Salud

Un diagnóstico de las dificultades adicionales de ser doctora

2017-12-14

Hay más probabilidades de que las médicas restrinjan su actividad profesional para...

Dhruv Khullar, The New York Times


No es ningún secreto que la capacitación de los médicos es extenuante: largas jornadas, pocas horas de descanso, jerarquías rígidas y curvas de aprendizaje pronunciadas. Por eso es muy desafortunado —pero no sorprendente— que casi un tercio de los residentes experimenten síntomas de depresión y más del 10 por ciento de los estudiantes de medicina reporten haber tenido pensamientos suicidas. Pero ¿acaso la situación es peor en las mujeres que en los hombres?

Un nuevo estudio publicado en la revista JAMA Internal Medicine sugiere que así es. Constance Guille y sus colegas analizaron la salud mental de más de 3100 médicos que iniciaban sus residencias en 44 hospitales en todo Estados Unidos. Antes de iniciarla, hombres y mujeres presentaban niveles similares de síntomas depresivos. Al cabo de seis meses de trabajo, ambos géneros experimentaron un aumento en los registros de depresión, pero el efecto era más pronunciado en las mujeres. La razón principal: el conflicto entre el trabajo y la familia, al que se le atribuía más de un tercio de la disparidad.

A pesar del aumento en la cantidad de mujeres en el ámbito de la medicina, las médicas siguen llevando sobre sus hombros la carga de los deberes del hogar y la crianza de hijos. Esta distribución desigual de la labor doméstica no se limita a la medicina, por supuesto, pero sus manifestaciones son especialmente agudas en una profesión con tantas exigencias a nivel físico y emocional con un proceso de aprendizaje tan largo que deja poco espacio, si no es que nulo, para el descanso.

La estructura de la capacitación en medicina se ha modificado muy poco desde la década de 1960, cuando prácticamente todos los residentes eran hombres con muy pocas responsabilidades domésticas. El apoyo a quienes tratan de equilibrar la vida laboral con la vida del hogar no ha seguido el ritmo de los cambios demográficos y tampoco se ha hecho el cambio hacia una repartición de las responsabilidades del hogar que refleje el incremento en la cantidad de mujeres en la fuerza laboral médica. En la actualidad, las mujeres en Estados Unidos conforman más de un tercio de los profesionistas que ejercen la medicina y casi la mitad de los médicos en capacitación. En 1966, solo el siete por ciento de los estudiantes que se graduaban de medicina eran mujeres.

Se dice que no puedes cuidar bien de tus pacientes si no puedes cuidar de ti mismo, pero como me dijo una colega hace poco: “Trata de cuidar de tus pacientes, de ti misma y de dos hijos en casa, todo mientras trabajas ochenta horas a la semana”.

Hay más probabilidades de que las médicas restrinjan su actividad profesional para cumplir con sus responsabilidades en el hogar. En el caso de médicos jóvenes dedicados a la academia y que tienen hijos, las mujeres pasan nueve horas más a la semana realizando actividades domésticas que sus contrapartes varones, y hay más probabilidades de que sean ellas quienes no asistan al trabajo cuando se enferma alguno de sus hijos o cuando no hay clases.

Los hogares en los que ambos cónyuges son médicos son muy ilustrativos: las médicas que tienen trabajan once horas menos por semana (fuera de casa), en comparación con las mujeres que no tienen hijos. No hay distinción en las horas que trabajan los hombres y esta disparidad no ha cambiado en las últimas dos décadas. También hay más probabilidades de que las doctoras se divorcien que los doctores; trabajar más se asocia con mayores índices de divorcio en las mujeres, mas no en los hombres.

Estos conflictos entre el trabajo y la familia son aún más notorios debido a lo intenso que es la formación médica, pero los prejuicios de género en los hospitales, tanto sutiles como evidentes, y presentes tanto en pacientes como en colegas, pueden ser igual de perniciosos.

Al ser un hombre de ascendencia india, cuando me confunden con alguien siempre es con un cardiólogo (que, para desgracia de mi madre, no soy). Pero para muchas médicas, lograr que alguien las llame “doctora” puede ser una lucha constante.

“Visto una bata blanca y me presento como médica”, señaló Theresa Williamson, neurocirujana residente en Duke. “Pero los pacientes siguen suponiendo que soy enfermera o asistente médica o farmacéutica. Si hay un hombre presente en la habitación, así sea él un estudiante y yo médica, los pacientes hacen contacto visual con él, le cuentan su historia y le formulan preguntas”.

