Internacional - Política

Michael Flynn se declara culpable de falso testimonio al FBI 

2017-12-01

Mueller es una leyenda dentro del FBI. Los agentes federales, a los que dirigió durante 13...

Jan Martínez Ahrens, El País

Donald Trump está viendo cumplirse su peor pesadilla. El antiguo consejero de Seguridad Nacional. Michael Flynn, ha empezado a colaborar con el fiscal especial de la trama rusa, Robert Mueller. En un paso histórico y de enorme capacidad destructiva para la Casa Blanca, Flynn no solo ha aceptado los cargos de falso testimonio, sino que ha admitido que el republicano le ordenó “entablar contacto directo” con Rusia y, según la cadena ABC, ha asegurado que “está dispuesto a declarar contra el propio presidente”.

Mueller es una leyenda dentro del FBI. Los agentes federales, a los que dirigió durante 13 años, tanto con George Bush como con Barack Obama, le consideran un investigador duro e insobornable. El caso, de hecho, la asumió después de que Trump despidiese al director del FBI, James Comey, por negarse a rebajar las pesquisas sobre la trama rusa. En manos de Mueller, la investigación dio un giro copernicano.

Desde el inicio, el fiscal especial puso como obetivo al mismo presidente de Estados Unidos. Todo su esfuerzo va dirigido a determinar su Trump cometió un delito de obstrucción a la justicia. Para ello, Mueller se ha centrado no solo en averiguar si el equipo electoral del republicano se coordinó con el Kremlin en la campaña de intoxicación contra Hillary Clinton, sino también en los manejos financieros de sus asesores y del propio mandatario. Las pesquisas le habían permitido hasta ahora imputar a un asesor que dio falso testimonio sobre sus conexiones con Rusia, así como al antiguo jefe de campaña Paul Manafort y a su socio Rick Gates, por fraude y delitos fiscales. Eran piezas mayores, pero pequeñas en comparación con Flynn.

El cerco a Donald Trump se estrecha. El antiguo consejero de Seguridad Nacional. Michael Flynn, ha aceptado los cargos de falso testimonio al FBI presentados por el fiscal especial de la trama rusa, Robert Mueller. Este paso, que puede acarrear una pena de cinco años, supone un claro indicio de que Flynn ha empezado a cooperar con la justicia. Un hecho trascendental que pone a la Casa Blanca contra las cuerdas en un explosivo caso que ya cuenta con otros tres imputados: un asesor electoral que dio falso testimonio sobre sus conexiones con Rusia, así como el antiguo jefe de campaña Paul Manafort y su socio Rick Gates, por fraude y delitos fiscales.

El eje de la imputación son dos conversaciones mantenidas por Flynn con el embajador ruso, Sergey Kislyak, el año pasado. Las más grave ocurrió el 29 de diciembre pasado y se efectuó el mismo día en que Obama anunció la expulsión de 35 diplomáticos rusos por la injerencia del Kremlin durante la campaña electoral. Su objetivo era atemperar la respuesta de Vladímir Putin a estas sanciones. Flynn, en el Gobierno en la sombra, dio a entender al embajador que si Moscú se moderaba, les sería más fácil reequilibrar las relaciones cuando Trump fuese investido el 20 de enero. Tras esta conversación, el Kremlin decidió no tomar ninguna represalia contra Estados Unidos.

Cuatro días después de la toma de posesión del presidente, Flynn, ya nombrado consejero de Seguridad Nacional, fue interrogado por el FBI y negó formalmente haber discutido con el embajador ruso las sanciones al Kremlin. Esta versión se derrumbó cuando llegaron a manos de los agentes federales las grabaciones obtenidas por los servicios de contraespionaje estadounidenses. Las escuchas, en poder de la fiscal general interina, Sally Yates, abrieron una profunda crisis.

Flynn no sólo había negado las conversaciones con Kislyak al FBI, sino también al vicepresidente, Mike Pence, y a la opinión pública. Esta mentira le hacía susceptible, según el Departamento de Justicia, de chantaje por parte del Kremlin. Yates pidió por ello su cese inmediato. El peligro, a su juicio, era extremo: uno de los máximos responsables de la seguridad de Estados Unidos estaba faltando a la verdad y bailaba en la cuerda floja del Kremlin. Trump no respondió. Dejó pasar el tiempo y solo después de que The Washington Post revelase dos semanas más tarde las conversaciones con Kislyak, se deshizo de Flynn. El teniente general apenas había durado 24 días en el cargo.

Acababa así la carrera de uno de los militares que más había brillado en la última década. Bajo el mandato de Barack Obama, Flynn fue una de las estrellas ascendentes del Ejército. Brillante y disruptivo en el campo de batalla, había estado al cargo de los operativos de inteligencia de unidades de élite como los SEAL y Delta Force, y en 2012 pasó a dirigir la Agencia de Inteligencia Militar. En ese puesto, su carrera se torció por primera vez. Su incapacidad para el diálogo, sus continuas agresiones verbales a subordinados y jefes, y su acendrada islamofobia quebraron su liderazgo. En 2014 fue destituido por “insubordinación”.

Tras dejar el empleo militar, el teniente general abrió una consultoría, Flynn Intel Group. Un negocio de influencia que no tardó en caer en la órbita de Rusia y de Turquía. Como asesor recibió pagos de la compañía de ciberseguridad Kaspersky y de la aerolínea Volga-Dnepr. También trabajó para el grupo mediático estatal ruso RT, al que la CIA considera uno de los eslabones de la campaña de intoxicación contra Hillary Clinton. Mimado por Rusia, en 2015 llegó a asistir a una cena pública en la que se sentó en la misma mesa que Putin.

Desde ese universo, fue de los primeros militares de alto rango que saltó en apoyo de la candidatura de Trump. Respaldó sus ataques a la comunidad islámica y llegó a postular que “el miedo a los musulmanes es racional”. Radicalizado, pidió el encarcelamiento de Hillary Clinton por el caso de los correos y no tuvo empacho en seguir al republicano en sus coqueteos con Moscú. Todo ello le situó en la esfera más cercana al futuro presidente. Y también, pasados los meses, en el centro de la investigación por la trama rusa.



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