De Protestas a Propuestas

México tiene la oportunidad de ser una democracia ejemplar en América Latina

2018-07-12

El resultado mismo de la elección marca un paso importante en el camino inestable de la...

Ioan Grillo, The New York Times

 

En el estado sureño de Oaxaca, Emigdio López, candidato a la legislatura local por el partido Morena, de izquierda, estaba en las últimas horas de su campaña cuando lo emboscaron. Los asesinos, que dispararon a distancia hacia su camioneta, mataron de manera instantánea al candidato, así como a cuatro de sus colaboradores de campaña; sus cuerpos atestados de balas fueron descubiertos en el vehículo que se estrelló. Un miembro del partido, Flavio Sosa, dijo: “[Los asesinatos mostraron] un perverso interés de sembrar el miedo para que la gente no salga a votar”.

El asesinato de López fue parte de una ola de al menos 145 homicidios políticos que antecedieron a las elecciones del 1 de julio, según un conteo de la firma de consultoría política Etellekt. Con tan pocas aprehensiones no se sabe quién estuvo detrás de los asesinatos: si fueron los cárteles del narcotráfico u operadores políticos turbios. Sin embargo, el efecto fue crear una atmósfera de miedo en la elección de gobernadores, alcaldes, legisladores y presidente.

No obstante, decenas de millones de mexicanos superaron ese miedo y acudieron a emitir su voto el 1 de julio, formaron largas filas en muchas casillas electorales. Se registró una participación del 63 por ciento de los electores en la lista nominal, según el Instituto Nacional Electoral, ocho puntos mayor que en las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos. En México, los votos se impusieron a las balas.

El resultado mismo de la elección marca un paso importante en el camino inestable de la democracia mexicana. El ganador, Andrés Manuel López Obrador, de Morena, se convertirá en el primer político de izquierda en ocupar la presidencia desde la década de los treinta, lo cual señala un cambio de rumbo tras décadas de gobiernos que imponían políticas económicas de centroderecha. Muchos de sus seguidores creían que el fraude evitaría que llegara a la presidencia, ya que López Obrador argumentó que la primera vez que contendió en 2006 le robaron la elección. Sin embargo, cuando las autoridades confirmaron rápidamente su victoria con más de treinta puntos de ventaja, los miedos se disiparon. Esto debería restaurar en gran medida la confianza en el sistema electoral.

Los veloces y elegantes discursos de aceptación de la derrota de sus principales contendientes, José Antonio Meade, del partido gobernante, y Ricardo Anaya, de centroderecha, también fueron alentadores. Tal vez han establecido una nueva tradición en México —donde los candidatos no suelen reconocer la derrota—.

Este impulso a las instituciones mexicanas se da en un momento difícil para la democracia en el resto de América Latina. En Venezuela, donde continúa el colapso económico, el gobierno se ha vuelto cada vez más autoritario; su votación del mes de mayo para reelegir al presidente de izquierda, Nicolás Maduro, fue rechazada por gran parte de la comunidad internacional. En Honduras, el presidente de derecha, Juan Orlando Hernández, fue acusado de manipular las elecciones en noviembre; decenas de personas que protestaron por su victoria fueron asesinadas por las fuerzas de seguridad. Nicaragua está al borde de una guerra civil, pues más de doscientas personas han perdido la vida a causa de la violencia política en los meses recientes, entre llamados para que el exguerrillero Daniel Ortega abandone el palacio presidencial.

Estos acontecimientos demuestran que la lucha por la democracia en la región no es de izquierda contra derecha; los autoritarios son de ambos bandos. Algunas de las democracias más avanzadas, como Uruguay y Chile, han tenido gobiernos de derecha y de izquierda en años recientes. Tampoco se trata simplemente de una batalla entre el populismo y las democracias liberales. En algunos países donde se dice que ha habido líderes populistas, como Argentina, la alternancia del poder se ha dado de manera pacífica, mientras que en otros donde no ha habido estos líderes, como Honduras, no ha sido así. La compleja realidad es que es difícil hacer generalizaciones en el continente.

La lucha por la democracia en la región no es de izquierda contra derecha. Los autoritarios son de ambos bandos

En México, López Obrador se dice de izquierda, pero rechaza la etiqueta de populista, que, en su opinión, los académicos no pueden definir. “Ni siquiera saben qué es el populismo”, dijo en un mitin de campaña en el pueblo de Actopan. “No logran definirlo conceptualmente”.

Algunos teóricos políticos dicen que el populismo no es una ideología sino una lógica, que contrapone la idea de la gente a la de una élite. En este sentido, tanto López Obrador como el presidente Trump critican a las élites, pero también tienen antecedentes, carreras y políticas tan distintas que resulta erróneo describir a López Obrador como la versión mexicana de Trump. López Obrador necesita que se le juzgue a partir de sus propios méritos.

Una cosa es segura, la democracia mexicana todavía enfrenta graves problemas. México es uno de los países con la tasa de homicidios de periodistas más elevada del mundo, lo cual convierte a varias partes del país en agujeros negros para la información. Se ha acusado a los gobernadores de desviar miles de millones de dólares de las arcas públicas e incluso de convertirse en narcotraficantes activos, en tanto que la policía corrupta que trabaja con los cárteles del narcotráfico se ha visto involucrada en masacres brutales.

Estas son las condiciones que hicieron que tantos electores rechazaran a los partidos establecidos y votaran por López Obrador, y ahora él tiene la tarea hercúlea de tratar de resolver estos problemas. En su primer discurso tras el anuncio de los resultados electorales, dijo que lo haría, respetando la democracia. “No apostamos a construir una dictadura abierta ni encubierta”, afirmó.

México necesita asegurarse de que cumpla su promesa y use su amplia victoria de tal modo que la nación se convierta en una de las luces democráticas de América Latina y no en uno de sus agujeros negros autoritarios.



Jamileth