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La rima de la historia: lecciones de la Gran Guerra

2017-12-28

En 2013 estuve de vacaciones en Córcega. Un día entré en la iglesia de una...

MARGARET MACMILLAN | Política Exterior

El centenario de la guerra de 1914 debería hacernos reflexionar de nuevo sobre nuestra vulnerabilidad al error humano, a la catástrofe repentina. La historia, dijo Mark Twain, no se repite, pero tiene rima. La Primera Guerra mundial ofrece valiosas lecciones de paz.

En 2013 estuve de vacaciones en Córcega. Un día entré en la iglesia de una pequeña aldea de montaña, en la que encontré un monumento a los caídos en la Primera Guerra mundial. De una población no superior a 150 habitantes, habían muerto en ese conflicto ocho jóvenes, pertenecientes a tres familias diferentes. Pueden encontrarse listas similares en toda Europa, en grandes ciudades y en pueblos pequeños. Y por el resto del globo se extienden monumentos parecidos, pues en la Gran Guerra, como se la conoció hasta 1940, lucharon también soldados de Asia, África y América del Norte.

La Primera Guerra mundial sigue cautivándonos en la vertiginosa escala de su masacre: diez millones de combatientes murieron y muchos más resultaron heridos. Perdieron la vida incontables civiles, ya fuera por acciones militares o por culpa del hambre y las enfermedades que estas trajeron. Cayeron imperios enteros y las sociedades se envilecieron.

Pero hay otra razón por la que ese conflicto nos sigue obsesionando: no nos hemos puesto de acuerdo acerca de sus porqués. ¿Tuvo su origen en las ambiciones desmesuradas de algunos mandatarios de la época? El káiser Guillermo II y sus secretarios, por ejemplo, querían una Alemania mayor que extendiera su poder por todo el mundo, y para ello desafiaron la supremacía naval de Reino Unido. ¿Reside la razón en la competencia de ideologías? ¿En rivalidades nacionales? ¿O en el violento y aparentemente insoslayable empuje del militarismo? Conforme se aceleraba la carrera armamentística, generales y almirantes confeccionaban planes cada vez más agresivos a la vez que rígidos. ¿Estuvieron esos planes detrás de una explosión inevitable?

Prendió la mecha un azaroso suceso ocurrido en las profundidades del Imperio Austrohúngaro. Durante el segundo año de la conflagración que inundó la mayor parte del continente europeo se propagó un chiste bastante ácido: “¿Has visto el periódico de hoy? El archiduque ha sobrevivido: la guerra ha sido un error”. Esa sería la explicación más descorazonadora de todas: que la guerra fue simplemente un error que podría haberse evitado.

[…]

Echemos un vistazo a los conflictos, en marcha o potenciales, que dominan los titulares hoy. Oriente Próximo, región formada por países cuyas fronteras fueron trazadas a consecuencia de la Primera Guerra mundial, es una de las muchas áreas del globo sumidas en el caos, con décadas de agitación a las espaldas. Se libra hoy una guerra civil en Siria que ha despertado el fantasma de un conflicto regional, perturbando asimismo las relaciones entre las grandes potencias, cuyas habilidades diplomáticas vuelven a ponerse a prueba. El uso que el régimen de Bachar el Asad ha hecho de las armas químicas –un tipo de armamento que empezó a usarse en las trincheras en 1914 y ya entonces se prohibió por bárbaro– cerca estuvo de precipitar un ataque aéreo estadounidense. Los comentarios que se hicieron al respecto de estos acontecimientos aludían aquí y allá a las armas de ese ya lejano mes de agosto. Los políticos descubrieron entonces que habían puesto en marcha un proceso que no podían detener y el resto temimos que los ataques aéreos pudiesen desencadenar un conflicto más amplio y duradero de lo que ningún asesor de Barack Obama hubiera imaginado.

