Pura Demagogia

El destino de México en un parteaguas 

2018-02-19

Pero la complejidad de la elección no se agota en su vasta dimensión, sino en la...

Heriberto M. Galindo Quiñones, El País

La elección más compleja en la historia mexicana se encuentra en curso. Se van elegir al presidente de la República, los congresos federal y locales, nueve gubernaturas y casi todas las autoridades municipales. Los puestos en disputa alcanzan más de 16,000, si se consideran los cargos ejecutivos y de representación comunitaria en la base de la sociedad. Estamos ante un horizonte de renovación completa de los cuadros de la clase política a escala nacional.

Pero la complejidad de la elección no se agota en su vasta dimensión, sino en la complejidad logística y en el esfuerzo gigante que supone para todos los partidos. Lo históricamente relevante es que la nación mexicana ha arribado a un verdadero parteaguas en el que se elegirá entre el cambio profundo en sentido modernizador y el retroceso a las prácticas más obsoletas de la política y la economía representados por el retorno del populismo, "dadivoso y contrarrevolucionario", como lo definiera el más grande ideólogo mexicano, don Jesús Reyes Heroles.

La disyuntiva mexicana obliga a elegir entre seguir la hoja de ruta de las reformas estructurales que se lograron con el Pacto por México o regresar al mundo idílico del estatismo clientelar, paternalista, autoritario y estructuralmente retrógrado del que muchos, en otros tiempos, fuimos partícipes.

Las reformas estructurales representaron un cambio de paradigma en la estrategia de la nación a largo plazo. Fueron 12 definiciones de ruptura con el pasado de estancamiento y obsolescencia las que fijaron un horizonte estratégico que irradia más allá del Gobierno y la legislatura que las impulsaron, para convertirse en un proyecto de nación integral que se propone lograr que México sea estructuralmente una potencia más fuerte, reconocida a escala internacional.

La ruta de cambio profundo se define como la sustitución del estatismo por la economía de mercado en materia de energía, banca y crédito, productividad y competitividad; por el paso del aislamiento nacionalista a la inserción protagónica en el ámbito internacional, en diplomacia, comercio y desarrollo tecnológico; de la supeditación de la educación del esquema del corporativismo sindical a la educación de calidad y las tecnologías de punta; de la propiedad de manos muertas a la innovación en economía mixta que aún está vigente y no debe desaparecer; de la organización social estática y jerárquica a la participación ciudadana autónoma, plural, productiva y completamente libre.

Esta ruptura de paradigma abre una nueva dinámica en todos los ámbitos, que requiere continuidad, complementación con nuevas y grandes reformas y –desde luego– corrección de errores y omisiones. Esa plataforma define a José Antonio Meade, candidato ciudadano de la alianza electoral Todos por México que une tres partidos políticos nacionales: PRI, PVEM y Nueva Alianza.

El candidato Meade es un ciudadano intachable, que no es militante de partido alguno; es uno de los cuadros jóvenes maduros que han destacado de manera notoria por su preparación, talento técnico y probidad personal. Los partidos que lo postulan entendieron que una plataforma de continuidad y cambio requiere al mejor experto para conducirla, y eligieron a una personalidad que ha ocupado cinco veces secretarias de Estado, que puede unir fuerzas diversas porque es un ejemplo generacional de formación democrática y de respeto a la pluralidad.

En el otro extremo se encuentra Andrés Manuel López Obrador, candidato de un partido que se formó con una escisión del PRD dividendo a la izquierda. Su plataforma, su discurso y su personalidad son la más depurada y persistente encarnación del viejo priismo de dónde él y muchos emergimos. Todos los supuestos programáticos de la política mexicana de la época del partido único, la economía estatizada al extremo, el corporativismo y el mando unipersonal, se condensan en su candidatura.

López Obrador es un hombre ciertamente austero, líder social relativamente carismático, incansable protagonista de las concentraciones comunitarias y del manejo provocador de los medios de comunicación. Es el candidato más antiguo a la presidencia de un país latinoamericano, exceptuando a Lula. Su modelo más que recordar al del gran presidente Lázaro Cárdenas, parece inspirado en el del expresidente Luis Echeverría.

López Obrador encarna un modelo de gobernanza absolutamente unipersonal. Toda la teoría de la democracia y sus prácticas, de los griegos a los movimientos y causas que defienden los derechos de las minorías, la igualdad de derechos y la pluralidad, le son completa y totalmente ajenos e indiferentes. No es un demócrata y no quiso serlo nunca, a pesar de las enseñanzas del gran maestro común Enrique González Pedrero.

Tengo para mí que, esas son las dos opciones estratégicas que tenemos hoy los mexicanos, y que habremos de elegir entre proyectos antagónicos el 1 de julio próximo.

Creo que el descontento social existente en numerosos segmentos poblacionales ha creado la falsa ilusión de que una campaña anti sistémica es garantía de victoria automática. Así lo calculan y operan los candidatos López Obrador y Ricardo Anaya, del centro derecha en alianza con una izquierda debilitada. Reconociendo que Anaya posee talento político, es obligado expresar que él es un inédito, que carece de la formación y de la experiencia indispensable para gobernar bien un país de las dimensiones de México; además, su proyecto de nación no se conoce.

Pienso que la necesidad del cambio constructivo se va a imponer, que los mexicanos al conocer y valorar propuestas optarán por la ruta edificante, conciliadora y visionaria, más aun si Meade logra convencer de que dirigirá, con firmeza y con eficacia, el combate frontal contra la corrupción, la impunidad y la pobreza extrema, como es su proclama.

En esta bifurcación de caminos la guía es el sentido común, como recomendaría el gran pensador escocés David Hum, y se impone ejemplificar con la disyuntiva de los millones de jóvenes universitarios y estudiantes de los tecnológicos, quienes se preparan intensamente, saben que tienen toda la vida por delante, juzgan con clara conciencia la urgencia que México tiene de encontrar soluciones constructivas y, estoy seguro, que no desean elegir a ciegas o con irresponsabilidad. Puestos a ejercer el derecho al voto, considero que se decidirán por la ruta del cambio progresista y modernizador que Meade encabeza, pues es el modelo que más le conviene al país entero. El destino de México está en veremos. Sería terrible y muy lamentable una debacle por errores del electorado.


 



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