Derechos Humanos

El lado oscuro del drama rohingya

2017-09-21

La milicia no atacó nunca Chikonchhari. Les bastó con masacrar a los pobladores de...

JAVIER ESPINOSA / El Mundo


La memoria de Gongad Dar o de Bina Dhar está trufada de dolor e imágenes estremecedoras. Su truculenta experiencia no difiere de la que relatan muchos de los cientos de miles de refugiados rohingya que se hacinan en la carretera que une el distrito de Ukhiya con Teknaf.

La miseria es la misma. Decenas de familias se apelotonan en un frágil chamizo creado con palos y lonas de plástico por las que se cuelan docenas de goteras.

Féminas y niños se alinean en el suelo, acostados sobre esterillas. Muchos pequeños deambulan desnudos o descalzos sobre el barro que amenaza con irrumpir en el recinto ante la lluvia torrencial que sacude la zona desde hace varios días. Las únicas pertenencias que salvaron - algunos platos de metal y ropa - permanecen apiladas en sacos arrumbados en las esquinas.

Pero estas víctimas de la oleada de violencia que sufre Birmania no son rohingya musulmanes. Chitta Ranjan Paul lo repite varias veces. "Somos birmanos hindúes", asevera.

El agricultor de 55 años fue uno de los cientos de vecinos de la aldea de Chikonchhari que lograron evadir la masacre que sacudió a otro poblado cercano, Fakirabazar, también habitado por miembros de la confesión hindú.

Mientras no cesa de mascar "Kun Ja", una mezcla de tabaco y hoja de betel especialmente popular en Birmania, Chitta Ranjan rememora la semana que asegura que todo el poblado pasó "cercado" por un grupo que solo identifica como "los hombres vestidos de negro".

"Vestían todo de negro y la mayoría se cubría el rostro. Ni siquiera entendíamos su idioma. No era la misma lengua que hablan nuestros vecinos musulmanes (los rohingya)", indica Bina Dhar, de 20 años.

Chitta Ranjan es el único que parece atreverse a dar algún dato más sobre la misteriosa identidad de los asaltantes. Asegura que "el grupo terrorista" apareció en las inmediaciones de Chikonchhari "hace menos de un año". "Comenzaron a reclutar gente entre los locales y a crecer. Decían que eran rohingya y que querían que se les reconociera", afirma.

"Nos rodearon los hombres de negro"

El 25 de agosto todos los habitantes del villorrio conocieron la noticia del asalto contra una treintena de posiciones de policía que asumió el llamado Ejército de Salvación rohingya de Arakan (Arsa).

"A la mañana siguiente nos rodearon los hombres de negro. Les pedimos que nos dejaran huir o íbamos a morir de hambre. Un día se marcharon hacia otra aldea y aprovechamos la oportunidad", aclara.

Todos los aldeanos, mujeres, niños o ancianos, comenzaron a marchar a través de un canal donde el agua les llegaba hasta la cintura. "No sé como lo hicimos. Llevamos a los niños a la espalda, colgando de la cintura. Al cabo de dos días de caminata llegamos hasta Bangladesh", recuerda Budu Bala, sentada en el suelo del refugio.

La chica de 20 años exhibe uno de los habituales piercing en la nariz de las féminas hindúes. El habitáculo es un cúmulo de llantos de infantes, que parecen sobrepasados por la penuria.

La milicia no atacó nunca Chikonchhari. Les bastó con masacrar a los pobladores de Fakirabazar para expandir el pavor. Eso es lo que refiere Gongad Dar y Bina Dhar. "Cuando la gente supo lo que había pasado, todos huyeron", aseveran.

Lo que ocurrió fue que otro grupo de paramilitares ataviados con la misma indumentaria - "todo negro", apunta Gongad - se presentó en Fakirabazar tras el asalto inicial contra los cuarteles de las fuerzas de seguridad. "Se llevaron a todos los hombres hasta una colina y comenzaron a matarlos", relata Gongad.

Ella y otras siete mujeres, incluida Bina, se salvaron por razones tan incomprensibles para las féminas como la propia matanza. Las apartaron del grupo y les hicieron dar la espalda al grupo que iban a ajusticiar. "Podíamos girar la cabeza y vimos como los tendieron en el suelo, les ataron las manos y les pusieron vendas en los ojos. Les golpeaban con cuchillos. Primero gritaban pero después quedaban inmóviles", cuenta Bina.

Ella perdió a 10 miembros de su familia, incluida su madre. A Gongad le mataron a dos de sus hermanos, un sobrino y su cuñado. La jornada subsiguiente el ejército envió helicópteros a la zona y eso provocó una estampida entre los poblados rohingya del entorno.

"Un vecino musulmán nos recomendó que nos fuéramos con ellos. ¿Por qué los mataron? No lo sabemos. Siempre habíamos tenido una buena relación con los musulmanes. Comíamos en sus casas y ellos en las nuestras", apostilla Bina.

Ninguno de los cerca de 500 hindúes que han huido a Bangladesh - esa es la cifra estimada por las autoridades locales - ha identificado de forma concluyente a estos atacantes, pero las autoridades de Birmania aseguran que eran miembros del Arsa.

