Cultura

Hillary Clinton escribe con humor negro y tono desafiante su versión sobre la lucha electoral

2017-09-18

Desde hace semanas se han filtrado algunas citas, y he de admitir que reaccioné a una de...

Jennifer Senior, The New York Times

Hillary Clinton escribió un libro, por si alguien no se había enterado.

Desde hace semanas se han filtrado algunas citas, y he de admitir que reaccioné a una de ellas —“Ahora bajé la guardia”— como si la alarma contra incendios hubiera comenzado a sonar en mi sala. ¿Por qué creerle? En sus libros anteriores medía sus palabras con cuentagotas y luego las rociaba con desinfectante.

De nuevo nos repiten una y otra vez que Clinton es una persona distinta en privado. Y que ahora ya no es una persona pública.

Esta distinción parece haber hecho toda la diferencia.

What Happened no es un libro, sino muchos. Es un recuento honesto y sarcásticamente cómico sobre su estado de ánimo como consecuencia directa de perder contra Donald Trump. Es una autopsia en la que ella es, al mismo tiempo, el médico forense y el cadáver. Es un manifiesto feminista; una gran oportunidad para saldar cuentas. Es una diatriba contra James Comey, Bernie Sanders, y contra los medios, James Comey, Vladimir Putin y James Comey. Es un manual básico de espionaje ruso. Es una paliza contra Trump: “A veces me pregunto: si sumamos todo el tiempo que pasa entre el golf, el Twitter y las noticias por cable”, escribe, “¿qué queda?”.

Vale la pena leerlo. Ganar el voto popular por casi tres millones de sufragios puede no haber sido suficiente para romper el techo de cristal más alto y más duro de Estados Unidos. No obstante, parece haber provocado 2.864.974 nuevas fisuras en la cautela de Clinton.

Ya sea que lo amen o lo odien, les cause molestia o les encante, podrán ver, por primera vez, cómo se ve Clinton cuando no invierte toda su energía en suprimir su enojo.

En la víspera de la publicación de este libro, los demócratas han expresado sus angustias en privado, ya que tienen miedo de que sea una distracción y reabra viejas heridas.

Me pregunto si, después de leerlo, cambiarán de opinión. ¿Hay momentos en los que What Happened es cansador, acartonado e hipócrita y que da vueltas a los acontecimientos como un trompo? Sí. ¿Aporta nuevas hipótesis sobre lo que hundió a la campaña de Clinton? No. Solo sintetiza las que ya sabíamos; los diagnósticos de Clinton son la parte menos interesante del libro. ¿Acaso hay todo un capítulo dedicado a su correo electrónico, cuya intención es claramente presentar sus alegatos finales en este caso? Sí. No puede deshacerse de la fiscal que lleva dentro.

Sin embargo, su libro no es solo una recapitulación repetitiva de 2016. Es la historia de cómo fue pelear por la presidencia de Estados Unidos dado que era la primera mujer que lo hacía con un partido importante en la historia de ese país.

¿Esta experiencia no merece un recuento de la misma Clinton? ¿En especial cuando, después de asomar el cuello, el único lugar donde muchos querían que terminara era en un calabozo?

En términos más generales, algo verdaderamente extraordinario ocurrió en la política estadounidense el año pasado, y Clinton fue una de sus protagonistas. Dentro de cincuenta años, ¿de verdad los historiadores van a sugerir que no tenía por qué darnos su perspectiva?

“Estaba en una campaña presidencial tradicional con políticas muy bien razonadas y coaliciones construidas con mucho trabajo”, escribe, “mientras que Trump en realidad estaba a cargo de un programa de telerrealidad que con pericia y de manera implacable avivaba la ira y el resentimiento de los estadounidenses”.

Los primeros dos capítulos de What Happened son irónicos y dramáticos. Clinton relata lo sobrenatural que fue el día de la toma de posesión —por un momento se imaginó a sí misma en Bali— y habla de las oscuras semanas posteriores a la elección, cuando veía televisión mala, se puso en contacto con la Marie Kondo que había en su interior e hizo mucha yoga. “Si nunca han respirado por las fosas nasales alternativamente”, escribe, “vale la pena intentarlo”. Una admiradora le envió una nota en la que le aconsejaba que viera Gilmore Girls. Una vieja amiga le mandó un verso más o menos vulgar. “Los amigos”, escribe, “me advirtieron sobre el poder del Xanax y hablaron con entusiasmo sobre sus increíbles terapeutas”. Dice que no hizo caso a sus recomendaciones.

Algo verdaderamente extraordinario ocurrió en la política estadounidense el año pasado, y Clinton fue una de sus protagonistas. Dentro de cincuenta años, ¿de verdad los historiadores van a sugerir que no tenía por qué darnos su perspectiva?

Lo mejor y más conmovedor de What Happened revela a la Hillary Clinton que su círculo interno nos asegura que estuvo ahí agazapada debajo de la superficie todo el tiempo: una mujer que es pícara pero sensible. Clinton escribe que se siente sorprendida cada vez que alguien se queda boquiabierto al descubrir que es humana. Y escribe: “Que conste que duele ser hecha trizas”. Dolió cuando sus compañeros del colegio se burlaban de ella por “la ausencia de tobillos en mis piernas robustas”. También dolió cuando la molestaban por sus gafas. Ni siquiera quiso describir su reacción ante la flecha de desprecio que ha zumbado por encima de su cabeza durante la mayor parte de su vida adulta, aunque sí escribe sobre lo “increíblemente incómodo” que fue que Trump la acechara en el escenario durante el segundo debate presidencial.

