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La peligrosa misa fúnebre para los partidos

2017-12-14

Obviamente, el panorama político ruso es muy diferente del estadounidense, francés o...

Andrea Rizzi


En la Casa Blanca reside un outsider que conquistó la candidatura del Partido Republicano desde la más radical heterodoxia política y luego, con la misma retórica, alcanzó la presidencia; en el Elíseo, habita una figura antipódica, pero que también lanzó su proyecto de conquista del poder desde fuera del sistema de partidos tradicional, fundando su propio movimiento para ello; en Downing Street, trabaja una política ortodoxa que, sin embargo, debe dedicar todos sus esfuerzos a gestionar un incendio, el Brexit, prendido en contra de la voluntad unánime de los mandos de los partidos británicos (conservadores, laboristas, liberal-demócratas, verdes y nacionalistas escoceses abogaban por la permanencia en la UE). Ahora, en el Kremlin, un lobo viejo con mucho olfato anuncia que, para seguir ahí, competirá en las presidenciales del año que viene como candidato independiente.

Obviamente, el panorama político ruso es muy diferente del estadounidense, francés o británico. Al margen de definiciones abstractas, el grado de pluralismo en Rusia es gravemente inferior, y la maniobra de Putin es un giro meramente táctico con el que el líder trata de reforzar su imagen de padre de la patria superpartes. En Rusia, los partidos cuentan más bien poco desde hace tiempo.

Pero la pequeña maniobra táctica de Putin dice mucho. Arroja nueva luz sobre la grave crisis de los sistemas de partidos en un gran número de países. En México, el PRI, tótem de la categoría de los partidos, acaba de elegir candidato a un hombre con una trayectoria atípica, exógena a sus filas, y que fue ministro bajo un presidente de otro partido. En Italia, otrora cantera de partidos formidables (y formidablemente corruptos), cobra cada vez mayor fuerza la posibilidad de que después de las elecciones de la próxima primavera gobierne alguna figura ajena al foro más íntimo de los partidos. La lista podría seguir.

El índice de confianza de los ciudadanos en los partidos se halla en cotas mínimas. El Eurobarómetro de primavera de este año arroja datos demoledores. Los partidos son la institución que cosecha el menor grado de confianza de la ciudadanía europea, un mísero 19%. Policía y Ejército obtienen una media del 75%; la justicia, el 55%; e incluso otras instituciones políticas tienen marca mucho mejores: autoridades locales y regionales, un 52%; gobiernos, un 37%; los parlamentos, también un 37%.

No extraña por tanto que la capacidad de los partidos de atraer a los mejores talentos juveniles se vea profundamente mermada.

Todo ello representa un riesgo serio. Porque si bien los partidos han alcanzado en muchos lugares de Occidente cotas de corrupción, ineptitud, mezquindad partidaria y mediocridad elevadísimas, su calvario, a falta de alternativas claras, representa un boquete en el mismo centro del sistema de representación de las democracias liberales. Que, a su vez, a falta de inventarse sistemas mejores, es el que ha producido en términos comparativos los mayores niveles de progreso social, económico y cultural. Urge una renovación de los partidos antes de que termine la misa fúnebre.



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