El centenario de la guerra de 1914 debería hacernos reflexionar de nuevo sobre nuestra vulnerabilidad al error humano, a la catástrofe repentina y al mero accidente. Tenemos buenas razones para echar la vista atrás de vez en cuando, aunque no dejemos de mirar adelante. La historia, dijo Mark Twain, no se repite, pero tiene rima. El pasado no ofrece pistas claras sobre cómo actuar, pues da tantas lecciones que siempre podemos elegir una que se conforme a nuestros intereses políticos e ideológicos. Aun así, si miramos más allá de las anteojeras y tomamos nota de los paralelismos entre entonces y hoy, si tratamos de dilucidar en qué se parece nuestro mundo al de hace un siglo, la historia nos premiará con varios consejos valiosos.

La globalización, entonces y ahora: promesas y peligros

La era inmediatamente anterior a la Primera Guerra mundial, con sus lámparas de gas y sus coches de caballos, nos puede parecer lejana y pintoresca, pero, como sabrá ver el ojo atento, se parece en muchos sentidos a la nuestra. En ocasiones hasta lo inquietante. Las décadas anteriores a 1914 fueron, como el tiempo actual, un periodo sin precedentes de intensa agitación y cambios radicales, según juzgaron quienes los vivieron, en cuanto a su escala y rápida sucesión. Se generalizó el uso de la electricidad en el alumbrado público y en los hogares, Albert Einstein trabajaba en su teoría general de la relatividad, las revolucionarias ideas del psicoanálisis encontraban seguimiento y germinaba la semilla de ideologías depredadoras como el fascismo o el comunismo soviético.

La globalización –que solemos considerar un fenómeno moderno, nacido de la expansión multinacional de inversión y empresa, el crecimiento de Internet y la migración masiva– también caracterizó aquella época, gracias a los muchos cambios que empezaban a producirse en el mundo. Los medios de transporte (el tren, el barco de vapor) y los medios de comunicación (el teléfono, el telégrafo, la radio) permitieron acceder a las regiones más apartadas del planeta. Entonces como ahora, oleadas de inmigrantes se abrían paso hasta tierras extrañas: indios al Caribe y África, japoneses y chinos a América del Norte y millones de europeos al Nuevo Mundo y Oceanía.

En su conjunto, todos estos cambios fueron vistos, por lo general y especialmente en Europa y Estados Unidos, como prueba clara del progreso de la humanidad, lo que hizo pensar a muchos que, al menos en Europa, las naciones estaban demasiado civilizadas e interconectadas como para recurrir a la guerra a la hora de resolver una disputa. La adopción generalizada del Derecho Internacional y las Conferencias de Desarme de La Haya de 1899 y 1907, así como el recurso cada vez más habitual al arbitraje entre naciones (de los 300 arbitrajes documentados entre 1794 y 1914, más de la mitad tuvieron lugar después de 1890), empujaron a los europeos a convencerse aliviados de que habían dejado atrás la barbarie.

El hecho de que hubiese transcurrido un extraordinariamente largo periodo de paz general –desde 1815, cuando finalizaron las guerras napoleónicas– fortalecía esa ilusión, como también lo hacía la idea de que la dependencia entre los países era tan grande que no podrían permitirse el lujo de combatir unos contra otros nunca más. Ese fue el argumento presentado por Norman Angell. […] En su obra The Great Illusion, mantenía que las economías nacionales estaban tan íntimamente interconectadas que la guerra, lejos de suponer beneficio para nadie, terminaría arruinando a todo el mundo. Además, la mayoría de banqueros y economistas de la época convenían en que una guerra a gran escala no podría durar demasiado porque no habría forma de pagarla (aunque hoy sabemos que las sociedades, cuando así lo deciden, pueden dedicar una cantidad colosal de recursos a fines destructivos). […]

Lo que no supieron ver Angell y otros muchos fue la faceta negativa de esa interdependencia. En Europa, hace 100 años, los terratenientes vieron cómo las importaciones agrícolas empezaban a minar su prosperidad. El dominio que ejercían sobre una franja importante de la sociedad se veía socavado a la vez por una clase media al alza y por la plutocracia urbana. En consecuencia, gran parte de las viejas clases altas se arremolinó en torno a movimientos políticos conservadores e incluso reaccionarios. En las ciudades, artesanos y pequeños comerciantes cuyos servicios ya no se necesitaban se vieron también atraídos por los movimientos de extrema derecha. El antisemitismo floreció y los judíos se convirtieron en el chivo expiatorio sacrificado en aras del capitalismo y la modernidad.

