrataba desde que eran novios", cuenta Mancera. Nació oyente, pero quedó sorda a los 28 años por una enfermedad congénita y su situación de vulnerabilidad aumentó. Su marido la impidió estudiar lenguaje de señas, la mantenía lo más aislada posible, ni la dejaba ir al médico. "La acompañamos durante todo el proceso, para fortalecerla. Hasta que un día decidió denunciarlo e irse porque la amenazaba con la que iba a matar y la llevamos a la Oficina de Violencia Doméstica", relata Mancera. Las mujeres tienen que entrar solas allí, pero han llegado a un acuerdo para acompañarlas, agrega.

Botones antipánico adaptados

"Cuando fui a la comisaría de Lanús (en la periferia sur de Buenos Aires) a denunciar, me encontré a la abogada de mi ex. No me podía comunicar con nadie y me tuvieron una hora encerrada en una oficina sin saber qué pasaba", recuerda Lizi sobre su traumática primera experiencia de violencia machista. Su exmarido, oyente, la echó de casa y la jueza le concedió a él la custodia de los niños. Al intentar rehacer su vida, esta administrativa volvió a tropezar con un maltratador, pero esta vez lo denunció junto a Reuter y León Bani. Ahora muestra orgullosa su botón antipánico adaptado, uno de los cinco que hay en Buenos Aires. Está conectado al whatsapp para escribir al Centro Único de Comando y Control de la capital argentina en caso de necesitarlo.

"Si no hay un intérprete, a las personas sordas denunciar les parece sospechoso porque es muy complejo", aclara Reuter, sorda de nacimiento, mediadora e integrante de FundaSor, una organización de familiares de personas sordas que trabaja para su integración. Ella está "oralizada", es decir, aprendió a hablar y sabe leer los labios de su interlocutor, pero conoce también el lenguaje de signos. Explica que a la dificultad del lenguaje institucional usado en comisarías y juzgados se le suma el déficit de lectura y escritura en gran parte de la comunidad sorda argentina, porque aprenden con una gramática y sintaxis adaptadas para su comprensión.

Cuando Laura conoció a Reuter, tardó sólo 24 horas en abandonar su hogar, junto a sus dos hijos, de dos y cuatro años. "Desde el primer momento sentí que me quitaba una mochila", señala esta técnica de laboratorio tres meses después de haber dejado atrás la violencia a la que la sometió durante años su marido.

En Argentina ni siquiera hay datos de la cantidad de personas sordas que viven en el país. Mancera sabe que una de las dificultades que enfrentan es llegar a las mujeres de este colectivo que sufren violencia machista por el aislamiento en el que viven muchas de ellas. Pero la red no para de crecer y con ella, aparecen las palabras que faltaban. El 3 de junio participaron en la manifestación de Ni Una Menos para exigir el fin de los feminicidios. No había seña para describir este movimiento nuevo y la crearon a partir de la suma de tres: Mujer - Opresión - Basta.



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