Varios miles de civiles budistas, la mayoría de la población en Rakhine, y de otras confesiones minoritarias como la hindú huyeron hasta la capital de ese estado en las últimas jornadas de agosto y todos ellos acusaron a la insurgencia rohingya de múltiples desmanes.

El odio, herencia colonial

El odio entre comunidades no siempre fue una norma en Rakhine. El gran cisma entre musulmanes y budistas - los hindúes sólo han sido un grupo atrapado en medio de los dos bandos - forma parte del pesado fardo que el oeste de la actual Birmania heredó de la era colonial, como recuerda el Ashraful Azad, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Chittagong, y un experto en la historia de los Rohingya.

En plena Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas británicas que controlaban Birmania se retiraron en 1942 hacia sus posesiones de la India, armaron a los rohingya para intentar frenar el avance japonés. Las tropas niponas buscaron la alianza con los budistas.

"Las fuerzas coloniales armaron a los civiles y eso provocó una masacre. Murieron decenas de miles. Los musulmanes huyeron hacia el norte y los budistas hacia el sur. Eso creó una profunda división entre dos comunidades que habían vivido sin mayores problemas durante 700 años", explica Azad.

El caos generó una transferencia de población que modificó la composición étnica de Rakhine y que ha perdurado hasta esta última oleada de violencia, con una mayoría musulmana rohingya instalada en el norte de la región, en los distritos de Maungdaw, Buthidaung y Rathedaung, y el sur dominado por los budistas, con pequeñas minorías de otras confesiones y etnias - hindúes y cristianos incluidos - esparcidas por todo el territorio.

El retorno de los británicos volvió a ahondar el recelo comunitario cuando Londres concedió un trato de privilegio a los rohingya e incluso les llegó a prometer un estado propio, algo que después olvidó. Con la independencia Birmania en 1948 retornó el caos y una primera insurrección de esta minoría bajo el liderazgo de los llamados Mujahid, que fue reprimida con una absoluta brutalidad por el ejército birmano sentando los precedentes de ofensivas sucesivas.

La dictadura militar que comenzó en 1962 recuperó la táctica británica del "divide y vencerás", y la mejoró. A partir de esa fecha, los sucesivos uniformados que lideraron el país se esforzaron en estigmatizar a los rohingya, replicando con el terror cada vez que surgía un pequeño grupo armado que pretendía enfrentar el creciente entramado de opresión. Las razzias de 1978, 1991, 2012 y 2016 han quedado grabadas en la memoria de esta población.

"Se creó una cultura del odio alimentada por el ejército, parte del clero budista y grupos nacionalistas. Difundieron la idea de que los rohingya no pertenecían a Birmania. Que iban a controlar el país, cuando son sólo el 5 por ciento de la población. Ha sido un proceso permanente durante años. Ahora, los militares quieren cumplir su sueño, echarlos definitivamente del país", añade Azad.

"El ejército nunca quiso a musulmanes y budistas juntos"

"Los rohingya siempre han sido un objetivo. Yo crecí en ese sistema destinado a dividir a las dos comunidades. El ejército tuvo éxito porque nunca quiso que ambas (musulmanes y budistas nativos de Rakhine) vivieran juntos", reconoce Tun Khin, un conocido activista rohingya instalado en Reino Unido y presente ahora en Cox's Bazar.

Su abuelo fue uno de los muchos parlamentarios rohingya que llegaron a existir en el primer periodo democrático birmano - el país llegó a contar incluso con un ministro de Salud entre 1960 y 1962, Sultan Mahmud -, algo que contradice la versión oficial de Naipyidó, que los define como simples "inmigrantes ilegales".

"Los rohingya son una etnia de Burma (Birmania). Tienen el mismo estatus nacional que los Kachin, Kayah, Karen, Mon, Rakhine y Shan (otras minorías birmanas)", reconoció públicamente en 1954 el entonces primer ministro birmano U Nu.

Toda una realidad que ignoran las autoridades actuales y en especial la cúpula militar. El mismo jefe del ejército birmano, el general Min Aung Hlaing, admitió hace días que para él los rohingya son "un negocio que no hemos concluido", aludiendo explícitamente a lo acaecido durante la II Guerra Mundial. "No dejaremos que ese terrible suceso pase de nuevo", acotó. La historia, al menos la visión de esa historia por parte de los militares, se ha convertido en motor de la limpieza étnica de los rohingya.

Para Ashraful Azad la aparición de Arsa era algo más que previsible. "Todas las minorías oprimidas de Birmania se defienden con una guerrilla: los Karen, los Kachin...", argumenta.

Aunque también cree que en este caso "lo único que han conseguido es ayudar al ejército, los militares deben estar felices porque ahora tienen una justificación para asesinar o echar a todos los rohingya".

Los hindúes de Rakhine recalaron inicialmente en los depauperados campos de refugiados que ocupan los rohingya. Pero el recelo confesional es ahora la norma. Incluso entre los más desdichados. A los pocos días crearon su propio "ghetto" y se agruparon en las inmediaciones de un templo hindú en construcción en Ukhiya. "Nos dijeron que era mejor estar aquí", menciona Chitta Ranjan


 



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