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¿Por qué agregué a mis familiares a WhatsApp? 

2018-03-09

Me quedé mirando el teléfono un buen rato hasta que casi me quedo bizca, esperando...

Yonette Joseph, The New York Times


LONDRES — Recuerdo exactamente cuándo comenzaron los mensajes en serio.

En enero de 2017, durante una visita a Guyana, la antigua colonia británica donde nací, revelé de manera informal a mis primas lejanas que tenía WhatsApp.

Llevaba años en el extranjero, ya que iba a la universidad y me abría paso hacia la adultez en Nueva York. Nos prometimos seguir en contacto. Éramos familia, creamos lazos. Ninguna separación cambiaría eso.

Poco después de que regresé a Nueva York, mi hogar, llegó el primer mensaje con un sonido de alerta a todo volumen, unas cuantas horas después de que me había quedado dormida, exhausta por mi ajetreada noche en la redacción.

El mensaje decía: “Bd”.

Al principio me quedé pasmada. Estaba en una zona horaria distinta y tenía un horario poco común. Nadie me había contactado del código de país 592 a esas horas mediante un mensaje de texto. Tomé el teléfono que brillaba en una silla al lado de la cama y escribí una respuesta.

“Hola. ¿Todo bien?”.

“Sí.”

“¡Ah, bueno!”.

Me quedé mirando el teléfono un buen rato hasta que casi me quedo bizca, esperando conocer el verdadero motivo del mensaje. Pero eso fue todo: “Bd”.

Los mensajes llegaban a horas extrañas. Llegaban cuando para alguien era momento de decir “Buenos días”, o “Bd”, pero nunca durante mis mañanas. Al principio, me causaron un ataque de ansiedad. Había aprendido a no esperar nada bueno cuando el teléfono tintinea, suena o campanea.

Tras mudarme de la casa de mi madre en Brooklyn, levantar el teléfono significaba recibir noticias que me dejarían pasmada, como una muerte, un accidente, inundaciones u otras calamidades. En Guyana, el sol es tan abrasador que te quema la piel, la comida tan buena que te hace entrar en un coma de carbohidratos y la gente muere de maneras inusitadas.

Algunas veces puede ser por viajar sin casco en una motocicleta o en la parte trasera de un carro jalado por un burro. Algunas veces es un pasajero en una camioneta que choca contra un minibús lleno de gente porque dobló la calle por el lado contrario (el carril derecho) y trató de cambiar al carril correcto (el izquierdo) en el último momento.

En consecuencia, hay funerales inolvidables en los que los hombres toman ron XM o El Dorado, mientras juegan dominó e intercambian historias sobre lo mala persona que era el muerto. Por su parte, las mujeres gimen y se retuercen ante la fosa del cementerio o se desmayan —con estilo— sobre el ataúd.

Sin embargo, esas pérdidas son devastadoramente definitivas.

Supe que mi madre había muerto por una llamada a Miami que me dejó muda durante cinco horas —el trauma era extrañamente similar a la vez que un perro dormido me mordió arriba del ojo y me dejó ciega un día—. Supe que mi abuela materna nunca volvería a ver la luz del día cuando mi hermana lloró histéricamente al otro lado del teléfono —ella estaba sola con el cuerpo en Brooklyn—.

La nueva tecnología no aligera el golpe de las malas noticias; únicamente lo acelera mediante un nuevo medio de moda. Sin embargo, ahora recibía un:

“Bd”.

“Bdía”.

“Buen día”.

Y nada más.

La única solución obvia a la tiranía del “Bd” era cambiar el sonido de la alerta a un tono más suave.

Cuando me mudé a Londres, les hice saber la diferencia horaria de cinco horas a mis primos, pero no importó. Los mensajes aparecieron en Facebook.

“Bd”.

En algunas ocasiones —muy rara vez— nuestros horarios se alineaban y hablábamos por teléfono. “Dime algo bueno”, decía yo. Si no, dime algo que casi valga la pena que el mensaje sea encriptado: la casa de quién que quedó reducida a cenizas; quién no obtuvo el certificado general de educación; qué chanchullos del ayuntamiento se filtraron.