El mundo está siendo testigo de una serie de inquietantes fenómenos paralelos. A lo largo y ancho de Europa y América del Norte, movimientos de extrema derecha como el British National Party o el Tea Party se han erigido en válvula de escape para las frustraciones y miedos de muchos ciudadanos, que ven cómo el mundo cambia sin que ellos puedan hacer nada y desaparecen el empleo y la seguridad. Inmigrantes, como los musulmanes, son considerados enemigos en algunas sociedades.

La globalización puede tener un efecto paradójico: la propugnación de un localismo e innatismo extremos, empujando a las personas a buscar refugio en el seno de pequeños grupos humanos, acogedores a primera vista aunque ideológicamente monolíticos. Una de las consecuencias inesperadas de la expansión de Internet, por ejemplo, ha sido el estrechamiento de horizontes: el usuario interactúa a través de la red solo con aquellos con opiniones similares y evita los sitios web que pueden poner en entredicho sus creencias.

La globalización también posibilita la expansión de las ideologías radicales y el acercamiento entre fanáticos que no se detendrán ante nada en su busca de una sociedad perfecta. En el periodo anterior a la Primera Guerra mundial, los anarquistas y socialistas revolucionarios de toda Europa y América del Norte leían las mismas obras y perseguían el mismo objetivo: acabar con el régimen social existente. Los jóvenes serbios que asesinaron al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo encontraron inspiración en Nietzsche y Bakunin, como habían hecho sus compañeros rusos y franceses. Los terroristas, de Calcuta a Búfalo, se han imitado siempre unos a otros, ya sea lanzando bombas contra la bolsa, volando trenes o apuñalando y disparando a quienes consideraban opresores, ya fueran la emperatriz Sissi o el presidente estadounidense William McKinley. Hoy, las redes sociales son el nuevo local de reuniones de los fundamentalistas, que propagan sus mensajes cada vez más rápido, a un público cada vez más amplio, en todo el planeta. […]

A nivel nacional, la globalización puede exacerbar las rivalidades y miedos entre países que de otro modo cabría juzgar como aliados. Hace 100 años, en vísperas de la Primera Guerra mundial, Reino Unido –la mayor potencia naval del mundo– era el principal cliente de Alemania –su homólogo en tierra– y viceversa. Los niños británicos jugaban con juguetes (los soldaditos de plomo, por ejemplo) fabricados en Alemania, y en el teatro Covent Garden de Londres tenores alemanes interpretaban óperas alemanas. Además, ambas naciones compartían fe (la mayoría de la población de los dos países era protestante) y lazos de sangre que emparentaban incluso a los respectivos monarcas. Pero todo ello no se tradujo en amistad. Todo lo contrario. Alemania se fue apropiando de mercados tradicionalmente explotados por los británicos y rivalizaba con estos en colonias y poder, hasta el punto de convertirse en una amenaza para Reino Unido. […]

Muchos alemanes veían al reino insular de ese mismo modo. Alemania, decían, debía ocupar el lugar que le correspondía y comandar un imperio en el que no se pusiera el Sol, pero Reino Unido y su flota obstaculizaban el camino. Cuando el káiser Guillermo y su ministro de la Marina, el almirante Alfred von Tirpitz, decidieron construir una flota de altura para plantar cara a la supremacía naval británica, la inquietud de Reino Unido al respecto del creciente poder comercial y militar además se tornó en algo más parecido al pánico.

[…]

Altos mandos de ánimo más templado trataron de ralentizar en ambos bandos la cada vez más cara carrera naval, pero la opinión pública, novedoso factor que ya había adquirido un peso descomunal en la toma de decisiones, no empujaba sino hacia las hostilidades. Ni siquiera el parentesco entre las familias reales de los dos países sofocó la mutua antipatía, al contrario. El káiser Guillermo, mandatario peculiar e impredecible, odiaba a su tío, el rey Eduardo VII, “el archi-intrigante y metomentodo de Europa”, quien a su vez despreciaba a su sobrino, al que consideraba arrogante y creído.

