Testimonios

Cómo ser residente de un país que no te quiere

2018-11-05

Acababa de regresar a California de El Salvador, donde viví hasta los 9 años. Dentro...

Por Javier Zamora\The New York Times

Mis mejores amigos y yo intentamos ir a acampar en un río en el norte de California cada verano, con la esperanza de que se vuelva tradición. Lo hemos hecho tres de los últimos cuatro años. Este año, debido a que el caudal del río Ruso estaba bajo, nos dirigimos más al oeste de nuestro sitio habitual. De camino, pasamos por una casa donde ondeaba una bandera de la confederación proesclavista de la Guerra Civil estadounidense. Mis amigos son de tez blanca; yo no lo soy.

Me sentí incómodo cuando vi la bandera, pero no inseguro. Hace un año, me habría sentido de otra manera.

Acababa de regresar a California de El Salvador, donde viví hasta los 9 años. Dentro de mi cartera, llevaba una tarjeta que me daba el privilegio de no tener que preocuparme constantemente de que me detuvieran, me cachearan y me deportaran.

La fecha impresa en la green card de residente permanente, que en efecto es verde, es el 11 de julio de 2018: 7/11, una fecha que siempre me recordará las bebidas heladas azules de la tienda 7-Eleven que solía tomar. Además, es una fecha que me recordará una larga temporada de crueldad por parte del gobierno de Donald Trump, con su política de separación familiar; un verano en el que la pregunta “¿Dónde están los niños?” fue el tema del momento.

Aunque muchos de los niños aún no están con sus padres, la gente los olvidó, al igual que hace con la gente que huye para poder seguir con vida y que espera que este país le dé asilo.

O así fue hasta hace unas semanas; hasta ahora que, de cara a las elecciones intermedias, el presidente atizó el miedo a una caravana que representa una “invasión de nuestro país”, tan peligrosa que enviará a miles de soldados para interceptar a los “invasores” en la frontera. También sugirió que, a pesar de lo que dice la Constitución, nacer en este país no garantiza la ciudadanía. Se trata de una manipulación cínica del miedo que sienten los estadounidenses blancos: el miedo al otro.

Al ver esto en televisión me siento exactamente como lo hice durante mis primeros días en este país en 1999: distinto, indeseado.

¿Es este el país en el que ahora puedo quedarme permanentemente?

Nací en El Salvador, una pequeña nación centroamericana de 6,5 millones de habitantes, en una ciudad cerca de la costa ubicada a media hora del aeropuerto. Una guerra civil, en la que Estados Unidos se involucró, azotó al país durante más de una década antes de que el conflicto finalmente terminara en 1992, dos años después de mi nacimiento. La tasa de homicidios en El Salvador es una de las más altas en el mundo. Mi familia que vive allá lo llama “la situación”. Por ejemplo: cerramos con llave las puertas a las ocho de la noche debido a la situación, o la situación no permite que vayamos a esa parte de la ciudad. La situación ha provocado, provoca y seguirá provocando que cientos de personas se vayan del país. Una caravana salvadoreña salió de la capital apenas el 31 de octubre pasado.

Mi padre se fue a causa de la guerra en 1991. Mi mamá hizo lo mismo tres años después. Más tarde fue mi turno, sin compañía de adultos, en 1999. No entendía qué era una frontera ni qué significaba la legalidad. Todo lo que sabía era que quería reunirme con mis padres, que me tomaran en sus brazos.

Me enfrenté a policías corruptos en Guatemala, me apuntaron con fusiles de asalto M-16 en México y con una escopeta que llevaba un ranchero en Arizona. El grupo con el que viajaba estaba siendo vigilado; lo seguían helicópteros. La frontera siempre ha sido un lugar muy militarizado. La caravana se organizó así porque es más seguro huir en un gran contingente.

Para obtener el derecho legal de quedarme en Estados Unidos, seguro y lejos del lugar del que escapé a los 9 años, tenía que regresar a ese mismo lugar.