Sin duda, el resto de What Happened es mucho más controvertido y complicado, comenzando por los argumentos de Clinton sobre el papel que desempeñó la misoginia y el sexismo en la elección. Es difícil creerle que sufrió enormemente por las acusaciones de no ser confiable o insincera únicamente porque era mujer. Muchos candidatos presidenciales (como Mitt Romney o John Kerry) fueron considerados catastróficamente falsos y al mismo Bill Clinton lo consideraban tan escurridizo que la prensa amarillista le puso el mote de “Slick Willy”.

Resulta más convincente la opinión de Clinton de que la política presidencial, en especial en comparación con el parlamentarismo, favorece dotes teatrales que atraen multitudes por encima del realismo enfocado en detalles y en la búsqueda de afinidades que ella prefiere (¿cuántas veces se ha alabado a Clinton por ser “un caballo confiable pero no para espectáculos”?). Pues 2016 fue el año del fanfarrón. Una de las cosas que le quitaron la cordura a Clinton en lo que respecta a Bernie Sanders fue que siempre se las arregló para superar sus propuestas con algo más grande y menos factible. “Eso me delegó al papel que nadie quería”, escribe, “el de la institutriz aguafiestas”.

Tal vez hayan escuchado que What Happened habla de lo molesta que está. Es cierto. O que es desafiante, en todo caso. Ya sea que lo amen o lo odien, les cause molestia o les encante, podrán ver, por primera vez, cómo se ve Clinton cuando no invierte toda su energía en suprimir su enojo. Lo dirige hacia el exdirector del FBI, James Comey, al igual que a los medios de comunicación dominantes (lo mismo va, en buena medida, para este diario).

Utiliza toda una gama de adjetivos para Trump —“odioso”, “un fraude”—, quien, en su opinión, está acabando con las normas democráticas. “No solo se ve como Putin”, escribe. “Parece querer ser como Putin, un líder blanco autoritario que podría acabar con los disidentes, reprimir a las minorías, privar a los electores del derecho a votar, debilitar a la prensa y amasar sumas multimillonarias de las que nunca se sabrá nada. Sueña con que Moscú esté junto al río Potomac”.

Sus diatribas contra Trump no sorprenden a nadie, pero aquellas en contra de Joe Biden sí. Clinton afirma que durante un almuerzo en 2014 Barack Obama dejó claro que creía que ella era la mejor esperanza para que los demócratas se quedaran en la Casa Blanca. “Sabía que el presidente Obama había puesto en un pedestal a su vicepresidente”, escribe, “así que su voto de confianza significaba mucho para mí”.

Es un triste recordatorio de lo peor que hemos leído de Clinton: necesita todo un almacén para guardar sus resentimientos y sus juegos de cuchillitos.

Como lo sugiere el título del libro, Clinton tiene su propia versión de lo que ocurrió en 2016 y acaba por obligar a los lectores a darle cabida. Pareciera, al mismo tiempo, que ella es la mejor y la peor persona posible para realizar esta valoración. En todo caso, este es su balance final:

La carta de Comey del 28 de octubre de 2016, en la que notificó al congreso que reabriría su investigación del uso de Clinton de un servidor de correo electrónico privado para cuestiones del Departamento del Estado, hundió su candidatura (la base de su argumento se compone, principalmente, de varios análisis del experto en datos estadísticos Nate Silver para defenderse). La combinación de esa carta con toda la cobertura mediática que atrajo la investigación de Comey, además de la interferencia rusa —las noticias falsas en los medios sociales, los hackeos a su correo electrónico— resultaron en la tormenta perfecta.

Clinton también culpa al sexismo; cita una encuesta de 2014 del Centro de Investigación Pew que mostró cuán pocos electores esperaban ver a una mujer ocupar el máximo cargo político estadounidense mientras vivieran. También culpa al racismo, que considera que va de la mano con la ansiedad económica, porque su intento de ganarse a los inmigrantes y a los electores de color podría haber dado la impresión de que ponía los intereses económicos de estos últimos antes de los de estadounidenses blancos que se sienten enajenados. En su opinión, la supresión de electores en los estados clave para el colegio electoral, posibilitada por una decisión de la Suprema Corte en 2013 que permitió que las autoridades estatales hicieran cambios a sus sistemas electorales sin el aval federal, también hizo la diferencia. Escribe que lo mismo sucedió con la animadversión hacia ella, siempre presente, y que sigue siendo algo que no acaba de entender (“¿Qué es lo que me vuelve a mí en particular un imán de furia? Planteo la pregunta muy en serio. No me lo explico”).

Lo mejor y más conmovedor de What Happened revela a la Hillary Clinton que su círculo interno nos asegura que estuvo ahí agazapada debajo de la superficie todo el tiempo: una mujer que es pícara pero sensible.

Está por verse si los lectores creerán sus explicaciones. Es posible que un candidato o candidata más inspirado hubiera ganado en el colegio electoral, así de simple. O que la marca Clinton se deterioró entre los electores negros. O que su campaña no pudo detectar que había algo mal en las bases demócratas. O que ella debió hacerse presente en más zonas rurales. O que no pudo encontrar una mejor forma de hablar de los miedos de la clase trabajadora blanca, lo cual admite, aunque no cree que sea lo que le costó la elección.

Puede que sigamos debatiendo estas preguntas durante décadas, pero una cosa es cierta: la historia conspiró contra Clinton. Ningún demócrata que no haya estado ya en el cargo ha logrado dos periodos presidenciales desde 1836, y 2016 era un año en el que los electores estaban buscando un cambio. Y uno grande, a lo Trump.

A pesar de ello —a pesar de todo— Clinton se ganó el voto popular por casi tres millones de votos. Pero no importó. Y lo que sucedió es que no fue suficiente.



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