Enfoque

La amenaza de las plagas de la escasez chavista

2017-12-11

Acostumbrado a vivir en la Venezuela de dos dimensiones, el venezolano se pertrecha estos...

DANIEL LOZANO | El Mundo

Dos trenes infantiles recorren a todas horas las calles de Maracaibo, segunda ciudad del país. Una estampa que parece navideña, pese al sol abrasador, y que deleitaría a los niños de todo el mundo. Menos en Venezuela. Las crisis del transporte, que mimetiza imágenes pensadas solo para Cuba, ha obligado al uso de cualquier vehículo, incluidos estos pequeños vagones rojos y amarillos preparados para paseos cortos.

No importa el riesgo, cualquier cosa vale para ir al trabajo o a casa, lo que conlleva buenas dosis de desesperación y también de peligro. Esta semana cuatro personas murieron en Bolívar al chocar el camión minero de volteo que les trasladaba junto a la represa de Macagua.

Acostumbrado a vivir en la Venezuela de dos dimensiones, el venezolano se pertrecha estos días para sobrellevar como pueda la Navidad más amarga de su vida. Desde el aparato del Estado y con la amplia difusión de sus medios de comunicación, la revolución pinta una vez más la Chavidad (como la bautizó el fallecido "comandante supremo") de la suprema felicidad. El país real, en cambio, padece una tormenta perfecta, tan exagerada que la hipérbole dejó de ser una excepción literaria para convertirse en el día a día de sus ciudadanos.

La hiperinflación dispara los precios todos los días, no hay efectivo en la calle, las tradiciones navideñas están solo al alcance de los privilegiados por la revolución, las medicinas siguen sin encontrarse y las imágenes de niños desnutridos resquebrajan el ánimo del país. Como Joangelis Estrada, de dos años, que ha perdido las córneas por mala nutrición y que ahora necesita urgentemente antibióticos para luchar contra una neumonía. Como Johan Fajardo, de 13 años, que murió esta semana en Guanare pesando 11 kilos. O como Gilberto Mendoza, de tres años, quien no se pudo sobreponer a una neumonía que le invadió aprovechándose de su desnutrición severa, que según Acción Solidaria amenaza a dos millones de personas.

Y, para colmo, tres epidemias avanzan apoyadas en la gestión sanitaria del Gobierno. "El país está en terapia intensiva (la UVI), moribundo", diagnostica para EL MUNDO el prestigioso epidemiólogo Julio Castro, quien lleva meses advirtiendo sobre la incidencia de una triple epidemia: malaria, difteria y sarampión. Pese a la obligación que tienen todos los países de publicar sus cifras de salud, la revolución intenta tapar con un dedo la incidencia de enfermedades erradicadas desde hace décadas, como la difteria. La victoria contra el sarampión es más reciente, de hace tres años, pero ya se han podido confirmar 464 casos.

¿Por qué han regresado difteria y sarampión a Venezuela? "La única razón es porque el gobierno no ha vacunado de forma sistemática, es un gobierno ineficiente. Los programas de vacunación se han debilitado, lo que habla muy mal del sistema de salud de los venezolanos", explica el doctor Castro.

La malaria, en cambio, no depende de las vacunas y en un país tropical como Venezuela ha llegado a sufrir entre 2,000 y 3,000 casos durante los 90. "Pero desde hace 10 años, la cifra se duplica por año", alerta el epidemiólogo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el año pasado se registraron 300,900 casos en Venezuela, cifras solo comparables a las de Nigeria, Sudán del Sur y Yemen. En este ya habrían superado los 400,000 reportes, un número aterrador para un país que en 1961 se convirtió en la primera nación declarada "libre de malaria" en el subcontinente.

La OMS no ha dudado en emplear el término "crisis humanitaria" para explicar los graves riesgos para la salud de la población. En Bolívar, fronterizo con Brasil, los mosquitos hembra Anopheles están haciendo estragos, hasta sumar el 20% de los casos nacionales.

A Neilys Espinoza, de 22 años, le diagnosticaron el paludismo esta semana en Caracas, después de un viaje a la frontera con Colombia para comprar comida. En un primer paso ha vencido a la enfermedad, pero no encuentra la primaquina necesaria para acabar con el parásito que anida en su hígado. La medicación antimalárica está desaparecida de las farmacias y solo se encuentra en un mercado negro, cuyo precio está por las nubes. "Me la han conseguido en Puerto Ordaz y me piden un millón de bolívares", explica la joven, aterrada por la posibilidad de sufrir una recaída si no termina el tratamiento. El precio de la medicación equivale a más de dos salarios mínimos.

"No hay medicamentos para la malaria, pero tampoco para la quimioterapia, ni siquiera antibióticos. Y otros muchos. Los hospitales están críticos, la mortalidad materna ha aumentado un 65% en un año y la mortalidad infantil, un 25%. En salud somos un estado fallido y el deterioro es masivo. Por eso reclamamos un canal humanitario", sentencia Castro.

La respuesta gubernamental llegó esta semana y la dio el propio Maduro: "No somos un país de mendigos. Lo de la ayuda humanitaria es un cuento falso". 



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