Reportajes

Cómo la violencia en Birmania radicalizó a una nueva generación rohinyá 

2017-09-29

El 25 de agosto esos hombres se unieron a los miles de combatientes que atacaron a las fuerzas de...

Hannah Beech, The New York Times

BALUKHALI, Bangladés — El mes pasado, Nazir Hossain, el imam de un pueblo ubicado en el extremo occidental de Birmania, reunió a los fieles después de los rezos nocturnos. En pocas horas, más de una decena de combatientes de su pueblo que apoyan al Ejército de Salvación Rohinyá de Arakán iban a atacar, con armas caseras, un puesto policiaco de las cercanías.

Esos hombres necesitaban la bendición de su clérigo.

“Como imam, los aliento a que nunca se alejen de su misión”, dijo Hossein y recordó las últimas palabras que pronunció ante los combatientes rohinyás. “Les dije que si no peleaban hasta la muerte, el ejército vendría a matar a sus familias, mujeres e hijos”.

El 25 de agosto esos hombres se unieron a los miles de combatientes que atacaron a las fuerzas de seguridad birmanas. Aunque lucharon, igual tuvieron que enfrentar la venganza estatal porque las tropas y multitudes justicieras de Birmania han desatado un operativo de tierra quemada en las poblaciones rohinyás del estado norteño de Rakáin. Eso ha provocado que cientos de miles de personas hayan tenido que huir de sus casas en medio de una campaña que las Naciones Unidas han calificado como limpieza étnica.

Aunque hace cuatro años el Ejército de Salvación Rohinyá de Arakán —conocido localmente como Harakah al-Yaqin o Movimiento de la Fe— empezó como una operación a pequeña escala para organizar a la resistencia, ya ha logrado ejecutar dos ataques mortales a las fuerzas de seguridad birmanas: uno en octubre y otro el mes pasado.

Sin embargo, al atacar al gobierno, los combatientes han convertido a su pueblo en un blanco. Además, le han dado una justificación pública al ejército para argumentar que está luchando contra el terrorismo, aunque han quemado decenas de pueblos y han asesinado a mujeres y niños que buscaban huir de sus hogares.

Esta radicalización de una nueva generación rohinyá, una minoría musulmana dentro de un país mayoritariamente budista, complica la situación en Rakáin, el estado más pobre de Birmania.

Cada vez hay más preocupación por la posibilidad de que las redes internacionales de terroristas puedan explotar a los pocos rohinyás que han tomado las armas y a la población general —cientos de miles que están hacinados en campamentos dentro del país vecino de Bangladés—, lo que podría ocasionar que este conflicto local se proyecte en las dinámicas de la política global.

Las estrategias políticas del Ejército de Salvación Rohinyá de Arakán han sido desastrosas: este mes el ejército birmano rechazó un cese al fuego declarado por los insurgentes y se reporta que han sufrido más bajas que el gobierno. No obstante, los hombres involucrados con la causa insisten en que la resistencia vale el costo elevado, incluso para sus propias familias.

“Esta lucha no solo se trata de mi destino o del destino de mi familia”, afirmó Noor Alam, un insurgente de 25 años cuya familia buscó refugio en un bosque de Birmania después de que quemaron su pueblo, ubicado en el municipio de Maungdaw. “Se trata de la existencia de todos los rohinyás. Si debemos sacrificarnos para que nuestros hijos vivan en paz, entonces vale la pena”.

El ejército —conformado por la élite que dirigió al país durante casi medio siglo— ha perseguido de forma sistemática a los rohinyás, obligándolos a vivir en una especie de apartheid y arrebatándole su ciudadanía a la mayoría.

El gobierno civil del país, encabezado desde el año pasado por Aung San Suu Kyi, ha justificado la represión violenta en Rakáin como un contrataque para resistir a los “terroristas extremistas bengalíes”. A pesar de que los rohinyás afirman que tienen raíces profundas en Rakáin, el discurso oficial sostiene que son inmigrantes ilegales recién llegados de Bangladés.

“Durante años hemos hablado sobre los riesgos de la radicalización, y hubo señales de advertencia de que había cierto tipo de actividad miliciana”, señaló Matthew Smith, uno de los cofundadores de Fortify Rights, un organismo de derechos humanos con sede en Bangkok. “Desde nuestro punto de vista, la mejor forma de enfrentar los riesgos del extremismo y la radicalización es promover y respetar los derechos de los rohinyás, pero el ejército birmano no está haciendo eso”.

Desde el 25 de agosto, estos operativos han provocado que más de 400,000 rohinyás huyan a Bangladés.

El ejército ha intensificado sus represalias en Rakáin. Cuando aumentó la indignación internacional, Suu Kyi culpó a los rohinyás y a sus simpatizantes de crear un “iceberg de desinformación”. El ejército birmano ha acusado a los rohinyás de quemar sus propias casas para ganarse la conmiseración internacional.

El Ejército de Salvación Rohinyá de Arakán, fundado por un rohinyá llamado Ataullah, nacido en Pakistán y criado en Arabia Saudita, aún no tiene el tipo de armamento que podría representar una amenaza grave para uno de los ejércitos más grandes de Asia. En el ataque que realizó el 25 de agosto, hubo miles de hombres involucrados, pero solo asesinaron a una decena de oficiales de seguridad. Durante el primer ataque en octubre, mataron a nueve.

En contraste, otras fuerzas étnicas rebeldes que han combatido al Estado durante décadas han tenido choques mucho más violentos con las fuerzas de seguridad. El Ejército de Arakán, un grupo insurgente que lucha por los derechos de los rakaines, tomó la vida de al menos 300 soldados durante la primera mitad del año pasado, según un documento del ejército birmano.

A diferencia del Ejército de Salvación Rohinyá de Arakán, ni el Ejército de Arakán ni ningún otro grupo miliciano étnico ha sido designado como terrorista por el gobierno.

“¿Por qué Burma nos llama terroristas?”, preguntó Dil Mohammed, un rohinyá con educación universitaria refugiado en Bangladés, haciendo referencia al antiguo nombre de Birmania. “En una palabra: islam”.



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