Nacional - Finanzas

El peso mexicano encara un 2018 complejo

2018-01-02

Los grandes inversores empezaron a revertir su exagerada respuesta inicial y el contexto general...

Ignacio Fariza, El País

2 de enero de 2017; 20 días para la toma de posesión de Donald Trump. El magnate republicano ha ganado las elecciones hace menos de dos meses y México, en el centro de la diana del presidente electo de Estados Unidos, contiene el aliento. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), cuya firma en 1994 supuso la entrada de buena parte del país en la modernidad económica, ha sido objetivo predilecto de los ataques de Trump: su potencial ruptura, tantas veces verbalizada, amenaza con desatar una tormenta sin precedentes en la segunda economía más importante de América Latina. En paralelo, el batacazo del peso en los últimos meses ha sido sonado: la moneda mexicana se ha dejado la cuarta parte de su valor desde abril, a medida que el fenómeno Trump escalaba posiciones en los sondeos.

Tras la sobrerreacción inicial del mercado en el tramo final de 2016, que vio cómo, de repente, todos los fantasmas se cernían sobre México, 2017 no ha sido tan malo como cabía esperar. De hecho, ha sido el mejor año para el peso en un lustro. 12 meses después, aunque muchas de las dudas que arrastraron a la moneda a la baja se han recrudecido en los últimos compases del año ­-renegociación del TLC, potencial impacto de la reforma fiscal estadounidense sobre la inversión en México y dudas sobre el resultado de las elecciones del próximo julio-, la situación luce mucho menos crítica. Entre el 20 de enero -cuando Trump asumió la presidencia de EE UU- y mediados de septiembre, el peso recuperó más de un 18% de su valor frente al dólar. Los grandes inversores empezaron a revertir su exagerada respuesta inicial y el contexto general favorable para los países emergentes -y México es un exponente destacado de ese grupo- rebajó la presión sobre la divisa.

“Muchos empezaron a cambiar de vagón entre febrero y septiembre”, valora Juan Carlos Rodado, jefe de análisis del banco Natixis para Latinoamérica y uno de los especialistas que más ha atinado en los últimos años con el tipo de cambio. La política monetaria también ha aportado su granito de arena: el precio del dinero, que fija el Banco de México a través de la tasa de interés, se ha más que duplicado en los dos últimos años, pasando del 3,5% al 7,25%. El objetivo primordial de esa subida gradual ha sido el control de la inflación que ha sacudido México en 2017, hasta situarse en máximos de casi dos décadas. Pero, indirectamente, también ha contribuido a estabilizar el tipo de cambio: al subir el retorno esperado de las inversiones, muchos se ven tentados a mover sus fondos al país latinoamericano, convertido hoy en uno de los que mejor relación ofrece entre rendimiento (interés) y calidad de crédito en todo el mundo.

El optimismo, quizá excesivo, duró ocho meses: en el último trimestre del año recién terminado la tendencia se dio la vuelta y el peso empezó a perder comba frente al dólar y el resto de grandes monedas mundiales. El empeoramiento del clima en el que se desarrollan las conversaciones sobre el TLC, marcadas por la posición inflexible de Washington -que sigue sin renunciar a sus aspiraciones de máximos- y la rebaja fiscal en EE UU -que podría obligar al Ejecutivo de Enrique Peña Nieto (PRI) a mover ficha ante el riesgo de perder atractivo inversor frente a su vecino del norte- han elevado la presión y ha forzado al instituto emisor a tomar cartas en el asunto. El dólar pasó de cambiarse por poco más de 17,5 pesos en el ecuador de septiembre a hacerlo por casi 19,7 el pasado viernes, el último día de negociación del año en los mercados financieros.

La debilidad de la moneda mexicana, sostiene Rodado, ha llegado para quedarse. Al menos a corto y medio plazo. El banco central empieza a tener menor margen de maniobra y, aunque en México la subida de tasas apenas pasa factura al crecimiento dado que la exposición al crédito de hogares y empresas es notablemente menor que en EE UU y Europa, amenaza con acrecentar los primeros signos de agotamiento de la economía. “Las cifras de crecimiento de la segunda mitad de 2017 han sido pobres, en parte por los terremotos de septiembre y los huracanes. Pero no solo”, apunta el economista de Natixis. “Nadie había pronosticado esta desaceleración y creo tampoco se está descontando lo suficiente: el mercado está demasiado centrado en el TLC y la posible llegada de Andrés Manuel López Obrador [el candidato que menos gusta a los inversores] al poder, y no le está prestando atención a la macroeconomía [a la inflación y al crecimiento]”.

A las puertas de unas elecciones tan inciertas como las que vivirá México este verano conviene echar mano de la evidencia para tratar de predecir qué ocurrirá con el peso. Y los precedentes no son particularmente halagüeños: en los cinco meses anteriores a los cinco últimos comicios presidenciales la moneda mexicana perdió, de media, el 6% de su valor frente al dólar. En 2006, el proceso electoral que más similitudes guarda con el actual ­-López Obrador estuvo a un puñado de votos de hacerse con la presidencia-, entre principios de febrero y finales de junio el peso se debilitó un 10%. “Pase lo que pase en estos meses, hasta julio va a haber prima de riesgo sobre la cotización del peso”, augura Rodado, que ve un 60% de probabilidades de que el candidato de Morena se alce con la victoria. Según sus cálculos, una depreciación de la magnitud pronosticada (10%) supondría un aumento adicional del 0,5% en la inflación, la variable que hoy por hoy más preocupa en los círculos de poder económico mexicanos.

Para México, el tipo de cambio es mucho más que un indicador más. De puertas adentro, cualquier depreciación del peso se interpreta como una señal de debilidad de la economía nacional. De puertas afuera, supone una mejora de la competitividad de sus exportaciones, que inmediatamente pasan a ser más competitivas sin que se haya dado ningún cambio en la matriz productiva; un encarecimiento de los muchos productos que importa cada día de EE UU, con el citado impacto sobre los precios; y una inmediata pérdida de poder de compra fuera del país de los ahorros en pesos. También un arma arrojadiza en la precampaña electoral más tensa que se recuerda.
 



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