Editorial

Privacidad en la Red

2018-03-27

El presidente y fundador de la plataforma, Mark Zuckerberg, ha admitido errores, pero sus...

Editorial, El País

El escándalo por la utilización fraudulenta de los datos personales de 50 millones de usuarios de Facebook ha puesto a la todopoderosa compañía tecnológica en una complicada situación que puede dañar seriamente su reputación, ya de por sí erosionada por su papel en la circulación de fake news a través de Internet. El presidente y fundador de la plataforma, Mark Zuckerberg, ha admitido errores, pero sus explicaciones no han calmado a los mercados financieros ni satisfecho la justa indignación de los millones de personas que han visto cómo la compañía británica Cambridge Analytica ha utilizado sin permiso millones de perfiles en beneficio de la campaña electoral de Donald Trump.

Velar por la privacidad y proteger la información de los usuarios es una obligación ineludible de Facebook, y en general de marcas como Google, Amazon, YouTube y Twitter, que acumulan en sus potentes servidores una ingente cantidad de referencias personales. Esa información es el pilar sobre el que se asienta su modelo de negocio. Sus algoritmos procesan los hábitos de navegación del público para servirles posteriormente mensajes publicitarios personalizados. Un uso perverso de este torrente de datos puede agitar movilizaciones en la calle, manipular a la opinión pública en asuntos polémicos o incitar a los ciudadanos a votar a un determinado candidato, torpedeando así la esencia de la democracia.

Las sospechas sobre la capacidad de Facebook de influir en el ámbito de la política son graves y sus esfuerzos, si verdaderamente aspira a recuperar la confianza de los usuarios, deberían ir dirigidos a disipar esas acusaciones. La compañía, que ha diseñado cortafuegos contra las noticias falsas en la Red y establecido mecanismos para idenficar los medios fiables, tiene también la responsabilidad de incrementar el control de los anuncios políticos, aún a costa de perder una (mínima) parte de sus ingresos publicitarios.

No se puede negar que las empresas tecnológicas han contribuido a construir un mundo más abierto y conectado. Son un motor de la globalización. Pero el escándalo generado por la fuga de datos a través de la firma británica evidencia la fragilidad y vulnerabilidad de Internet en la custodia de millones de perfiles. Los usuarios tienen derecho a saber de qué modo se gestiona su información, qué riesgos corre y los parches de protección aplicados para taponar grietas como las de Facebook.

Para devolver la confianza a los 2,000 millones de personas afiliadas a Facebook, la compañía está obligada a dar explicaciones detalladas y convincentes. La Administración estadounidense, el Parlamento británico y la Eurocámara reclaman a Zuckerberg respuestas concluyentes y medidas eficaces. Como ha apuntado el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, tiene que aclarar ante los representantes de 500 millones de ciudadanos que no se han utilizado datos personales para manipular la democracia. La privacidad es equiparable a otros derechos fundamentales, como el honor y la intimidad, y debe ser preservado con la misma firmeza.



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