Contra Espada

El peligro del fascismo en Estados Unidos 

2017-09-08

En la Europa y los Estados Unidos de los siglos XIX y XX fueron contados los casos de las...

Federico Finchelstein, The New York Times

NUEVA YORK — El racismo es un ingrediente atípico en la historia del populismo, pero hoy en Estados Unidos el populismo es claramente racista. Por esta razón, el trumpismo es una novedad radical. Su relación y carácter analógico con un pasado fascista que muchos pensaban superado es claramente preocupante.

Populismo y racismo no son lo mismo e incluso durante la mayor parte de su historia, el populismo justamente se distinguió por su rechazo a la violencia política y la práctica racista. El caso del fascismo es diferente pues el racismo ha sido una condición constitutiva de todo régimen fascista. ¿Hace esta característica racista al gobierno de Trump? A diferencia del trumpismo populista, el fascismo es un gobierno dictatorial mientras que el populismo combina democracia y autoritarismo.

Trump ya ha pasado a la historia reciente como unos de los presidentes democráticamente elegidos más populistas y a la vez más racistas. Exabruptos como equiparar a los neonazis con los antifascistas o su perdón presidencial a las acciones represivas y racistas del alguacil Joe Arpaio representan una fusión entre racismo y populismo que, si bien no es nueva en el pedigrí del trumpismo, llevada al poder viene a confirmar un eje central de su extremismo político.

El trumpismo es un desafío para aquellos que defienden una democracia con igualdad de derechos y alejada del fascismo, el racismo y el populismo. El populismo siempre es autoritario pero no siempre racista. El fascismo es siempre racista pero no requiere ni pretende legitimidad electoral. Votados por una mayoría de ciudadanos —o, como en el caso de Trump, votado por una minoría de ellos que obtuvo una mayoría en el colegio electoral—, los líderes populistas disminuyen la cualidad democrática de un país sin destruirla por completo. En este marco, el racismo puede ser un elemento más de corrupción de la democracia desde el poder pero es un elemento infrecuente en los anales de los regímenes populistas.

En la Europa y los Estados Unidos de los siglos XIX y XX fueron contados los casos de las campañas en los cuales el racismo ocupó un lugar importante en el universo populista. Vale recordar como ilustrativos el del intendente vienés Karl Lueger, a fines del XIX, y el del gobernador de Alabama y candidato presidencial George Wallace, en los años sesenta y setenta. Lueger era un furioso antisemita cuyo estilo irreverente y demagógico inspiró a Hitler. Wallace hizo del rechazo racista a la igualdad de derechos civiles un tema central de sus campaña, basada en “la ley y el orden” y en la promesa de una “segregación para siempre”.

Hoy, de Marine Le Pen a la extrema derecha alemana, la relación entre populismo y racismo ocupa un lugar muchas veces silenciado pero presente de sus propuestas políticas. Sin embargo, todos estos son casos de populistas siendo oposición, y en la trayectoria del populismo en el poder pocas veces el líder hace del racismo un aspecto central de su gobierno. Esta dimensión es justamente la que hace que el trumpismo se mantenga más cercano al fascismo que la mayor parte de los regímenes populistas.

Esta novedad le da a la institución presidencial formas de hacer política que hasta hace muy poco eran lo opuesto del populismo como régimen. Si el populismo como fenómeno en el poder surge por primera vez en América Latina luego de 1945, justamente como una superación del fascismo y sus dimensiones violentas, dictatoriales y racistas, el nuevo populismo de Trump desanda los caminos de las propuestas populistas de líderes como el general argentino Juan Domingo Perón y el presidente brasileño Getulio Vargas. Tanto para Vargas como para Perón, la dictadura fascista y su racismo representaban un antiliberalismo viejo y derrotado y de lo que se trataba era de crear una democracia autoritaria, con pocas libertades pero legitimada por el voto de amplias mayorías.

El racismo y el fascismo eran rechazados por los populistas en el poder pues les quitaban votos al centro del espectro político. Esto no parece ser un problema para la base del trumpismo, que comparte con el fascismo del pasado una profunda sospecha del otro, de lo diferente en términos religiosos y étnicos.

Los enemigos del populismo siempre incluyen a la prensa independiente y a todo ciudadano crítico —que pasa a ser definido como traidor al líder, el pueblo y la nación—, pero en el trumpismo los enemigos son sobre todo las minorías étnicas y religiosas a la que el caudillo presenta como criminales, narcotraficantes, violadores y terroristas.

Con su coalición de electores republicanos y populistas pero también de neonazis, del Ku Klux Klan y otras formaciones racistas, Trump vuelve a acercar el populismo al fascismo. De la muslim ban a la eliminación del programa DACA, casi se podría decir que el presidente gobierna para ellos solamente, tomando medidas represivas y discriminatorias que no son compartidas por una amplia mayoría de la población y en las cuales el racismo es parte de las motivaciones de sus electores y subordinados.

El racismo es inaceptable en democracia. Sin embargo, en Estados Unidos, gente que no se cree racista lo tolera apoyando al trumpismo. Esta apatía frente al racismo explica por qué el fascismo fue exitoso en sus campañas y genocidios.

Frente a este racismo, ¿qué deben hacer la sociedad y el sistema político con un líder como Trump?

La primera respuesta es reconocer en voz alta que el racismo está en el centro del populismo trumpista. Frente a la coalición racista de extrema derecha que propone el trumpismo, es necesario recrear una coalición antirracista que promueva la defensa de la igualdad y la diversidad, que son valores comunes para la mayoría de los habitantes del país. Estos valores deben ser defendidos en las calles y en las urnas, en los medios independientes, mediante la resistencia civil a medidas indecentes como la eliminación del DACA y poniendo incluso el cuerpo para evitar las deportaciones o las formas de discriminación religiosa o política.

En el campo de la acción política, la historia de la resistencia al fascismo y de los muchos frentes populares que se le opusieron nos dan pautas y modelos para defender por medios electorales y judiciales formas más igualitarias de democracia. Se debe proteger la independencia del sistema judicial ante los intentos de Trump de avasallarlo y promover el voto contra candidatos que defiendan o permanezcan indiferentes frente al racismo del gobierno

Pero no solo desde las instituciones se combate la ofensiva del autoritarismo contra la sociedad civil. La participación activa de los ciudadanos en discusiones y debates, en marchas y protestas públicas es igualmente importante. Solo así el racismo y el populismo trumpistas no pasarán.



yoselin