Editorial

El año que las noticias adquirieron la velocidad de Trump 

2018-01-05

Esa elección especial llegó antes de que el presidente Donald Trump lograra que el...

Matt Flegenheimer, The New York Times

WASHINGTON — Barack Obama era el presidente hace poco más de un año.

De verdad, hay relatos de testigos de ese periodo que lo confirman. Duró casi tres semanas, al parecer, o casi el mismo tiempo transcurrido desde que un demócrata obtuviera una banca en el senado en Alabama, si la memoria no falla. Lo cual sucede a menudo.

Esa elección especial llegó antes de que el presidente Donald Trump lograra que el congreso apruebe la mayor reforma fiscal que se había hecho en una generación, pero después de que reconociera a Jerusalén como capital de Israel, lo cual precedió a las amenazas de terminar con la ayuda estadounidense a cualquier país que objetara… y lo hicieron, muchísimos de ellos, en un voto extraordinario de las Naciones Unidas que casi con seguridad ocurrió en algún momento entre todo lo anterior, ¿no? Quizá fue más o menos cuando el presidente acusó a una senadora de hacer “cualquier cosa” para obtener contribuciones para una campaña, con lo que tocó fibras en el movimiento #MeToo/#YoTambién que ayudó a inspirar, y habló de otra conspiración a gran escala en su contra en los altos mandos del FBI.

¿O sucedió en el verano? ¿Cuándo fue lo de los huracanes? Ah, y el Pentágono ha estado dándole seguimiento a una posible visita alienígena. Eso definitivamente ocurrió.

Después de un año, este podría ser el truco más grande de Trump: su avalancha de generación de noticias ha agitado el entendimiento del tiempo y la memoria de los estadounidenses, y ha producido una especie de sobrecarga sensorial que puede hacer que incluso sucesos sísmicos —naturales o creados por él— desaparezcan de la conciencia colectiva y la mirada pública.

Es el mago que se traga una espada que nadie creyó que fuera parte del acto, mete una docena de conejos en un sombrero antes de que la audiencia pueda contarlos… y después tuitea alegremente acerca de “Fox & Friends” mientras la multitud se esfuerza por recordar para qué espectáculo habían comprado boletos en primer lugar.

Crisis diplomáticas. Tragedias humanas. El despido de Scaramucci.

¡Bum!

“Amontonamos los sucesos de seis años”, dijo Jason Chaffetz, un antiguo congresista republicano de Utah que renunció a su empleo a finales de junio.

“Llegamos a un punto en el que simplemente ya no podemos seguir lidiando con cosas”, dijo Matt Negrin, un productor digital de “The Daily Show”, al recordar los torbellinos sin resolver, como la riña de Trump con la viuda de un soldado condecorado con la Estrella Dorada, su afirmación infundada de que Obama había intervenido sus teléfonos y su defensa de los simpatizantes nacionalistas blancos en medio de la violencia mortal de este verano en Charlottesville, Virginia.

“En mi opinión, eso es algo de lo que deberíamos estar hablando”, dijo Negrin. “Pero hubo un eclipse cinco días después. No es que Trump haya creado el eclipse. Pero quizá sí”.

La desorientación ha tenido efectos amplios, y ha moldeado no solo a la imagen pública de Trump, sino también las formas en que los legisladores, periodistas y otros en su ecosistema están obligados a operar.

No es exactamente que “nada importe”, para usar una de las frases nihilistas favoritas de las redes sociales de la era de Trump. Es que nada importa durante el tiempo suficiente.

“Las Vegas y el tiroteo en la iglesia de Texas han salido del mapa, dos de los asesinatos masivos más atroces en la historia estadounidense reciente”, dijo Tom Brokaw, corresponsal especial en NBC News, al referirse a dos episodios que, bajo circunstancias previas, muy probablemente habrían permanecido sellados en el debate nacional. “Es sorprendente. Debería ser una de las noticias más determinantes no solo del año, sino de la historia”.

Hay muchas de esas. Y el triunfo aparente del presidente por encima de la continuidad espacio-temporal ha creado preocupaciones prácticas en las oficinas del congreso y las salas de redacción, exacerbadas por fuerzas que preceden a Trump: el ascenso de Facebook y Twitter, los instintos partidistas de las noticias por cable y, en el caso de los tiroteos masivos, lo que muchos describen como una insensibilidad al terror cada vez más fuerte por parte de la gente.

Desde luego, Trump no dirige ninguna de las televisoras ni los diarios —aunque así lo quisiera a veces— y los medios han recibido sus propias críticas. Ir tras la manguera contra incendios en los sucesos de la Casa Blanca se ha vuelto un ejercicio casi constante en el juicio informativo, con resultados mixtos.

No todas las publicaciones incendiarias de Twitter requieren atención masiva. No todas las escaramuzas del ejecutivo necesitan un réferi en cada canal.

“Trump es tan desconcertante para todos que nos está volviendo locos”, dijo Peter Hamby, director de Noticias en Snapchat. “Hay muchísimas noticias atractivas, dementes y lascivas que ocurren todos los días. Pero creo que hay una obligación de darle seguimiento a lo más sustancioso”.

Nadie está diciendo que la misión sea sencilla. Incluso Brokaw, un decano de la transmisión de noticias, concedió que la producción constante de noticias de Trump a diario es “importante, y hay una cualidad shakespeariana al respecto”.

Negrin, de “The Daily Show”, ha ido tras el arte del manejo de las redes sociales para combatir esta época, con la esperanza de atacar un solo tema elusivo. Su control de Twitter incluye el número de días que han pasado desde que Trump prometió esclarecer su postura en cuanto a Hezbolá en 24 horas, una promesa —como muchas declaraciones presidenciales de importantes consecuencias—, que en su mayor parte pasó desapercibida en el típico torbellino del momento.

Eso fue en julio.

Negrin ofreció dos predicciones para este año: es poco probable que Trump establezca una postura en cuanto a Hezbolá pronto.

Y otra más: “El 2018 será diez veces peor”.



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