Contra Espada

Del enemigo lejano, al enemigo cercano 

2017-08-21

Por tanto, la voluntad de atentar en el propio país de residencia y en el que se han criado...

ROGELIO ALONSO / El Mundo

«Lo que ha sucedido en Berlín no podría suceder en España», señalaba el actual ministro del Interior tras el atentado en enero de este año en el que un terrorista asesinó a 11 personas en un atropello masivo similar al de Barcelona. Desgraciadamente ha sucedido, revelando que el enemigo lejano ya es un enemigo cercano. El atentado ha estado precedido de varias operaciones antiterroristas, entre ellas, la que en 2015 desarticuló una numerosa célula de al menos diez terroristas dispuestos a atentar en Cataluña, y en la que también se encontraba un menor. Por tanto, la voluntad de atentar en el propio país de residencia y en el que se han criado los yihadistas, sin viajar a zonas de conflicto en Oriente Medio, se ha materializado ahora, aunque ya estaba presente desde hacía un tiempo. En aquella ocasión quedó acreditado el nexo con el Estado Islámico como podría ocurrir de nuevo.

A pesar de la insistencia de numerosos medios en atribuir ya la autoría del atentado al EI, la prudencia es necesaria. Sorprende la rápida asunción de la propaganda del grupo terrorista, interesado en asumir multitud de actos de violencia con los que, como se ha evidenciado en otros atentados en Europa, no siempre tiene vinculación. La inspiración de la ideología fanática del Estado Islámico es evidente, pero las investigaciones policiales todavía no han podido concluir que efectivamente los terroristas de Barcelona y Cambrils sean miembros de dicha estructura.

Los tiempos policiales no coinciden con los periodísticos: mientras la Policía necesita confirmar hipótesis, acumular indicios y transformarlos en sólidas pruebas judicializables, muchos medios se apresuran a expresar categóricamente planteamientos razonables, pero no siempre confirmados. Estamos escuchando y leyendo, por ejemplo, que los terroristas eran «muyahadin», integrantes de una «célula», «comando» con una «gran estructura» bajo una «dirección militar directamente ligada al Daesh». Los viajes a Francia y Marruecos de algunos de ellos son interpretados como demostración irrefutable de esa dirección, convirtiendo una de las hipótesis policiales en tesis a pesar de la ausencia de todas las pruebas necesarias para establecer esa conclusión.

Se corre así el peligro de encuadrar los atentados terroristas de una forma que las investigaciones policiales y judiciales pueden llegar a desmentir. Además, esta interpretación dominante que se está consolidando engrandece a un grupo terrorista como Estado Islámico que, a pesar de los reveses militares sufridos, sigue disfrutando de una proyección que le devuelve a la centralidad con una imagen de éxito y eficacia. Su marca se beneficia de una privilegiada publicidad que lo magnifica aún más, convirtiendo en triunfos las debilidades que los terroristas han mostrado: no lograron preparar ningún artefacto explosivo y al menos uno de ellos murió al intentarlo; recurrieron a un atentado de bajo coste que se benefició de la laxitud de las autoridades locales al ignorar la recomendación de reforzar la seguridad de zonas peatonales de afluencia turística; sólo uno de ellos ha logrado escapar por el momento, mientras que cinco de los terroristas fueron abatidos por la policía.

Es obligada la aplicación de medidas políticas para prevenir y perseguir la radicalización de nacionales

Plantea otro problema esa focalización en la autoría del Estado Islámico que quizás las investigaciones confirmen, pero que requiere para ello de mucho más que la propagandística reivindicación del grupo. Si dicho nexo no se confirmara policial y judicialmente, estaríamos ante otro tipo de atentado, con analogías y diferencias, que requiere precisamente que se tengan en cuenta para evitar su repetición. Si ignoramos las múltiples dimensiones del terrorismo yihadista, perderemos de vista el carácter integral de los desafíos que debemos asumir dentro y fuera de nuestras fronteras.

No es sensato descartar que un grupo de jóvenes pueda radicalizarse y con escasos recursos adquirir un rudimentario material con el que atentar, intentando emular la campaña de atentados instigada por Estado Islámico, pero sin vinculación con esta organización. Las implicaciones de este escenario son algo diferentes. Supondría la materialización de otro tipo de desafío con un origen endógeno, pero complementado por una dimensión exterior definida por el patrón de violencia que el EI ha impulsado. La pertenencia a una estructura organizativa le aporta ventajas al terrorista, pero también le genera riesgos que la policía puede explotar al investigar tramas y redes vinculadas al Estado Islámico sobre las que ya tiene conocimiento. Sin el amparo de dicha organización superior, los recursos suelen ser más limitados, así como el refuerzo grupal que fortalezca la cohesión. Ambas carencias pueden verse compensadas por la mayor dificultad de detección de individuos sin nexos con redes investigadas. En esos casos, el intento de emular a una organización referente como el EI puede inducir a una búsqueda de mayor letalidad, aunque con menores capacidades.

Ante la posibilidad de este tipo de escenario, es obligado reflexionar sobre los instrumentos necesarios para incrementar la eficacia en la obtención de información e inteligencia a través de fuentes humanas y de otros recursos que permitan detectar con antelación suficiente la aparición de radicales. Aquí juegan un papel decisivo las comunidades musulmanas que mayoritariamente condenan la violencia a posteriori, pero en las que conviven y se socializan los criminales. Su responsabilidad es notable y no deben eludirla limitándose a condenar «todo tipo de terrorismo», repitiendo que el «islam no es violencia», mientras suele soslayarse la necesaria crítica al islam radical, imprescindible en la radicalización de los yihadistas y al que recurren para justificar sus crímenes.

Ante la evidencia de que el enemigo lejano ya lo es también cercano, debemos evaluar hasta dónde estamos dispuestos a adelantar la barrera preventiva de una política antiterrorista que se enfrenta a una amenaza real, urgente y peligrosa que adopta diversas formas. Son obligadas la aplicación, no solo su anuncio, de medidas políticas para prevenir y perseguir con mayor éxito la radicalización de nacionales dispuestos a traducir en actos terroristas su ideología islamista. Además, los ya conocidos obstáculos para una eficaz coordinación policial se han puesto de manifiesto de nuevo, interviniendo ahora una policía autonómica que ha liderado la investigación sin el apropiado intercambio de información en las horas anteriores y posteriores al atentado. 



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