Es tentador comparar la actual relación entre China y EE UU con la que mantuvieron alemanes e ingleses hace 100 años. Y da qué pensar. Hoy, como entonces, el avance de la globalización nos ha instalado en una falsa sensación de seguridad. Nos dicen que los países que tengan McDonald’s jamás se harán la guerra. Y, como dijo el presidente George W. Bush en la presentación de su Estrategia de Seguridad Nacional de 2002, la mayor garantía de la estabilidad y paz internacionales es la expansión de la democracia y el comercio libre.

Sin embargo, el extraordinario crecimiento del comercio y la inversión entre China y EE UU desde los años ochenta no han servido para ahuyentar las mutuas sospechas, sino todo lo contrario. Crecen a la par la inversión china en EE UU, especialmente en sectores sensibles como la electrónica o la biotecnología, pero también el temor a que el gigante asiático se esté haciendo con información que le permita amenazar la seguridad estadounidense. Por su parte, los chinos se quejan de que Washington los trate como una potencia de segunda y, si bien continúan lamentando el constante apoyo estadounidense a Taiwán, no dejan de respaldar a Corea del Norte, sin importar qué graves provocaciones protagonice este Estado paria. Hoy, ambos países compiten por mercados, recursos e influencia sobre una región que abarca desde el Caribe a Asia Central, y China se muestra cada vez más dispuesta a traducir su peso económico en poderío militar. El abultado gasto militar chino y el crecimiento de su capacidad naval hacen pensar a muchos estrategas estadounidenses que el país asiático busca disputar a EE UU la supremacía en el Pacífico. Atestiguamos ya una carrera armamentística en ese océano y The Wall Street Journal ha publicado información documentada según la cual el Pentágono estaría preparando planes de guerra contra China, por si acaso.

El sentimiento popular, avivado e inflamado por los medios de comunicación del mismo modo que a principios del siglo XX, muy bien podría hacer que esas hostilidades fueran aún más difíciles de controlar. Además, la celeridad de las comunicaciones actuales obliga más que nunca a los gobiernos a responder a las crisis, y con tal apremio que en ocasiones no hay tiempo de articular una respuesta proporcionada.

Sube la marea del nacionalismo y el sectarismo

Nuestro mundo, como el de 1914, es testigo de cambios en las estructuras de poder internacionales. Potencias emergentes retan a las consolidadas. Las rivalidades nacionales condujeron antaño a las sospechas mutuas entre Reino Unido y una Alemania en auge, y lo mismo ocurre hoy entre EE UU y China e incluso entre China y Japón. Hoy, como entonces, la opinión pública puede limitar el margen de maniobra a los mandatarios a la hora de distender las hostilidades. Los líderes creen que pueden aprovechar el sentimiento popular para sus fines, pero a menudo se topan con reacciones ciudadanas imprevistas. […]

Los malentendidos y manipulaciones de la historia pueden también alentar las afrentas entre naciones y acelerar la guerra. En la Europa de hace 100 años, el crecimiento del nacionalismo –espoleado desde arriba pero crecido desde un subsuelo en el que historiadores, lingüistas y folcloristas se empleaban en crear historias sobre antiguas y míticas enemistades– sembró la inquina entre naciones que de otro modo habrían sido amigas. Los teutones siempre se habían visto amenazados por los eslavos desde el Este, o eso enseñaban los eruditos profesores alemanes antes de 1914, y por tanto la paz entre Alemania y Rusia era imposible. En los Balcanes, los nacionalismos en liza, cada uno de ellos con su historial de triunfos y derrotas, enemistaron a serbios, albaneses y búlgaros, que habían convivido en relativa armonía durante siglos, y sigue enemistándolos hoy.

