Mensajería

Aprender a morir

2017-09-22

Contamos con dos certezas irrefutables: es absolutamente cierto que habremos de morir, y es...

Enrique de J. Saenz Herrera / Jorge Fuentes Aguirre

Contamos con dos certezas irrefutables: es absolutamente cierto que habremos de morir, y es absolutamente incierto cuándo y cómo. Interrogantes existenciales, angustiosas, pero ciertas e irrefutables.

Hay que rebasar los obstáculos que impiden la aceptación gozosa de tener que morir.

Si aprendemos a morir aprenderemos a vivir.

Deberíamos de pensar en la muerte para que no nos sea un acontecer ignorado en nuestra interioridad.

No es moda tocar estas cuestiones que generalmente se dejan en manos de uno silenciosos y abnegados profesionales de la medicina y la religión.

Quienes rehuyen el tema de la muerte, llegan a sus últimos días sin preparación, acobardados y temerosos. En cambio aquellos que piensan con antelación en su muerte, afrontan el final de su vida revestidos de paz y serenidad.

Pensar en la muerte no quiere decir desinteresarse de la vida. Al contrario no pensar en la muerte sería negarse a pensar seriamente en la vida.

Aquellos que hayan cerrado los ojos a algún muerto, tendrán que reconocer que son los muertos quienes abren los ojos a los vivos.

Aprende a morir y aprenderás a vivir. Nadie aprenderá a vivir si no ha aprendido a morir.

Sorprende que a menudo no se quiera reflexionar sobre el único dato cierto que tenemos del porvenir de cada uno de nosotros: nuestra finitud.

Desearíamos vivir, sí, pero de otra manera, con una vida que no fuera mortal, sino inmortal. Esto refleja que no estamos contentos de ser seres humanos. Desearíamos ser un especie de dioses.

Nadie está satisfecho con lo que tiene hasta que está en paz con lo que es.

Y al saber y aceptar lo que se es, se puedes exclamar mientras aún estamos en este mundo: "Qué gozo saber que hay que morir".

Esto es un valor importante. Significa que uno tiene conciencia de que existe.

En este mundo los únicos seres que no mueren son aquellos que no existen.

Y qué sorpresa poder sentir ese don de existir en medio de la vida, y poder decir: "Gracias Señor, Dios, por existir". "En tus manos dejo mi espíritu a la hora de mi muerte".


 



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