Salud

Cuando el cuerpo dice lo que la mente no quiere expresar

2018-02-08

Estábamos en una ciudad antigua, frente al mar, cuando dijo que quería casarse...

Elizabeth Flock, The New York Times


Estábamos en una ciudad antigua, frente al mar, cuando dijo que quería casarse conmigo. Durante todo el día paseamos en bicicleta por las calles empedradas de San Agustín, Florida, un pueblo que fue invadido por los conquistadores, pero cuyos edificios hispánicos siguen de pie, ruinosos y hermosos, frente a la costa. Habíamos bebido y eso lo envalentonó.

Dijo que quería casarse conmigo y luego discutimos con calma cómo y cuándo. Nos hicimos las preguntas que se supone que hay que hacer cuando dos personas se comprometen a pasar juntos su vida: hablamos de dinero (acordamos que nunca tendríamos mucho), ubicación (en movimiento, tanto como fuera posible) e hijos (cuatro o cinco, el nuestro sería un hogar ruidoso).

Ya habíamos planeado viajar al año siguiente a Tokio, Sídney y Bombay, en tren, avión y autobús. Habíamos elegido un lugar para construir una cabaña cerca del Parque Estatal Susquehannock en Pensilvania, el lugar con los cielos nocturnos más limpios. También pensábamos tener perros, vacas y pollos.

Sin embargo, en los días posteriores a nuestro regreso de San Agustín, mi cuerpo se retraía cada vez que me tocaba. Él se dio cuenta y, con preocupación, me preguntó por qué. Le dije que era una incrédula, en especial tratándose del matrimonio, y asintió porque eso ya lo sabía.

Por esa época ya tenía una década trabajando, de forma intermitente, en un libro sobre el matrimonio, por lo que entrevisté a muchas personas para que me contaran sus experiencias maritales. Por lo menos en una ocasión, observé cómo la infidelidad había separado a una pareja. Aunque el marido salía de viaje con frecuencia, sentí angustia al ver las cosas dolorosas que su esposa le hizo cuando decidió estar con alguien más o como cuando ella me habló con emoción sobre el próximo encuentro con su amante.

Estaba convencida de que en mi matrimonio no cometería los mismos errores que esa esposa, ni los de mi padre, quien más de una vez fue infiel y pensaba casarse por cuarta ocasión. Me dije que, a pesar de mis luchas pasadas con la fidelidad, esta vez lo haría mejor.

Me casaría y cuando tuviéramos problemas en nuestra relación, hablaríamos de eso, en vez de alejarnos. Y prometí aprender de las parejas que entrevistaba, que parecían no esperar mucho de sus cónyuges ni preguntarse si habría alguien mejor.

Durante tres años, pensé que lo había entendido. Vivimos en una casa con una puerta roja, de entre una hilera de casas idénticas, que él había construido y diseñado y que yo había llenado con mi presencia y mis cosas. Aunque era arquitecto, la casa seguía sin terminar en su mayor parte, sin puertas ni barandales. Sin embargo, cuando me quejaba con mi madre, solía decirme: “Ya sabes el dicho, en casa de herrero, cuchillo de palo”.

En los muros había mapas con tachuelas que marcaban todos los lugares que queríamos visitar. En las mañanas, nuestra perra nos daba golpecitos en el rostro para despertarnos. Por la tarde, roncaba a nuestros pies. Cuando estábamos en nuestra cama, que era muy alta, parecía que nada podía alcanzarnos.

Al año siguiente, las cosas cambiaron un poco. Conseguí un nuevo trabajo y me convertí en una criatura diurna. Ahora él trabajaba por las noches y se enteró de que su trabajo le impediría cambiar de residencia durante varios años, lo cual significaba que nuestros planes de viajar y nuestra cabaña tendrían que esperar. Además había una elección y, de repente, el futuro parecía tambalearse.

Quería hablarlo con él, pero con frecuencia estaba cansado. Siempre había sido un hombre muy trabajador. Por las noches, me iba sola a la cama.

Pronto comencé a hablar de las noticias y otras preocupaciones, y a soñar con otras ciudades y otra gente, lo cual me recordaba todas esas cosas que no podíamos hablar. Al principio de nuestra relación me había reenviado los resultados de una prueba de personalidad que había hecho de niño, que advertía sobre una falta de interés en “respuestas que fueran más allá” a las interrogantes importantes de la vida y que “‘una vez y a la ligera’ parecía ser la regla” en su caso. Habíamos bromeado sobre esos resultados, pero también le dije que por eso era tan optimista.