A menudo, como ocurre en las familias, los sectarismos más acres surgen entre quienes más parecidos guardan. Citemos los conflictos étnicos y religiosos de la antigua Yugoslavia o los enfrentamientos civiles en Oriente Próximo y el resto del mundo musulmán, donde las diferencias doctrinales entre suníes y chiíes se recrudecen hasta la guerra política e ideológica. Lo que Sigmund Freud llamó el “narcisismo de las pequeñas diferencias” puede conducir a la violencia y a la muerte, un peligro que se amplifica si las grandes potencias deciden intervenir fuera de sus fronteras para proteger a grupos sociales con los que comparten identidad étnica o religiosa. También aquí encontramos inquietantes paralelismos con el pasado. Antes de la Primera Guerra mundial, Serbia financió y armó a los serbios del Imperio Austrohúngaro, mientras que austrohúngaros y rusos azuzaban a los compatriotas que vivían dentro de los límites, respectivamente, del susodicho imperio y de Rusia. […] Hoy, Arabia Saudí respalda a los suníes y a los Estados de mayoría suní de todo el mundo, mientras que Irán se ha erigido en protector de los chiíes, financiando movimientos radicales como Hezbolá.

Las tentaciones del Estado clientelar

La enemistad entre potencias menores puede tener consecuencias inesperadas, de gran alcance, cuando terceros deciden alinearse con uno y otro bando en defensa de sus intereses. En los años previos a la Primera Guerra mundial, Rusia decidió acudir al socorro de Serbia en nombre del paneslavismo, pero también a fin de expandir su influencia hasta Estambul y el Bósforo. Cuando el Imperio Austrohúngaro declaró la guerra a Serbia, Alemania, considerando que debía apoyar a aquel, hizo lo propio con Rusia, sabiendo que podía provocar una guerra mundial. Debido a las alianzas y amistadas entabladas en décadas anteriores, Francia y a continuación Reino Unido se vieron arrastrados a luchar junto a Rusia. El conflicto derivó casi instantáneamente en una guerra global.

La historia no se repite tal cual, pero el Oriente Próximo de hoy guarda un desasosegante parecido a los Balcanes de principios del siglo XX. Una mezcla similar de nacionalismos tóxicos amenaza con arrastrar a potencias externas como EE UU, Rusia, Irán y Turquía, todos ellos dispuestos a proteger sus intereses y clientes. ¿Concluirá Rusia que debe apoyar a Siria del mismo modo que antaño decidió apoyar a Serbia, su cliente, o como Alemania se vio compelida a respaldar al Imperio Austrohúngaro? Esperemos que Moscú ejerza un mayor control sobre el gobierno de Damasco que el que ejerció sobre Serbia en 1914. Hasta hoy, sin embargo, los esfuerzos internacionales por desactivar la crisis siria se han visto complicados debido a la apuesta de Rusia por la continuidad del régimen de El Asad frente a la amenaza militar estadounidense.

[…]

Además, las alianzas y amistades forjadas por razones defensivas o de mutuo beneficio pueden interpretarse de manera muy distinta desde otras perspectivas. Antes de 1914, los políticos alemanes asumieron que el pacto militar entre Francia y Rusia tenía como objetivo destruir Alemania. Hoy, Pakistán se siente amenazado por las relaciones entre India y Afganistán, mientras que EE UU ve una amenaza en la creciente influencia de China sobre Asia Central, África y América Latina.

Por si fuera poco, las potencias se muestran reacias a abandonar a sus Estados clientelares, sin importar hasta qué punto hayan perdido el norte ni a qué peligros aquellas pueden verse arrastradas por culpa de estos. Renegar de sus clientes hace a la potencia débil e indecisa. Antes de 1914, los países poderosos hablaban de honor. Hoy, el secretario de Estado, John Kerry, alude a la “credibilidad” y el “prestigio” de EE UU. Al final es la misma cosa.

Las complacencias de la paz

Como nuestros predecesores de hace un siglo, damos por hecho que la guerra abierta a gran escala es algo que ya no ocurre. Sabemos a ciencia cierta que sigue muriendo gente en conflictos en todo el mundo, muchos de ellos civiles, étnicos o religiosos, como ocurre en Siria o Irak. Pero desde 1945, el mundo ha sufrido muchas menos guerras entre Estados y ha sobrevivido a decenas de conflictos menores, desde Corea al Congo, con un número de muertes notablemente menor al de las provocadas por las dos guerras mundiales. La guerra entre Irán e Irak de los años ochenta, en la que murieron unas 500,000 personas, y el prolongado conflicto de los Grandes Lagos en África son las más destacables excepciones de los últimos años.