Antes del 11 de julio yo tenía el estatus de protección temporal, el cual el gobierno de Trump anunció que planea eliminar, aunque un juez ha dictaminado que debe seguir en vigor. El estatus es finito, es decir, no garantiza la ciudadanía. Sin embargo, trabajé arduamente, me fue bien en la escuela, fui a la universidad, me convertí en escritor, publiqué muchos textos, escribí un libro y me hice de cierto reconocimiento. Todo este tiempo he sabido que todas las calificaciones, todos los poemas, todas las evaluaciones académicas y todos los documentos han servido de evidencia para demostrar mi valor a quienes lo juzgan. Fue suficiente para abrirme camino y obtener una visa de trabajo para extranjeros con habilidades extraordinarias (EB-1) y, más tarde, una green card o permiso de residencia permanente.

Lo haya querido o no, he vivido dentro de la dicotomía extenuante y deshumanizadora de la narrativa del migrante bueno y el migrante malo. Si me portaba mal en la escuela o no aprendía inglés con la velocidad suficiente, representaba lo que se esperaba de mí: el mínimo. Si tenía excelentes resultados, entonces era uno de los buenos, uno de aquellos inmigrantes a quienes la gente a menudo les pregunta: “¿Por qué no te dan papeles a ti?”.

El paso final en el proceso de evaluación para otorgar la residencia permanente era regresar a El Salvador, donde no había estado en diecinueve años. Tenía que aprobar exámenes médicos y una entrevista en la embajada de Estados Unidos. En otras palabras, para obtener el derecho legal de quedarme en Estados Unidos, seguro y lejos del lugar del que escapé a los 9 años, tenía que regresar a ese mismo lugar. En cinco ocasiones del mes que estuve ahí me despertó el sonido de disparos.

Creo que lo más cercano a una definición de estadounidense es una idea falsa de seguridad.

En junio, cuando estaba en El Salvador en espera de mi entrevista, la política del gobierno de Trump de separación de niños y padres en la frontera estaba en su apogeo. Yo me estaba quedando con mi abuelo. Una mañana decidí revisar mi correo; no lo había visto en días. Alguien me había enviado el enlace a un artículo noticioso: “Aquí tenemos una orquesta”, fueron las palabras de un agente de la Patrulla Fronteriza sobre los llantos de niños, captadas en una grabación emitida por ProPublica.org. Sabía que era mejor no visitar el enlace, pero de todas maneras lo hice. Mi abuelo había ido al mercado y había traído tamales de elote, frijoles y queso fresco. Jamás me dejó ir al mercado con él. El llanto de esa niña pequeña y los gritos de los otros niños en la grabación fueron una lluvia gélida que no dejaba de caer. Mi pecho se abrió y no se ha cerrado desde entonces.

En el río Ruso, cuando disfrutaba el final del verano, con mi green card dentro de la cartera, mis amigos me preguntaron cómo definiría ser estadounidense. Intentamos proponer definiciones, pero ninguna nos pareció adecuada.

Recuerdo cuando esperaba a que dijeran mi número en la embajada de Estados Unidos en San Salvador. G44. En el piso de la legación había tres flechas pintadas que iban de la calle a las cabinas de entrevistas. La verde era para las solicitudes de la green card. La amarilla, para otras visas. Por último, una morada para las visas de visitante. Seguí la flecha verde hasta una sala de espera desde la que podía ver al resto de las personas que estaban ahí, a los visitantes y a los de las otras visas, que se dirigían a las cabinas de entrevistas. Esperé una hora, y después otra, para que dijeran mi número, G44.

Intenté permanecer calmado mientras veía que la gente discutía con los agentes o simplemente salía llorando de la embajada y pisaba las mismas líneas de colores que había seguido horas antes. Imaginé que a todos se las habían negado y me pregunté cuántos intentarían irse por otros medios.

Ha sido extraño asimilar las buenas noticias de mi visa y ahora de mi residencia permanente, al igual que el ascenso del presidente Trump y su retórica antiinmigrante. No puedo votar aún; hasta que sea ciudadano. Esa posibilidad no se hará realidad sino hasta dentro de otros cinco años.

Creo que lo más cercano a una definición de estadounidense es una idea falsa de seguridad. Con esta tarjeta en mi bolsillo, debería sentirme seguro, o por lo menos más seguro, pero no me siento así, pues ha habido un aumento en las detenciones de personas con documentación legal por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Tampoco me siento seguro ahora que el presidente cuestiona la Decimocuarta Enmienda respecto a la ciudadanía.

Ha sido difícil aceptar que, en cierta forma, me he beneficiado del “sueño americano”, sea lo que sea que eso signifique en la actualidad.



Jamileth