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La democracia en 2018

2018-01-01

Con frecuencia se interpreta esta versión de la política en clave de populismo,...

Héctor E. Schamis, El País

¿Qué dirán los rankings de democracia al concluir 2018? ¿Habrán ido en dirección ascendente sus índices de vitalidad institucional, participación y libertad? Apuesto que no, que tendremos menos democracia en este año que se inicia. Es que no parece posible, o al menos probable, fortalecer la noción de auto-gobierno, organizar la vida colectiva en la diversidad, proteger los derechos de las minorías y limitar el uso del poder público en el actual contexto. 

En el debate de la post Guerra Fría muchos creían en el definitivo triunfo del orden liberal internacional. La difusión del capitalismo hacia el Este incrementaría el comercio, promoviendo la cooperación económica. Y las instituciones democráticas favorecerían mecanismos pacíficos de resolución de conflicto. Era la época de la “paz democrática”, optimismo de los noventa que sucumbió ante la posterior fragmentación.

En la Europa post-comunista, la democracia no había ido más allá de Visegrád—la alianza centroeuropea de 1991—pero hoy está en riesgo aún allí. Como en Hungría, donde los medios de información son controlados virtualmente en su totalidad por el Estado. Y en Polonia, donde la Comisión Europea acaba de invocar el artículo 7(1) del Tratado de la Unión para exigirle al gobierno respetar la independencia del Poder Judicial, obligación de todos los países miembros. 

En Europa Occidental, a su vez, la democracia languidece entre los neofascismos de diversa naturaleza, si bien similarmente hostiles a la inmigración, y los nacionalismos más o menos tribales, todos desconfiados de la integración. Lo común al Brexit, el nacionalismo escocés y el independentismo catalán, por ejemplo, es su concepción nativista del ordenamiento social. Ello mientras el Estado, los Estados realmente existentes, son construcciones artificiales—jurídicas y políticas, esto es—de carácter multicultural. El concepto de Estado-Nación siempre fue solo una metáfora.

La lógica secesionista es un boomerang contradictorio y resbaladizo. Una Europa de Estados tribales es el fin de la propia idea de Europa, sugerí aquí mismo el pasado septiembre. Es decir, es el fin del único experimento colectivo de construcción democrática en toda su historia. De ahí que Tabarnia no sea una broma sino un ejemplo exquisito. Pues si todos los Estados son multinacionales, los secesionistas se convierten en blanco automático de reclamos políticos y territoriales idénticos a los que ellos mismos formulan, decía entonces. Es que el nacionalismo erosiona la primera condición institucional para la democracia: la estabilidad del mapa.

En Estados Unidos los déficits de la democracia estuvieron siempre encarnados por su pobre sistema electoral, o sea, de baja participación, arbitrarias reconfiguraciones de los distritos y altísimas tasas de retención de escaño entre otras disfuncionalidades. El equilibrio siempre llegó por sus sólidas tradiciones constitucionales: el ejercicio pleno de los derechos y libertades individuales. O sea, la fórmula relativamente exitosa fue la de una democracia débil en una república fuerte.

Funcionó, pero la ecuación está hoy bajo ataque. La democracia es más débil, léase la interferencia rusa en la elección o la disputa de los resultados sin pruebas, ya sea antes de una elección, como Trump, o con los resultados en la mano, como Roy Moore en Alabama. La configuración constitucional sufre un fuerte desgaste, a su vez, dadas las arremetidas sistemáticas del Ejecutivo contra la prensa y los funcionarios judiciales independientes, es decir, la embestida de un poder del Estado a otro. Ello se va consolidando como la narrativa dominante de la presidencia Trump, por cierto que no es la mejor manera de garantizar derechos.

En América Latina, finalmente, la democracia es víctima de un virus omnipresente, el de la perpetuación. La región se divide entre los sistemas que salvaguardan la norma de la alternancia y aquellos que ni siquiera tienen regla sucesoria alguna. En los primeros la democracia es posible; en los segundos, prevalece el chantaje autoritario.

Con frecuencia se interpreta esta versión de la política en clave de populismo, término que se abusa hasta vaciarlo de precisión analítica e histórica. De este modo se ignora que las experiencias populistas resolvieron el problema de la sucesión. Getúlio Vargas dejó dos partidos detrás, el PSD y el PTB. El PRI respetaba la norma de no reelección presidencial y luego aceptó la derrota electoral. El peronismo resolvió la crisis de la muerte de su fundador creando un partido político, el cual ganó y también perdió elecciones. En otras palabras, el populismo ha sido capaz de transferir el poder a otro.

En contraste, la actual tendencia a la perpetuación cae bajo la larga sombra del ALBA, inspirada por el estalinismo cubano en combinación con el prevaleciente patrimonialismo caribeño en el uso del poder. El estalinismo concibe al poder como propio, pero lo racionaliza desde su supuesta moral revolucionaria. El patrimonialismo, a su vez, concibe el poder como propiedad privada, como en Macondo. En ambos prevalece la arbitrariedad, en el primero por diseño institucional—el Estado-partido—y en el segundo por capricho del sultán, parafraseando a Juan Linz. América Latina está con pronóstico reservado.

Siempre imaginamos la democracia como olas, ciclos de expansión y contracción democrática. La tercera ola comenzó en 1974 con la Revolución de los Claveles en Portugal. Desafortunadamente, en este siglo vivimos una etapa de regresión autoritaria, el ciclo no es virtuoso. Los demócratas del mundo deben comenzar una cuarta ola, y no solo en el Medio Oriente, sino también en “Occidente”, cualesquiera sea la definición que se use para el término.

No la tendrán fácil sin embargo, será un viaje por aguas turbulentas. Habrá que generar las condiciones para una mayor sensibilidad social por los derechos, hoy perdida. Y para ello recordar la universalidad de la jurisdicción, la no prescripción, la obligación de proteger y la necesidad de un orden constitucional democrático, no cualquier tipo de orden constitucional y no tan solo la necesidad del voto.

Y además articular estos principios en coaliciones de la sociedad civil y las organizaciones internacionales, como en la tercera ola, como siempre. La democracia está en retroceso. 



JMRS