Reportajes

Una saludable dosis de culpa 

2017-12-01

Tina Malti, una profesora de Psicología en la Universidad de Toronto que ha estudiado el...

Perri Klass, The New York Times

La culpa puede ser un elemento complicado en la ecuación padre-hijo; sentimos culpa, ellos sienten culpa, podemos hacer que se sientan culpables y luego sentirnos culpables por eso. Sin embargo, ciertos tipos de culpa son un elemento sano para el desarrollo infantil.

Tina Malti, una profesora de Psicología en la Universidad de Toronto que ha estudiado el desarrollo de la culpa en los niños, considera la culpa como una emoción parecida a la empatía.

“La culpa moral es saludable, buena para el desarrollo”, dijo. “Ayuda al niño a abstenerse de tener un comportamiento agresivo o antisocial”.

Un niño que hace llorar a otro podría tener una reacción empática, dijo, y se puede sentir triste porque el otro niño está triste. O se puede sentir culpable porque lo que le hizo al otro niño transgredió sus propios estándares de lo que está bien y lo que no. “Esas reacciones pueden ser totalmente independientes o pueden ir de la mano”.

Hay una secuencia para el desarrollo de la culpa, dijo Malti; los niños muy pequeños pueden llorar si rompen un juguete, pero no tienen suficiente comprensión de la perspectiva ajena para poder experimentar la complejidad emocional de la culpa hasta que tienen más o menos seis años. Para entonces, la mayoría de los niños muestran culpa como respuesta a las transgresiones, y eso puede ayudarlos a tratar a otras personas con amabilidad. “Hay mucha evidencia de que la culpa saludable promueve el comportamiento social adecuado en los niños”, dijo.

Considera esta como otra área en la que nuestros padres y abuelos se desempeñaron más fácilmente que los padres de hoy… lo más probable es que ellos no se preocuparan mucho por hacer que sus hijos sintieran culpa. Incluso podrían haber invocado la vergüenza con frases como: “Deberías avergonzarte de ti mismo”. No se tú, pero eso no estaba en mi arsenal parental. Si hubiera dicho algo así, probablemente me hubiera sentido culpable.

La definición más común es que la culpa es la emoción interna, lo que sientes por dentro cuando sabes que hiciste algo mal o que causaste daño. La vergüenza es externa; es lo que sientes ante el juicio de otros miembros de tu familia o de tu círculo social cuando se enteran de tu transgresión. Sin embargo, esa distinción es un poco simplista, dijo Roy Richard Grinker, profesor de Antropología en la Universidad George Washington, porque “aunque no haya público presente, podemos sentir vergüenza solo al imaginarlo”. Parte de crecer en nuestra cultura es “una especie de internalización de los valores que tiene la sociedad”, dijo.

Para Colin Leach, profesor de Psicología en la Universidad de Connecticut, tanto la culpa como la vergüenza son términos cargados negativamente. “Lo que realmente importa es el modo en que los adultos y también los niños reflexionan sobre sus tropiezos o contratiempos”, dijo, “qué tanto creen que ellos mismos o sus relaciones personales pueden mejorar si hacen un esfuerzo”.

Helen Egger, jefa del Departamento de Psiquiatría Infantil y Adolescente en la Universidad de Nueva York, dijo que la culpa refleja lo que se conoce como “teoría de la mente”, es decir, el desarrollo de la comprensión infantil de que otras personas tienen sentimientos y puntos de vista distintos: “Los niños deben haber desarrollado una teoría de la mente, del yo y del otro, para ser capaces de sentir culpa”. Dijo que si los niños no desarrollan esa capacidad “cuando son mentirosos o no tienen culpa, parecen tener una capacidad reducida para la empatía”.

Según la especialista, te podrías preocupar por un niño que muestra un patrón de violencia más deliberada, que le pega a otro para obtener algo, en lugar de golpear por enojo, y después no reaccionar al sufrimiento del otro niño.

La culpa es parte del desarrollo normal del niño y no queremos ver niños que crezcan sin ella, sin embargo, también nos preocupamos de que se juzguen duramente a sí mismos o de que se sientan responsables por cosas que están más allá de su alcance (el caso típico sería el del niño que se culpa por las peleas de sus padres o incluso por su divorcio).

Con los niños más pequeños, dijo Egger, la culpa se mezcla con el pensamiento mágico y el sentido de la propia omnipotencia, como cuando se sienten responsables por la enfermedad o discapacidad de un hermano. Conforme crecen, ese tipo de preocupación puede estar vinculado a trastornos de ansiedad, dijo, especialmente el trastorno de ansiedad general en el que los niños tienen “la sensación de estar siempre extremadamente emocionados, buscando peligros, pero también sintiéndose responsables”.

Los niños pequeños con ansiedad tienen un mayor riesgo de desarrollar síntomas de depresión; “una culpa abrumadora es un síntoma clave de depresión”, dijo Egger.

Entonces, ¿los padres cómo pueden educar a sus hijos para que desarrollen sentimientos morales y de conciencia, pero que eviten sobrecargar a los niños con sentimientos oscuros y fatalistas? Cuando la culpa es constructiva debería darle al niño un sentimiento apropiado de empoderamiento y voluntad, una determinación realista para hacer las cosas distintas. Enfocarse en acciones específicas, y no en el carácter del niño; el mensaje no es que algo esté mal con el niño, sino que decidió hacer algo que estuvo mal y que tuvo ciertas consecuencias.

Malti habló sobre la “inducción” de culpa, es decir, cuando los padres explican muy claramente las consecuencias de las acciones: “Tu hermano está llorando y es porque rompiste su juguete”. Como terapeuta, dijo, ha trabajado con niños que mostraban falta de sentimiento de culpa y la inducción puede ser muy útil. Por otro lado, también ha trabajado con niños agobiados por culpa disfuncional: que se sienten responsables por el sufrimiento de otras personas mucho más allá de su control.

“Si los padres pelean”, dijo Malti, “es importante aclarar que eso no tiene que ver con el comportamiento del niño”. De lo contrario, el niño continuará preocupado y “esto puede ocasionar un tipo de ansiedad o depresión más existencial”.

Los niños deben ser capaces de observar su propio comportamiento y sus relaciones interpersonales para comprender lo que sí es su responsabilidad. “Deben poder sopesar de modo correcto”, dijo Leach. “Sentirse un poco mal al respecto puede motivarnos, pero rumiar en retrospectiva sobre las cosas en las que fallamos o estar paralizados por eso suele no ser productivo y también puede ser realmente doloroso y dañino para la psique”.

Además, algunos niños, como algunos adultos, son más propensos al pensamiento negativo y a culparse a sí mismos: “No hago nada bien… ¿por qué siempre hago… ?”. Los padres y maestros deberían pensar más sobre cómo reaccionan a los errores, porque el lenguaje que usan los mayores puede interrumpir o reforzar los pensamientos negativos de los niños. Hay que evitar “el lenguaje que manda el mensaje de que algo está mal con el niño, en lugar de ofrecerle estrategias concretas para ir mejorando con la práctica”.

“A veces, algunos niños y adultos no asumen del todo su responsabilidad, algunos se culpan demasiado”, dijo Leach.

“Los niños comunes realmente se sienten mal cuando hicieron algo que lastimó a otra persona o cuando hicieron algo malo”, dijo Egger. “Lo relevante no debe ser que la persona se sienta culpable”.

El avance importante en su desarrollo es enfocarse en “su capacidad de saber qué está bien y qué esta mal, comportarse acorde con esa distinción y, cuando no lo hacen, arreglarlo con honestidad y franqueza”.


 



regina