En resumen, nos hemos acostumbrado a la paz como estado habitual de las cosas. Esperamos que la comunidad internacional sepa tratar con los conflictos en cuanto estallan, y que estos sean breves y manejables. Lo comprendió muy bien Jean Jaurès, juicioso dirigente socialista que trató infructuosamente de contener el auge militarista en la Francia de principios del siglo XX: “Europa se ha visto atribulada por múltiples crisis a lo largo de muchos años”, declaró en vísperas de la Primera Guerra mundial, “y ha superado tantas pruebas peligrosas sin que estallase un conflicto que casi ha dejado de creer en la amenaza bélica y atiende a la evolución de la interminable guerra balcánica con interés e inquietud cada día menores”.

La comunidad internacional crea instituciones, consagradas a distender los conflictos y obligar a los agresores a deponer su actitud, que pueden resultar efectivas durante largos periodos de tiempo. El Concierto Europeo, el equilibrio de poderes entre las grandes potencias europeas nacido tras 1815, sirvió para mantener la paz durante gran parte de ese siglo, pero no duró para siempre. Las instituciones, como las personas, envejecen y se fatigan. Aunque las grandes potencias nunca dejaron de sostener la eficacia de la acción concertada a la hora de evitar conflictos, lo cierto es que al final dejaron de creer en ella. El mundo comenzó a resquebrajarse con consecuencias desastrosas.

En 1908 el Imperio Austrohúngaro enfureció a Serbia al anexionarse Bosnia, el 44 por cien de cuya población era de origen serbio. Alemania, por su parte, obligó a Rusia, valedora de Serbia, a retirarse de escena. El zar Nicolás II escribió a su madre: “Es muy cierto que las formas y métodos de Alemania –en relación con nosotros, me refiero– han sido bárbaras. No lo olvidaremos”. Y no lo olvidaron. Cuando estalló la crisis de 1914, el zar Nicolás, dirigente débil que hasta entonces había preferido la paz sobre la guerra, determinó, como la mayoría de sus ministros, que en esa ocasión Rusia no cedería a las presiones de Alemania ni de su aliado, el Imperio Austrohúngaro. […]

¿Nos encontramos hoy ante un debilitamiento comparable del orden internacional? Las Naciones Unidas, que podría considerarse sucesora del Concierto Europeo, ha intervenido con éxito en ocasiones a fin de mantener o restablecer la paz. Pero, en el Consejo de Seguridad actual, Rusia y China suelen votar en contra de las intervenciones, que consideran una tapadera para la promoción de los intereses occidentales. En el caso de Siria, El Asad ha tenido la capacidad de desafiar a la opinión internacional matando incluso a su propio pueblo, gracias al respaldo tanto de rusos como de iraníes. […]

El elemento disuasorio definitivo y otros engaños

La carrera armamentística previa a la guerra era algo positivo, según explicaba sir Francis Bertie, un diplomático británico, a su rey, Jorge V: “La mejor garantía de paz entre las grandes potencias es que se teman unas a otras”. No obstante, se equivocó al confiar en esa versión primigenia de la teoría de la destrucción mutua asegurada. Había demasiados generales europeos listos para ir a la guerra, ya fuera porque juzgaran el momento propicio ya porque creyesen que podrían ganar. En la guerra fría, no obstante, cuando EE UU y la Unión Soviética estaban en posesión de la mayoría de armas nucleares del mundo, la destrucción mutua asegurada funcionó. Ambos bandos reconocieron que las bombas atómicas o de hidrógeno eran tan destructivas que a efectos prácticos eran inutilizables. Si ambos países se declaraban en guerra abierta, el apocalipsis termonuclear no habría dejado más que perdedores. ¿Podemos confiar en que ese elemento disuasorio siga funcionando hoy?

Entramos en una nueva y potencialmente peligrosa era. Son nueve los países con arsenal nuclear, entre ellos Pakistán, un Estado díscolo, si no fracasado, y Corea del Norte, régimen que ha demostrado ser tan temerario como represivo. Dependiendo de si Irán obtiene la bomba, serán muchos otros Estados –quizá Japón entre ellos– los que quieran ejercer su derecho nuclear. Nacería así un mundo muy peligroso, que podría terminar pareciéndose al polvorín que estalló en los Balcanes hace un siglo. Solo que con bombas nucleares.

