Editorial

Víctimas de la guerra civil de Guatemala yacen en paz, tres décadas después

2017-12-26

El segundo féretro lleva el nombre de su madre, María, quien con 90 años,...

Daniele Volpe, The New York Times

SANTA AVELINA, Guatemala — Juana García Gómez, de 75 años, llora sobre dos ataúdes colocados uno al lado del otro en la cancha deportiva de la escuela de Santa Avelina, una población ubicada en la zona montañosa occidental de Guatemala.

Dentro de uno yacen los restos de su hermano Juan, quien fue secuestrado cuando tenía 50 años hace más de tres décadas. Su cuerpo fue encontrado pocos días después, al costado de un camino rural, y mostraba signos de haber sido asesinado por arma de fuego.

El segundo féretro lleva el nombre de su madre, María, quien con 90 años, había exigido la liberación de su hijo en un campamento militar cercano. En lugar de entregárselo, los soldados la golpearon.

Su lesión más grave fue un fémur roto y murió debido a una gangrena en su pierna, poco después de enterarse de la suerte de su hijo.

Los dos ataúdes están entre los 172 que contienen restos exhumados de gente que murió en los operativos militares que fueron ordenados por el gobierno en las montañas mayas, durante el periodo más sangriento de la guerra civil del país que se libró de 1960 a 1996.

Los restos fueron recuperados en el campo en agosto de 2014 y los análisis forenses por fin se habían terminado. En noviembre, la gente de Santa Avelina, un pequeño pueblo cerca de San Juan Cotzal, se preparaba para enterrar a sus seres queridos.

Esperaron más de 30 años por un entierro digno para sus familiares.

Durante la guerra, se destruyeron del 70 al 90 por ciento de los pueblos de la zona y el 60 por ciento de la población fue desplazada, forzada a abandonar sus casas y buscar refugio en la zona montañosa cercana, según informó una comisión de la verdad de las Naciones Unidas. La investigación de la ONU estima que cerca de 7000 personas del pueblo Ixil, una etnia maya, fueron asesinadas.

Antes de 1982, Santa Avelina no figuraba en los mapas. En su lugar, muchos pueblos rodeaban un plantío de caña de azúcar. El área era conocida como Kabnó que significa “el lugar de la miel” en la lengua de los ixiles.

Cuando las guerrillas de izquierda se alejaron de las ciudades y se establecieron en las tierras altas mayas a fines de la década de los setenta, el Ejército guatemalteco identificó a los ixiles como un grupo de apoyo a los rebeldes, a pesar de que los insurgentes nunca establecieron una fuerte presencia en el campo.

El dictador Fernando Romeo Lucas García ordenó la primera operación militar para atacar pueblos en las tierras montañosas a finales de 1981, como parte de una estrategia para aterrorizar a la población civil y destruir cualquier posible apoyo a las guerrillas.

Las operaciones en contra de los ixiles se intensificaron bajo el mandato del general Efraín Ríos Montt, quien tomó control del gobierno en marzo de 1982. El ejército masacró a pueblos enteros, arrasó edificaciones y destruyó los rebaños de ganado.

Ríos Montt, quien fue condenado por genocidio en 2013 por las masacres contra los ixiles, describió la matanza como “secar el mar donde nadan los peces”. Su condena por genocidio fue suspendida por un error técnico diez días después del juicio; sin embargo volvió a ser enjuiciado pero, a los 91 años de edad, está demasiado enfermo para presentarse en el tribunal.

Ríos Montt también amplió la política de contrainsurgencia para establecer control sobre los sobrevivientes. Los forzó a vivir en lo que se llamó “pueblos modelo”, obligándolos a trabajar por comida y presionándolos para que crearan patrullas civiles de defensa, grupos paramilitares que muchas veces eran forzados a apoyar las masacres militares.

Fue destituido del cargo en agosto de 1983 y, aunque el ritmo de las masacres disminuyó con su sucesor, el general Óscar Mejía Víctores, los pueblos modelo continuaron bajo control militar.

Santa Avelina tiene cicatrices profundas de esa época. Los 172 restos recuperados pertenecen a personas que murieron entre 1978, cuando el ejército entró por primera vez a la región, y 1986. De los fallecidos, 15 murieron violentamente: fueron asesinados por el uso de armas de fuego o los machetes.

Más de la mitad de las víctimas son niños -14 recién nacidos, 66 niños pequeños y 28 niños de entre 4 y 12 años- que murieron por hambre y enfermedad. Eran los más vulnerables a las duras condiciones de las montañas y de los pueblos modelo, donde el acceso a comida y medicamentos era limitado.

Se utilizaron análisis de ADN para relacionar los perfiles genéticos de 41 víctimas con sus familiares. Los antropólogos también les mostraron las vestimentas de los fallecidos a los residentes de Santa Avelina con la esperanza de que pudieran reconocer a sus seres queridos; las familias de 67 víctimas los identificaron de esa manera.

Aunque no hubiera garantía de que los restos correspondieran a los de sus familiares, la gente tuvo la oportunidad de cerrar el círculo del duelo y enterraron los restos con sus nombres y apellidos.

Algunos restos no identificados se enterraron como “XX”. Aún hay esperanza de que se puedan reconocer a través de análisis futuros con el ADN de parientes vivos, así que cada nicho en el cementerio tiene un código para los restos y sus perfiles genéticos.

También se encontraron los restos de otras 84 víctimas en fosas comunes de las antiguas instalaciones militares de Xolosinay, víctimas de tortura que fueron ejecutadas por soldados. Entre ellos estaba el esposo de García Gómez, Juan López, quien tenía 60 años cuando el ejército se lo llevó.

Al fin pudo darle sepultura el año pasado.

Los tratados para finalizar la guerra civil en 1996 establecieron varias medidas de reparación para las víctimas, pero los grupos defensores dicen que no han sido implementadas.

El Comité Internacional de la Cruz Roja cubre el costo de los ataúdes y los nichos para enterrarlos porque “una sepultura digna es una prioridad humanitaria”, dijo Francesco Panetta, un vocero de la misión de la Cruz Roja en Guatemala.

A pesar de su reducido tamaño, Guatemala tiene el segundo lugar en desaparecidos de guerra en América Latina, después de Colombia. Se estima que 45,000 personas desaparecieron; los restos de poco más de 6000 han sido encontrados y exhumados.

Guatemala es un país donde las heridas permanecen abiertas.


 



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