Siempre habíamos tenido historias fuertes que contarnos. Mi abuela nos hipnotizaba de niños con historias de Brer Anansi, la araña astuta del folclore africano. Mi abuelo leía en voz alta noticias del periódico plagadas de intriga y horror: en la cajuela de un automóvil se encontró la cabeza de un político de la oposición, una mujer trató de verter aceite caliente por la oreja de su marido adúltero mientras este dormía, el reverendo Jim Jones envío a más de novecientas almas a la Tierra Prometida con agua de sabor envenenada.

Pero ahora mis familiares dicen:

“¡¡Hermosa mujer de Dios!!”.

“¡¡Disfruta tu día!!”.

Al llamar, los había hecho involucrarse más. Un mar de llamadas perdidas comenzó a aparecer en mi teléfono en modo mudo durante el trabajo.

“¿Me llamaste?”.

“Sí”.

“¿Qué sucede?”.

“Nada”.

“Ah. Estoy en el trabajo”.

“Muy bien”.

“¿Todo bien?”.

“Sí”.

A finales del año pasado, regresé de visita y volví a ponerme en contacto con una prima con quien había tenido una riña en WhatsApp. Traté de hablar de cricket, Messi, mi pareja. Sin embargo, la pedante e inteligente que tuvo una réplica para cada comentario en línea, se dejó caer en un sofá y se dejó absorber por su teléfono.

La miré de reojo y me di cuenta: somos totalmente distintas.

Soy una exescritora de cartas cuya letra, lo reconozco ahora, luce como si alguien hubiera dejado caer un escarabajo en la tinta y lo hubiera dejado escapar sobre la hoja. Ella prefiere enviar mensajes a alguien en la misma habitación. Me fui desconcertada.

Sin embargo, poco después de regresar a casa, el tintineo continuó y he aquí que iniciamos algo que parecía una conversación:

“Bd”.

“Hola”.

“Adóptame”.

“¿Qué?”.

“La gente adopta a niños no tan pequeños”.

“Pero ¿¿qué no estás en… la universidad??”.

“¿Yyyy?”.

“Peleas con tu mamá, ¿verdad?”.

“Ajá”.

En algún momento, mi número llegó a parientes tan lejanos que no los reconocería si pasaran frente a mí en la calle.

Me llené de “Bd”. Lo mismo pasó con las felicitaciones de Navidad y Año Nuevo. Recibí gifs y memes épicos: ángeles relumbrantes, querubines desnudos de mirada maliciosa, varias animaciones de Tribilín bailando.

Se me ocurrieron pensamientos destructivos: desearía que alguien solo me pidiera dinero.

Tengo que reflexionarlo, pensé. Es familia. Mis conversaciones de WhatsApp eran una mano amiga del otro lado del océano. No había cabida para el egoísmo. Hay gente que busca en la red informática mundial la tarjeta electrónica perfecta para mí. Además, nadie me ha informado que murió alguien por este medio… todavía.

Lo más importante, tras años de recibir noticias devastadoras por teléfono, ¿no debería deleitarme con la gloria banal de un “Bd”?

Y entonces llegaron los mensajes en cadena.

La mayoría tenían una bendición y una maldición: envíalo a otras veinte personas o de lo contrario…

Agradezco las bendiciones, pero los mensajes en cadena son como las sanguijuelas de las redes sociales: se alimentan de lealtad, amistad y culpa.

Se me acabó la paciencia.

Escribí oraciones enteras. Lancé puntos de exclamación. Hice amenazas. Una no puede elegir a sus parientes, pero, sin duda, los puede bloquear.

Vi un tuit de una mujer en India que dijo que abandonaba su grupo familiar de WhatsApp e hizo referencia a una “increíble cantidad de noticias sin verificar”. Un medio local lo describió como “brutal”.

Yo lo llamo liberación.



regina