Pero si todas las naciones acordasen que lo nuclear no tiene sentido, seguiríamos enfrentándonos a esos peligros e inconvenientes de las guerras convencionales que muchos líderes militares no comprenden. Como en el mundo de 1914, se están produciendo en la actualidad cambios en la forma de hacer la guerra cuya relevancia no estamos sino empezando a entender.

Hace un siglo, la mayoría de autoridades militares y de gobiernos civiles que observaban desde la barrera no supieron intuir cómo sería la guerra que se acercaba, lo cual tuvo catastróficas consecuencias. Los grandes avances científicos y tecnológicos europeos y la producción cada vez mayor de sus fábricas, logros alcanzados durante el largo periodo de paz previo, hicieron el enfrentamiento directo mucho más mortífero. […] Sin embargo, hasta las mentes más preclaras de los Estados mayores europeos rehusaron afrontar esa nueva realidad, dando vagas explicaciones sobre los hechos más incómodos o ignorándolos directamente, como hoy muchos eligen hacer caso omiso de las abrumadoras pruebas científicas sobre el calentamiento global. Las potencias europeas fueron a la guerra en 1914 con planes que, sin excepción, tenían como elemento central la ofensiva. Como dijo un general de división británico en 1914, “la estrategia defensiva no es jamás aceptable para un británico y la estudiamos poco o nada”. Los británicos –y los soldados de otros muchos países– pagaron un alto precio por esa terca ceguera.

Hoy día tenemos nuestras propias falacias, como la que sostiene que gracias a nuestras avanzadas tecnologías podemos desarrollar acciones militares rápidas, puntuales y potentes –los “ataques quirúrgicos” o la doctrina del dominio rápido– que acortarán los conflictos, limitarán su impacto y traerán victorias decisivas. […] El objetivo final de la acción militar debe ser político, ya sea ganándose la opinión de la población local al garantizar su seguridad, sentando a las partes enfrentadas en la mesa de negociaciones o convenciendo al mundo de lo correcto de las acciones emprendidas. Quienes creen en los “ataques quirúrgicos” y su potencial para procurar victorias relevantes deben entenderlo o, como antaño, seguiremos librando guerras equivocadas.

Errores en lo más alto

Otros mandatarios habrían evitado la Primera Guerra mundial. La Europa de 1914 necesitaba un Bismarck o un Churchill con la perspectiva necesaria y el carácter suficiente para soportar la presión. Sin embargo, dirigían las potencias clave líderes débiles, dispersos y enfrentados. El káiser Guillermo se había inclinado en crisis anteriores por la paz. Sabedor de que los oficiales de su amado ejército lo apodaban Guillermo el Tímido, en 1914, cuando le insistieron en que había llegado el momento de lanzar una guerra preventiva contra Rusia, temió aparentar debilidad. Inmediatamente después del asesinato del heredero al trono en Sarajevo, cuando Alemania expidió el infame “cheque en blanco” con el que prometía apoyar al Imperio Austrohúngaro en cualquier circunstancia, Guillermo reiteró a un amigo cercano: “Esta vez no cederé”. Su canciller, Theobald von Bethmann-Hollweg, devastado por la reciente muerte de su esposa, aceptó la certidumbre de la guerra con sombría resignación. En el propio imperio prevalecían los partidarios de la guerra, encabezados por los generales, pues el asesinato del archiduque, paradójicamente, había borrado del mapa al único hombre que habría opuesto resistencia a la deriva belicista. El emperador Francisco José, viejo y enfermo, quedó solo frente a los halcones.

Por otro lado, Rusia, como Alemania, tenía al frente a un dirigente endeble con demasiado poder, y demasiado temeroso de parecer débil. El zar Nicolás se mostró vacilante pero al final dio cancha a sus consejeros más proclives a la guerra y ordenó la movilización general que hizo inevitable la guerra contra Alemania. El argumento decisivo le fue presentado al parecer por uno de sus ministros, quien le dijo que no podría salvar el trono ni las vidas suya y de su familia a menos que mostrara resolución frente a los enemigos de Rusia.

