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Hay un gran margen de mejora en la supervisión de las construcciones en México

2017-09-25

Intentar estimar esos esfuerzos es una de las grandes líneas de investigación de la...

Ignacio Fariza, El País

El sismólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Miguel Ángel Santoyo (Ciudad de México, 1964) atiende a EL PAÍS en una cafetería de la capital desde la que todavía son visibles los estragos de la serie de terremotos que ha sacudido la urbe en los últimos 20 días: grietas en las juntas de los edificios con el piso de la calle y trozos de cornisas todavía en el suelo. Apenas cinco horas antes, la capital mexicana ha vivido otro sobresalto: un temblor de 6,1 grados, réplica del del día 7 de septiembre, ha hecho saltar todas las alarmas.

Pregunta. ¿Por qué no se pueden predecir los terremotos?

Respuesta. Porque los procesos físicos que producen un sismo son muy complejos y en ellos intervienen muchas variables, como la cantidad de esfuerzos que se acumulan en el subsuelo. Esa acumulación puede tener muchas causas muy distintas entre sí: la interacción de varias placas tectónicas, vulcanismo, la aparición de una caverna subterránea, el colapso de una mina o incluso una explosión nuclear.

P. ¿Y no se pueden medir esos esfuerzos para predecir el temblor?

R. Intentar estimar esos esfuerzos es una de las grandes líneas de investigación de la sismología. Pero no es fácil hacerlo. Un ejemplo, la profundidad a la que han ocurrido estos tres últimos sismos en México es superior a los 50 kilómetros y el pozo más profundo que jamás ha podido perforar el hombre es de aproximadamente 18. Estamos muy lejos de poder llegar con instrumento de medida a las profundidades a las que se producen muchos terremotos.

P. ¿Cómo de lejos está la ciencia del momento en el que se puedan anticipar los terremotos?

R. Lejísimos. Son procesos tan complejos que, más allá de la incapacidad de medir a determinada profundidad, con el conocimiento científico y la tecnología actuales es imposible.

P. Sí se pueden identificar, en cambio, zonas de peligro como el Pacífico mexicano (Oaxaca o Guerrero, por ejemplo). Ese fue el origen del primero de esta serie de terremotos, pero no así del segundo, que tuvo origen en Morelos y fue más destructivo. ¿Se esperaba un seísmo con epicentro allí?

R. Sí. En la zona tectónica donde ocurrió este segundo sismo ya se habían producido en el pasado varios terremotos de una magnitud más o menos similares. En 1999 ocurrieron dos muy cerca. Se esperaba que hubiese otro sismo ahí.

P. Entonces, ¿por qué los esfuerzos de detección estaban más enfocados a la costa del Pacífico y no tanto al centro del país?

R. Porque la sismicidad en México está dominada por las placas oceánicas de Rivera y Cocos. La zona donde tuvo epicentro del primero de esta serie de tres terremotos es donde ocurren la mayor parte de sismos.

P. ¿Cree que debería haber más sismógrafos que detecten terremotos en el centro del país?

R. Hay una discusión científica fuerte sobre si realmente vale la pena instalar más sensores en la zona en la que ocurrió el segundo terremoto o no. Se pueden instalar más, pero la duda es si vale la pena destinar los esfuerzos a tener dos o tres segundos más de anticipación. Cualquier segundo de más va a ser útil, sin duda, pero...

P. ¿Hay, entonces, margen mejora para el sistema de alertas?

R. Sí, siempre hay. Pero es importante dejar claro que, en los tres casos, las alertas funcionaron bien: no hubo falla técnica. Se puede mejorar uno o dos segundos con el algoritmo, pero el problema es que ya en sí mismo es muy eficiente. Y, para eso, se requiere investigación, mejorar la electrónica, el firmware, el ancho de banda… Tecnológicamente es francamente complejo y la mejora completa, incluso poniendo más sensores, es de unos tres segundos. No más. El debate es: ¿le invertimos a eso o mejorar nuestras construcciones?.