Empecé a darme cuenta de que eso significaba que siempre existieron puertas cerradas entre nosotros, espacios que quizá nunca podría atravesar. Una noche estábamos viendo un programa sobre un matrimonio en problemas. Cuando después traté de hablar sobre el tema, me dijo que no había nada que decir. En ese momento, lo sentí muy distante.

Por esa época, un hombre con el que había trabajado comenzó a mandarme canciones, eran esos blues tradicionales que nos llegan muy hondo y tocan lo que no hemos resuelto y que es mejor no tocar. Este hombre y yo éramos personas inquietas y comenzamos a hablar largo y tendido sobre lo que nos preocupaba y los lugares donde queríamos estar. Por las noches, escuchaba las canciones que me enviaba o las viejas bandas de punk que me encantaban, con letras que me cuestionaban sobre la libertad y mis respuestas no me gustaban.

Una noche, al terminar una de esas canciones, me di cuenta de que estaba escribiendo un relato sobre el fin de nuestra historia. Lo escribí sobre un sobre vacío dirigido a nosotros, sentada junto a nuestros discos y el mapa en la pared. Mientras cortaba una pizza, me pregunté distraídamente, quién se quedaría con el cortador de pizza. Pensé en cómo prepararía los huevos para mí sola. Mientras escribía, me sentí como si estuviera viendo todo desde fuera, tomando una decisión sin ser parte de ella. De no haberlo hecho así, habría sido muy doloroso.

Poco después, un viernes en la noche, besé al hombre que me mandaba las canciones de blues. Cuando llegué a casa y me metí en la cama, sentía ansias en todo el cuerpo. Pensé en la esposa infiel que había entrevistado, recordaba que había pensado que estaba mal dejar que el otro hombre la besara, pero que también sabía que enloquecería de soledad si no lo hacía.

Algo en mí se derrumbó después de eso. En la vida, hay ciertas verdades a las que una se aferra: “Estoy bien”. “Estamos bien”. Cuando una verdad en la que una cree deja de serlo, me dijo una amiga, todo parece incierto. Dejé de comer, dormir y me dejó de importar qué escribía o hacía.

Me di cuenta de que no había forma de huir del pasado. No podía ocultar los defectos con investigaciones y entrevistas. Cuando entrevisté a la esposa infiel, internamente la había juzgado por lo que había hecho. O quizá me había estado juzgando a mí misma, prediciendo que esto me pasaría.

En los días siguientes empaqué mi ropa y mis libros en una maleta, y luego volví a sacarlo todo. Me dije que lo correcto era dejarlo ir para que pudiera construir una cabaña cerca del Parque Estatal Susquehannock con una mujer que se mantuviera fiel a su promesa, pero no pude irme. Seguí recordando cómo se peinaba el cabello hacia atrás y parpadeaba al mismo tiempo. Por alguna razón, este movimiento tan insignificante era lo que más amaba de él.

El día que dijo que quería casarse conmigo, había arena sobre las sábanas porque habíamos pasado el día en la playa, pero entonces recordé (aunque quería olvidarlo) cómo esa noche mi cuerpo había dicho que no.

Quizá lo que la gente decía era cierto, que el cuerpo nos dice lo que la mente no nos dirá. Tal vez, aunque no había entendido el matrimonio entrevistando a quienes se habían embarcado en uno, sí había aprendido que algunas personas son las correctas para ti y otras no.

Volví a meter mis cosas en la maleta y quité algunas tachuelas del mapa. Me quedé mirando los orificios que habían dejado las tachuelas. No pude soportar quitar el resto. Llamé a una amiga e hice planes para irme, planes que no podía deshacer. Y pensé en otra verdad a la que me había aferrado: la gente no es invariable, no estamos condenados a seguir repitiendo los mismos errores.

Meses después de que terminamos, nos vimos para tomar algo y nuevamente bromeamos sobre los resultados de la prueba de personalidad. Nos reímos de ello, de nuestra incompatibilidad, pero también percibí que nos parecía muy triste.

Tiempo después, volví a mis entrevistas sobre los matrimonios en busca de una respuesta. Leía y releía ciertas páginas y me quedaba en las últimas que había escrito. Mientras lo hacía, vi que cuando le pedí a la esposa infiel que se describiera en los años por venir, ella se limitó a describir una mejor versión de sí misma y un futuro más esperanzador, en el que no hubiera infidelidad.

Aunque parecía improbable, descubrí que le creía.



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