El gobierno británico, que en los comienzos de la crisis habría podido disuadir a Alemania, se mostró más preocupado por la posibilidad de una guerra civil en Irlanda. El primer ministro, Herbert Asquith, que también andaba enredado en asuntos de faldas, permitió a los partidarios de la guerra ganar posiciones, mientras el ministro de Exteriores, sir Edward Grey, proponía infructuosamente una negociación. En Washington, el presidente Woodrow Wilson observaba consternado los acontecimientos junto al lecho de su esposa moribunda. En ese primer momento no vio por qué EE UU debería intervenir en una disputa entre europeos.

[…]

Hoy, el presidente estadounidense se enfrenta a una serie de políticos en China que, como a los alemanes de hace un siglo, les preocupa mucho que a su país se le tome en serio. Vladimir Putin, por su lado, es un voluntarioso nacionalista, más fuerte que el desafortunado zar Nicolás. Obama, como Wilson, es un gran orador, capaz de convencer sobre su visión del mundo y de inspirar a los estadounidenses. Pero, como Wilson a finales de la Primera Guerra mundial, Obama se enfrenta a un Congreso partisano y poco cooperativo. Lo más preocupante sea quizá el paralelismo entre su posición y la de Asquith en 1914, al mando de un país tan dividido internamente que no quiere o no puede desempeñar un papel activo y constructivo en el mundo.

Se busca policía mundial

Reino Unido desempeño el papel de líder internacional durante el siglo XIX y parte del XX, pero topó con exigencias demasiado duras y costes demasiado altos. Tras la Segunda Guerra mundial, los británicos comenzaron a mostrarse reacios a ostentar ese título y la economía no era ya capaz de sostenerlo.

EE UU ha estado hasta hoy a la altura como garante de la estabilidad internacional, pero quizá no quiera o no pueda desempeñar ese papel indefinidamente. […] Con el hundimiento de la Unión Soviética y su imperio a finales de los ochenta, EE UU, quizá sin reflexionarlo, continuó actuando como fuerza hegemónica del mundo, asumiendo responsabilidades que abarcaban desde la estabilización de la economía internacional al mantenimiento de la seguridad. Sin embargo, aun siendo la mayor potencia mundial, EE UU no es hoy tan poderoso como antaño. Ha sufrido reveses militares en Irak y Afganistán y ha encontrado dificultades para sellar alianzas duraderas, como ha demostrado la actual crisis siria. Conscientes en su inquietud de que tiene pocos amigos fiables y muchos enemigos potenciales, los estadounidenses se plantean recuperar políticas más aislacionistas.

¿Ha dejado EE UU atrás su apogeo, como le ocurrió a Reino Unido? Si mengua siquiera parcialmente su papel global, ¿qué potencias pasarán a dominar el orden internacional y qué posibilidades habrá para la paz mundial?

Es difícil predecir qué ocurrirá. Rusia sueña quizá con su pasado soviético, cuando era superpotencia, pero con una caótica economía y una demografía a la baja, tales ambiciones son poco realistas. China es una potencia en auge que probablemente centre sus intereses en Asia. Más allá de ese continente mostrará interés, como ya hace, en asegurar los recursos que necesita para su economía, rechazando probablemente intervenir en conflictos lejanos en los que se juegue poco. La Unión Europea habla de liderazgo mundial, pero hasta ahora se ha mostrado reacia a desarrollar sus recursos militares, y sus divisiones internas hacen cada vez más difícil a Bruselas obtener acuerdos sobre política exterior. Los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica) forman, por su parte, un grupo más teórico que real. […]

Quizá sea necesario vivir un momento de verdadero peligro para obligar a las grandes potencias de este nuevo mundo a sentarse a la mesa de los pactos con ánimo dialogante. Los pasos adelante, si se dan, pueden ser cortos o llegar demasiado tarde, y el peaje que abonemos por ese retraso podría ser muy alto. En lugar de navegar a la deriva de una crisis a otra, hemos de detenernos a repensar las terribles lecciones que aprendimos hace un siglo, con la esperanza de que nuestros líderes, con nuestro aliento, reflexionen sobre cómo trabajar juntos para construir un orden internacional estable.



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