P. ¿Y usted qué ve más útil?

R. Lo mejor sería hacer ambas cosas, claro. Pero es una cuestión de recursos e inversión y hay gran margen de mejora en las construcciones. El reglamento de construcción ha mejorado muchísimo desde el terremoto de 1985: las estructuras son mucho menos vulnerables desde el punto de vista sismológico. Es francamente muy bueno y eso fue un aprendizaje del ‘85. El problema es la observancia, la supervisión: que se cumpla ese reglamento. En ninguno de los tres sismos [el del día 7, el del día 19 y el del día 24 de septiembre] se superaron los umbrales de la normativa actual.

P. Entonces, si todos los edificios lo hubiesen cumplido, ninguno habría colapsado.

R. En principio no. Depende de muchas otras cosas, como que la casa estuviese en una zona que, geotécnicamente, tuviera ya alguna falla previa. Pero al menos podemos decir que no habría habido tantos edificios dañados.

R. ¿Guardan alguna relación el sismo del día 19 de septiembre y el del día 7? Se han producido en un periodo de tiempo muy corto...

R. No, no guardan ninguna relación. Su coincidencia en el tiempo es eso, una coincidencia. Como es una absoluta coincidencia que el segundo se haya producido el mismo día del mismo mes que en 1985. La temporada de sismos comienza el 1 de enero y termina el 31 de diciembre, no hay fechas más probables que otras. Los temblores han ocurrido desde hace millones de años y van a seguir ocurriendo durante muchos millones de años. Es importante que se sepa que va a haber sismos pequeños, intermedios y grandes. Y que tenemos que estar preparados para eso. No sabemos cuándo, ni dónde, ni de qué tamaño será el próximo, pero sabemos que lo va a haber.

P. La mayoría de edificios derrumbados en la Ciudad de México, sobre todo aquellos situados en las colonias Roma y Condesa, estaban situados en la antigua zona de lago. Eso reabre otro debate: ¿son suficientemente seguras estas áreas para ser habitadas?

R. Sí, son seguras, pero depende mucho de si los edificios se construyeron antes o después de 1985, porque en esas dos colonias muchos edificios son previos a esa fecha. El nuevo reglamento toma en cuenta que estas zonas tienen modos propios de vibración del suelo.

P. Su disciplina enfrenta, quizá por primera vez, el desafío de hacer frente a rumores y noticias falsas. Tras estos últimos temblores se han multiplicado, además, las teorías del fin del mundo como consecuencia de supuestos “megaterremotos”. ¿Qué le diría a una persona a la que le llegan por redes sociales, día sí día también, estos bulos?

R. Es un reto completamente nuevo, que no tuvimos en 1985. Lo primero que hay que hacer es informar a la gente con la verdad y desde las instituciones oficiales, que es desde donde estudiamos estos fenómenos con toda seriedad. En la página de Facebook del Servicio Sismológico Nacional, por ejemplo, nos llegan muchos mensajes pidiéndonos que digamos la verdad, cuando lo único que hacemos es decir la verdad. Y la verdad es que los sismos no se pueden predecir y que no tienen nada que ver con los huracanes ni con las explosiones solares, como dicen algunos. Las coincidencias que se encuentren son por puro azar. Pero el problema va más allá: muchos de estos mensajes, desafortunadamente apócrifos y redactados por charlatanes, gozan de credibilidad no entiendo muy bien por qué. Todos los años se pronostica el fin del mundo, pero todavía estamos aquí y no se va a acabar por un gran sismo.

P. ¿Se invierte suficiente en investigación sismológica en México?

R. Indiscutiblemente, no. Es necesario invertir mucho más no solo en el equipo tecnológico, que también, sino en recursos humanos para investigar. El Conacyt [Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología] ha sufrido un recorte en los recursos que recibe, y eso es algo que no se puede hacer. La investigación en general, y la sismología en particular, necesitan más recursos.



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