Reportajes

Los puertorriqueños escaparon de la ruina pero no del sentimiento de culpa 

2017-11-29

Describió la "culpa del sobreviviente" que sentía mientras comía un...

Rick Rojas, The New York Times


CENTRAL ISLIP, Nueva York – Pasó de una “nueva normalidad” en Puerto Rico —sin electricidad, sin internet, sin clases— a los suburbios de Long Island y las comodidades de un hotel Residence Inn. Aurelys Alers Ortiz es una de varios estudiantes de Derecho de la Universidad de Puerto Rico que aceptaron la oferta del Touro Law Center de huir de la devastación del huracán María y acabar su semestre en Long Island.

Sin embargo, en medio el ritmo de la vida en el campus, con clases sobre la propiedad intelectual y los derechos de autor, así como la socialización con otros estudiantes, su mente regresa a menudo a casa, donde se quedó su familia y donde las rutinas y el modo de vida siguen destruidos por la tormenta.

“Estoy ahí acostada, con el aire acondicionado”, dijo, “y pienso en mi mamá”.

El flujo de puertorriqueños que llegan a la parte continental de Estados Unidos ha aumentado en las últimas semanas; decenas de miles de personas han dejado la isla, mientras una lenta recuperación agrava la devastación ahí. Los funcionarios de varias entidades estadounidenses están batallando para encontrar cómo satisfacer las necesidades de los recién llegados, quienes requieren alojamiento, atención médica y que también buscan inscribir a sus hijos en las escuelas en cantidades cada vez mayores.

No obstante, el cambio poblacional implica un posible desafío mucho más grande para Puerto Rico, que trata de recuperarse no solo de los desastrosos estragos del huracán María, sino también de años de un pronunciado declive económico que ya había dejado a la isla atribulada antes de que el huracán tocara tierra el pasado 20 de septiembre. Muchos de los que se están yendo son profesionistas, estudiantes y otras personas jóvenes que serían esenciales para que Puerto Rico se recuperara y tomara un mejor camino.

“No le debo nada al gobierno, pero sí le debo algo a mi isla”.

También ha provocado preguntas sobre los vínculos que tienen a la isla y qué grado de responsabilidad tienen para ayudarla a sanar. Muchos de los que dejaron Puerto Rico creen que hicieron lo correcto, que quizá era la única opción, pero no por eso han aminorado los traumas que dejó la tormenta.

“Sentimos algo de culpa. Todos tienen algo de culpa”, dijo José Camacho Vázquez, de 26 años y uno de los estudiantes que llegó al Touro Law Center. Se le quebró la voz cuando describió la tensión al decidir irse aunque fuera por solo por unos cuantos meses: su madre lo alentaba, pero su padre le decía que no lo hiciera, pues no quería que dejara a su madre.

La amargura es “real”, dijo. “Pero hay que hacer lo que hay que hacer”.

Las circunstancias en la isla son extremas: es difícil encontrar productos básicos, los servicios como la electricidad son inaccesibles o azarosos, la mayoría de la población no ha podido regresar al trabajo o a la escuela y el acceso al cuidad médico es limitado.

Algunos esperan regresar una vez que la situación mejore, pero muchos han decidido construir una nueva vida ahí donde llegaron. “De ninguna manera regresaré a eso, a tener todos esos problemas y todas esas necesidades”, dijo Bryan Troche, quien tiene una empresa de mercadotecnia y se ha estado quedando con parientes cerca de Orlando, Florida, junto con su esposa y su bebé. “No habrá un regreso a la realidad. Esto es la nueva normalidad”.

Francois Franceschini logró asegurar un lugar en una de las primeras embarcaciones que dejaron la isla tras el huracán, un barco de la línea de cruceros Royal Caribbean que se utilizó para viajes humanitarios. Describió la “culpa del sobreviviente” que sentía mientras comía un corte de carne y puré de papa en un camarote de lujo con aire acondicionado.

Franceschini pensó que estaría con su familia en la ciudad de Nueva York solo por unas cuantas semanas, en lo que reunía generadores y suministros, y que regresaría. Pero esos planes cambiaron pronto: ahora, él y su novia, que se han estado quedando en el apartamento de su tía en el Bronx, han empezado a buscar universidades. Puerto Rico, dijo, ha “regresado al Oscurantismo”.

“Se hizo verdaderamente atemorizante cuando se empezó a tratar menos de la comodidad y más de la seguridad y la salud”, dijo. “Puedo lidiar con no sentirme cómodo durante algún tiempo, pero no puedo lidiar con no estar seguro. Me dolió mucho, aun cuando mis padres ya estaban en Nueva York. Amo mucho a Puerto Rico”.

Quienes se están yendo ahora se unen a un éxodo que comenzó mucho antes del huracán. En los últimos años, la población de puertorriqueños en tierras continentales (5,4 millones de personas) se ha hecho más grande que la que queda en la isla (3,3 millones). La economía del territorio se ha paralizado por una recesión que ha durado una década y una crisis de la deuda que ha empujado a la isla a declarar una forma de bancarrota este año además de obligar a muchos, de cara a un futuro definido por la falta de empleo y una calidad de vida disminuida, a dirigirse al norte.

“En el instante en que ingresamos en la Escuela de Derecho supimos que había una cantidad mínima de trabajos que podríamos conseguir como abogados en un bufete local ya en ese entonces”, dijo Lourdes Carreras Ortiz, una estudiante de la Universidad de Puerto Rico que también está en Touro Law Center.

Sin embargo, Alers Ortiz mencionó que antes del huracán muchos puertorriqueños podían mantener al menos un símil de vida de clase media: tenían celulares, iban al cine, compraban ropa en Plaza Las Américas, en San Juan. El huracán arrasó con eso. “Nos arrancaron nuestra máscara de primer mundo”, dijo. “Ahora somos tercer mundo”.

“Da la sensación de que la vida se detuvo”, añadió.

La sombría situación en la isla forzó a los estudiantes, la mayoría en su tercer año de licenciatura, a revaluar sus planes para cuando se gradúen y la obligación que tienen hacia Puerto Rico.

“No le debo nada al gobierno, pero sí le debo algo a mi isla”, dijo Carreras Ortiz, sentada con sus compañeros en el campus una tarde hace poco. “Viví allí. Crecí allí. El lugar —no solo la isla físicamente, sino también la gente, la vida ahí— me dio mucho, y soy quien soy porque viví en la isla”.

“Quiero regresar por Puerto Rico”, añadió. “Si todos los que pueden hacer algo se van, la isla se acaba. No habrá progreso”.

“Esa es la cosa”, interrumpió otro estudiante, César Rivera. “Eso es muy admirable. Pero no puedo juzgar a los que se van”.



regina