Muy Oportuno

Esclavitud de Amor

2017-10-25

Siempre me ha llamado la atención el título que Pablo reservó para sí...

Hermanas Oblatas de Jesús Sacerdote

Siempre me ha llamado la atención el título que Pablo reservó para sí mismo, al suscribir sus Cartas: "esclavo" de Cristo. Ese modo de hablar no es, en realidad, sino la lógica contrapartida a la proclamación de Cristo como "Señor". Es pobre y vacuo hablar del señorío de quien no tiene quien de veras se proclame su siervo.

Ser "esclavo" de Cristo es reconocer su autoridad sobre todo lo que tenemos: sobre nuestros pensamientos, que desde ya miran el universo como lugar de su imperio de gracia y amor. Sobre nuestros afectos, que en él encuentran su centro y su lugar de paz, así como su cauce verdadero en servicio de los hermanos.

También sobre nuestra historia, es decir: sobre nuestro pasado, que queda en poder de su misericordia; sobre nuestro presente, que queda en manos de su sabiduría; sobre nuestro futuro, que queda al amparo de su providencia.

Vivir vigilantes

El evangelio de hoy nos habla de permanecer vigilantes. Literalmente, "vigilar" es estar en vigilia, es decir, no dejarse vencer por el sueño. Por extensión se aplica a no dejarse llevar por el cansancio, el desánimo, la nostalgia o la distracción.

Cansancio sentimos cuando no renovamos nuestras fuerzas con la oración, la Palabra, y el encuentro con los hermanos. La fe, que brota de la Palabra y de los sacramentos y en ellos se expresa, y la comunión de gracia y servicio con los demás arrojarán fuera ese peligro.

Desánimo sentimos cuando nuestros esfuerzos no son reconocidos o producen un efecto contrario, incluso adverso, como sucede en los tiempos de persecución. Con el testimonio de los mártires y la purificación continua de nuestras intenciones, con la oración y la atención continua a los signos de los tiempos podemos superar ese peligro.

La nostalgia nos ata a lo que ya no podrá ser; nos amarra al pasado y nos hace mirar con desconfianza el presente y con miedo el futuro. Puede hacer incluso que nos declaremos derrotados antes de emprender nada. Con el oído atento a la voz de los profetas y con la mirada abierta a las promesas indeclinables de nuestro Señor, iremos entendiendo que cada tiempo tiene su gracia particular, y que, sin perder lo que podamos aprender como enseñanza, lo mejor de nuestra vida siempre se escribe en clave de futuro.

La distracción de las cosas, problemas y posesiones de este tiempo presente produce un cierto tipo de sopor que hay que aprender a vencer. La conciencia de los dolores que afligen a los más pobres, el aguijón de una conciencia despierta y la llamada a la santidad que nos da el Espíritu Santo harán que permanezcamos más atentos frente a este peligro, y que lleguemos a superarlo.



regina