Reportajes

Último tango antes de la lluvia de plomo en Afganistán

2017-12-21

Estoy muy orgulloso de todos mis hombres", explica el general Wali Mohammad Ahmadzai,...

AMADOR GUALLAR | El Mundo

Los veteranos de la brigada del 215º Cuerpo del ejército afgano estacionado en el campo de Shorabak llevan años sobreviviendo y haciendo de la austeridad una bandera.

Su lucha está dando frutos en el infierno de los combates en Helmand. EL MUNDO pasa con ellos los últimos minutos antes de que partan de nuevo al frente.

Parte I: En el desierto afgano con los diablos rojos

Observando a los 500 hombres con todo su equipo y armamento dispuesto y en formación a punto de llevar a cabo su ceremonia de graduación en una explanada al lado del aeródromo de la base del 215º Cuerpo del ejército afgano en Nad'Ali, literalmente, antes de que éstos se dirijan al frente de guerra en Helmand, resuenan las palabras del día anterior pronunciadas por el coronel Reid de los US Marines, el oficial estadounidense al mando del contingente que ha supervisado su entrenamiento: "Queda mucha lucha por delante, mucha guerra". Éstos son los hombres que la están luchando. En las próximas semanas, un tercio de ellos morirá o será herido en combate.

La unidad participará en la operación Maiwand 7, cuyo objetivo es acabar con las agrupaciones yihadistas que amenazan la provincia, así como asegurar el terreno que les han arrebatado recientemente.

Todos lucen uniformes nuevos. La infantería, los equipos de ametralladores, los zapatones, los equipos de morteros, todos tienen a sus pies petates con las letras ANA (Ejército Nacional Afgano, por sus siglas en inglés). Las edades, entre 18 y 50, según un oficial afgano. La tensión en sus ojos es evidente. Se van a la guerra y estos minutos son los últimos de calma antes de la tormenta de frío y plomo que es la batalla de Helmand en invierno.

"La educación, la buena organización y una moral fuerte son las claves de nuestros éxitos. Ahora es nuestro momento, ahora tenemos que demostrar que podemos llevar la lucha al enemigo y que podemos vencerlo en su territorio. Estoy muy orgulloso de todos mis hombres", explica el general Wali Mohammad Ahmadzai, comandante en jefe del 215º Cuerpo del ejército afgano. El hombre milagro del Gobierno de Kabul que, gracias a su lucha personal contra la corrupción en el seno del ejército, se ha ganado el respeto de sus soldados.

La ceremonia de graduación es larga y las armas pesan. Pronto las posturas se relajan y una pequeña banda de música militar desafina himnos y sirve de entradilla para varios discursos interminables, seguidos de las correspondientes imposiciones de medallas. A continuación, llega la tradicional oración y rezo que algunos gritan, mientras otros callan y los más lo murmuran o miran alrededor, conscientes de lo que les espera. Tras éste vienen los gritos de guerra por el país y su unidad. Más de uno calla como si, ante el miedo, la única opción posible es el silencio. Cuando rompen filas, los teléfonos aparecen en escena. El ultra-islámico país que es Afganistán siempre mezcla su visión cerrada de la religión con tradiciones herméticas y heréticas que se pierden en las arenas del tiempo.

De esta manera, aparecen dos tamborileros y un organillo de suelo y varias melodías populares revolucionan las filas. La banda militar desaparece. Hasta una docena de soldados se lanzan a bailar, riendo, girando sobre sí mismos a gran velocidad, contorsionándose, perdiéndose en la música mientras docenas los rodean y vitorean haciéndoles fotos. "La guerra", ironiza Jawad, un joven con cara de niño sosteniendo un viejo fusil de asalto estadounidense M-16, grabando la escena con su teléfono móvil, mientras a su alrededor una multitud está hipnotizada por las contorsiones de sus compañeros.

El último tango antes de enfrentarse a la muerte. "Es una tradición afgana. Un baile para el coraje, para la despedida", le interrumpe su sargento, Khalid. "El último baile, sí, y ahora para la guerra. Inshallah [Dios mediante]", añade, sonriendo a sabiendas de la marea de violencia hacia la que se dirige.