Y no solo los pacientes. Un estudio reciente analizó cómo se presenta a los médicos oradores en las conferencias académicas formales conocidas como Grand Rounds. Las moderadoras generalmente se referían al orador como “doctor”, sin importar su género. Los moderadores de sexo masculino recurrían al título solo dos tercios de las veces y era mucho más probable que utilizaran el término “doctor” para los hombres que para las mujeres. Mencionaban el título profesional de una mujer en menos de la mitad de las ocasiones.

“Recuerdo haber estado en una mesa con puros hombres y al moderador agradeciendo al doctor X, Y, Z y a Julia”, dijo Julia Files, profesora adjunta en la Clínica Mayo en Arizona y quien dirigió el estudio. “Sucede todo el tiempo”.

Una vez que se publicó su estudio, Files afirmó: “Hemos escuchado a mujeres en todo el mundo decir: ‘Gracias, esta es la realidad que compartimos’”.

Estos prejuicios pueden interferir con la manera en que trabajamos. Un nuevo ensayo de Heather Sarsons, doctoranda en Harvard, analiza si el género de los cirujanos influye en sus referencias luego del resultado, bueno o malo, del tratamiento de un paciente. Sarsons descubrió que es mucho menos probable que los médicos refieran a algún paciente con una cirujana luego del fallecimiento de otro paciente, pero en muy pocas ocasiones dejan de referir a sus pacientes con un cirujano hombre.

Una experiencia negativa con una cirujana también ocasiona que sea menos probable que los médicos establezcan relaciones de cooperación con otras cirujanas. No se presentó un efecto similar entre hombres.

“Es evidente que el hecho de que los hombres y las mujeres reciban un trato distinto no es un resultado satisfactorio”, dijo Sarsons. “Pero lo realmente preocupante son los efectos colaterales que afectan a otras mujeres”.

La medicina se alimenta tanto del arte como de la ciencia. La ciencia genera nuevos conocimientos y tratamientos. El arte nos ayuda a reconocer la humanidad del otro. Pero también abre un espacio para los prejuicios, conscientes e inconscientes, con los que tratamos a los pacientes y nos tratamos entre nosotros. Estos prejuicios determinan a quién se respeta, quién se agota y a quién ascienden.

Con estas medidas no nos está yendo bien. Las médicas son dos veces más propensas a cometer suicidio que la población en general. Sus ingresos son mucho menores que los de sus colegas varones. Tienen menos probabilidades de ser nombradas como profesoras de tiempo completo –incluso en análisis que toman la productividad como un control– y ocupan tan solo una sexta parte de los decanatos en universidades médicas y los puestos directivos de departamentos y facultades.

Hay algunos pasos a tomar que podrían ser de ayuda. Por ejemplo, un programa piloto en Stanford permite que los médicos “acumulen” las horas que pasan asesorando a otros o trabajando en comités. Estas horas pueden utilizarse como crédito para guarderías, recolección de los servicios de tintorería, la compra de comida ya preparada, limpieza del hogar y servicios de mantenimiento. Los resultados preliminares son prometedores y sugieren que el programa ha aumentado la satisfacción laboral, ha mejorado el equilibrio entre el trabajo y la vida, y ha disminuido la rotación laboral.

A medida que estas iniciativas evolucionen, será posible evaluarlas para determinar no solo si mejoran el bienestar de los médicos, sino también para saber si promueven los ascensos laborales, eliminan los errores médicos o mejoran la satisfacción del paciente.

También podemos analizar nuestros propios prejuicios. Quienes evaluamos a estudiantes y residentes de medicina, por ejemplo, podríamos ponernos como objetivo el preguntarnos si el género (o la raza, etnia o acento) de un estudiante en capacitación podría haber influido en nuestra evaluación.

Y el tener a más mujeres en puestos de liderazgo y tutorías podría contribuir a generar el cambio cultural más amplio que parece tan necesario. Es posible que las brechas salariales por género, en los ascensos y la salud mental se reduzcan a medida que la medicina pase de ser un club de varones —o club de Toby— a uno que incluya a más mujeres. También es probable que no suceda. Las disparidades no se eliminan solas. Las diferencias se eliminan porque nosotros las eliminamos.


 



regina