Agropecuaria

¿Por qué se inunda el campo argentino? 

2017-09-26

"Un viejo refrán del campo dice que la sequía une y el agua separa",...

Federico Rivas Molina

Lucas apoya sus manos en las vías del tren. “No viene, vamos”, dice. “¿Estás seguro?”, le pregunta Eloisa Frederking. “El tren no pasa mucho”, le responde Lucas. El diálogo es entre la administradora de un campo familiar de 2,600 hectáreas en el sur de Córdoba y su encargado. Las vías del tren son el único acceso sin agua y una vez que la todoterreno sube a los rieles no hay tiempo para el arrepentimiento. Luego habrá que atravesar el campo de un vecino, y desde allí ingresar por fin a la estancia. Hace 20 meses que Frederking cumple con este ritual. Harta, paga, junto a otros productores, un camino de siete kilómetros sobre la traza de uno vecinal que está desecho. El desafío es terminarlo antes de que sea demasiado tarde para que las sembradoras empiecen su trabajo de temporada. Por ese camino de tierra y piedras también saldrán las cosechas de los dos últimos dos años, acumuladas en el campo de Frederking en silobolsas, un invento argentino que reemplazó a los viejos silos de chapa. “Acabo de enterarme que el 80% de todo el maíz se ha podrido. El granizo rompió las bolsas y el agua arruinó los granos”, se lamenta la productora. Tendrá que negociar ahora con algún ganadero para ver si los granos sirven de alimento para vacas.

Frederking es delegada de la Sociedad Rural Argentina (SRA) y tiene su campo en la triple frontera entre las provincias de Buenos Aires, La Pampa y Córdoba. “Aquí es donde comienza todo el problema del agua”, dice. El río Quinto nace en unos bañados que acumulan el agua de lluvia que baja desde las sierras cordobesas, se mete apenas en La Pampa y luego entra con fuerza en Buenos Aires, junto a Banderaló, un pequeño poblado del partido de General Villegas, 500 kilómetros al oeste de la ciudad de Buenos Aires.

“Un viejo refrán del campo dice que la sequía une y el agua separa”, recuerda la mujer. Y aquí, en la triple frontera, el agua separó tanto que los vecinos llegaron, incluso, a dispararse entre sí. En el pico de la última crecida, en febrero de 2016, el gobernador de La Pampa, el peronista Carlos Verna, abrió con topadoras un canal en la ruta 188. “Usó mi excavadora y cortó la ruta para que empiece a correr el agua hacia Buenos Aires. Después de ese conflicto, todos empezamos a hablar de las inundaciones”, cuenta Nicolás Duhalde, de 74 años, un productor que vive en el campo de 1,000 hectáreas que trabaja del lado pampeano. “En el pico de la inundación teníamos 1,2 metros más alta el agua del lado norte de la ruta que del lado sur”, explica, “eso te da la pauta de que no tenés pasada de un lado al otro”.

Se inició así la guerra de las alcantarillas bajo carreteras y vías de tren. Los del norte las abren para que el agua se vaya, lo del sur las tapan para que el agua no llegue. El conflicto no es nuevo. Nació durante las inundaciones de 1979, las primeras grandes de una secuencia que se repitió en 1986, 1992, 2002 y 2012. Todos coinciden ahora en que ésta es la peor. Las cifras asustan. La Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (Carbap) calcula que al menos 10 millones de hectáreas, una superficie equivalente a la mitad de Uruguay, están inundadas o anegadas. Desde que el río Quinto rebalso, no se habla de otra cosa. “Hoy hay viento, eso es bueno”, “Acá no se hacen obras desde hace 20 años”, “Los de abajo no quieren que les mandemos el agua”, “Hay que hacer más alcantarillas”, “A mí se me murieron 32 vacas lecheras”. Todos hablan del agua, todo el tiempo.

Pero ¿por qué se inunda el campo argentino? Como en cualquier problema de difícil solución, no hay sólo un motivo: en los 70 se inició un ciclo húmedo y llueve más (1,600 milímetros en 2016, contra los 800 milímetros de promedio anual); las rutas, caminos y vías de ferrocarril impiden que el agua circule; la falta de acuerdo entre provincias demora cualquier plan integral de obras; y el monocultivo de soja redujo, poco a poco, el poder de absorción de la tierra.

"La soja consume 500 milímetros por hectárea y por ciclo, el maíz 650 milímetros y las pasturas para el ganado, como la alfalfa, entre 800 y 1,000 milímetros. La soja deja además el suelo desnudo y cuando llueve el agua, en vez de infiltrar, escurre”, explica el empresario agropecuario Pedro Ferreccio. La cuestión se agravó a partir de 2003, cuando el Estado promovió el cultivo de soja, la gran estrella de los commodities. “Si no plantabas soja te fundías. Así fueron desapareciendo el maíz y el trigo y también la ganadería”, dice Hugo Olano, con tierras repartidas a ambos lados de la frontera entre La Pampa y Buenos Aires. La consecuencia fue un lento pero persistente proceso de subida de las napas. “Hace 60 años, el agua estaba a 12 metros de profundidad, hoy le tenés a 50 centímetros”, advierte Ferreccio.

La otra parte del problema es la falta de canales que lleven el agua hacia el río Salado, la única salida hacia el mar que tiene el noroeste de Buenos Aires. El Gobierno de Mauricio Macri ha prometido que esta vez sí se harán las obras necesarias de canalización, con un presupuesto de 10,000 millones de dólares que repartirá en 102 proyectos. “Es un tema difícil de resolver. El agua que viene desde Córdoba baja 700 metros en menos de 100 kilómetros. Pero desde aquí al mar hay 650 kilómetros y la pendiente es de menos de 120 metros. El agua escurre muy lentamente”, dice Carlos Jorgelino, uno de los últimos productores de leche de la zona.

Jorgelino sufrió mucho el pico de la crecida, hace dos meses. En 2015 produjo 7,000 litros diarios de leche con 210 vacas, pero esas mismas vacas apenas le dieron 1,800 litros cuando estuvieron rodeadas por el agua. “Hoy estamos en 5,200 litros, pero fue duro. No sabés cómo duele ver a un animal morir atascado en el barrio, y que no puedas hacer nada para salvarlo. Yo perdí 36 vacas lecheras”, se lamenta. Los productores saben que el agua se irá en algún momento, porque “no hay mal que dure cien años”. Pero en ese momento comenzará otra pelea, política, contra años de promesas incumplidas.


 



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