Unos minutos después, los gritos de los sargentos acaban con la celebración y empieza el embarque hacia su destino. Todos los soldados se apresuran hacia sus petates. La hora ha llegado. Uno se detiene. "Hazme una foto", exige, como si fuera un último deseo. Es joven, pero sus ojos oscuros y profundos son viejos. Uno de los veteranos cuya sonrisa refleja el laberinto de horrores que es la guerra. "Buena suerte", concluye, y sigue adelante. Poco a poco, todos desaparecen y la explanada donde ha tenido lugar la ceremonia se queda desierta.

"Las evacuaciones salvan vidas y marcan la diferencia para la moral", señala el doctor Ahmad Zia Safi, que nos recibe en el hospital militar de Shorab. "Saber que uno tiene posibilidades de sobrevivir en caso de ser herido es fundamental para nuestras tropas. Aquí hacemos cirugía y trauma. Salvamos vidas, incluyendo las de los heridos talibán capturados y que, después de ser tratados y estabilizados, son mandados a prisión", explica.

"Siempre hay mucho trabajo, muchas cirugías de las que hacerse cargo", continúa. "Antes de la ayuda de la OTAN y Estados Unidos teníamos una media de 15 bajas al día. Ahora estamos entre tres y cinco". El centro médico tiene 50 camas, cinco doctores y 60 enfermeros y ayudantes, banco de sangre, laboratorio, farmacia, Rayos X y escáners médicos que lo han convertido en uno de los más modernos del país. "Los días más duros se producen cuando hay muchas bajas por un ataque o durante una ofensiva. Sin embargo, los periodos de calma también son peligrosos porque te relajas y aquí siempre hay que estar preparado. Los ataques suicidas pueden suceder en cualquier momento", añade. La morgue tiene una capacidad para 20 cuerpos. "Después de identificarlos, los mandamos a casa, a sus familias", explica cabizbajo.

Asistimos, en directo, a una operación de cirugía. Un soldado con un ataque de apendicitis. Visitamos a tres heridos en combate. Uno duerme, vencido por la morfina y cubierto con una manta pesada. Sólo su cara dolorida asoma. Otro está tendido sobre el catre con un compañero a su vera y una herida vendada en una pierna. "Fuego de francotirador", explica. Una herida afortunada, según la loca lógica de la guerra. El tercero no quiere enseñar sus heridas y lo observa todo con una mirada perdida. Los únicos objetos personales que se ven son sus uniformes en bolsas de plástico a los pies de la cama y sus teléfonos móviles.

Visitamos el laboratorio del hospital que se ha convertido en una herramienta fundamental para identificar y atender a los soldados "víctimas de las adiciones", dice el doctor refiriéndose a los heroinómanos. Helmand es la provincia afgana donde más opio se produce. "La dureza del conflicto y el acceso a sustancias hace que algunos soldados se vuelvan adictos. Si alguien da positivo se le manda a Kabul a una clínica de desintoxicación". Una vez están recuperados vuelven a vestir el uniforme y están listos para volver a las trincheras. "La drogadicción es una enfermedad que debe ser tratada y no perseguida", concluye.

Los cañones de artillería de 120mm para llevar a cabo ataques de precisión son fundamentales para apoyar a los hombres que han partido de Nad'Ali. En el campo de Shorabak asistimos a un ejercicio del 205º Cuerpo artillero del ejército afgano que se acaba convirtiendo en misión real, "debido a los requerimientos sobre el terreno", según indica un oficial afgano. Los marines también están aquí supervisando. "Estoy muy sorprendido con su capacidad y rapidez para aprender. Dirijo a clases de 12 estudiantes durante ocho semanas", explica su instructor, el sargento Dillan Arthur.

Los artilleros afganos todavía tienen mucho que aprender. Les falta rapidez y precisión en el establecimiento de sus coordenadas. Si ellos fallan o se quedan cortos en el tiro, los que sufrirán las consecuencias serán sus compañeros que acaban de partir. La artillería puede ser un ángel para la infantería, pero también un desastre que puede acabar con las vidas y la moral de los soldados sobre el terreno muriendo por lo que el poeta soldado inglés Wilfred Owen describió como "la vieja mentira": dulce decorum est pro patria mori (dulce y honorable es morir por la patria).



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