Ecología y Contaminación

El 2017 fue uno de los años más calurosos de los que hay registro

2018-01-23

Los datos fueron inesperados para los científicos porque el año pasado no se...

Henry Fountain, Jugal K. Patel y Nadja Popovich, The New York Times

En 2017, el mundo registró uno de los más altos promedios anuales de temperaturas de la superficie del planeta; un resultado que sorprendió incluso a científicos que esperaban que las temperaturas promedio disminuyeran en comparación con años recientes.

Los científicos de la NASA clasificaron al año pasado como el segundo más caliente desde que comenzaron a llevarse registros confiables en 1880; con ello 2017 queda apenas detrás del récord de temperaturas promedio establecido en 2016. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por su sigla en inglés), que utiliza un método analítico distinto, clasificó al año pasado en tercer lugar, detrás de 2016 y 2015.

Los datos fueron inesperados para los científicos porque el año pasado no se presentó el fenómeno de El Niño, un cambio en patrones climáticos en las aguas tropicales del Pacífico que normalmente conlleva más calor en la superficie terrestre y que había contribuido a las altas temperaturas en los dos años previos. De hecho, el 2017 debía haberse beneficiado de una versión más débil del fenómeno opuesto, La Niña, que generalmente se asocia con temperaturas atmosféricas más bajas.

“Esta es la nueva norma”, dijo Gavin A. Schmidt, director del Instituto Goddard para Estudios Espaciales, el grupo de la NASA que condujo el análisis. Schmidt recalcó: “No es que hayamos llegado a una nueva meseta; no nos quedaremos aquí. En diez años, diremos ‘Ay, mira, otra década récord de temperaturas muy altas’”.

Otro análisis, del grupo independiente Berkeley Earth, clasificó al año pasado como el año más caluroso registrado sin la presencia de El Niño. Zeke Hausfather, un investigador del grupo, dijo que a pesar de la debilidad de La Niña, “No parece que exista ninguna evidencia de que las cosas se estén enfriando”.

Los análisis de la NASA y de la NOAA establecen que diecisiete de los dieciocho años más calurosos desde que se comenzó a llevar el registro moderno han ocurrido desde 2001. En general, alimentadas por las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, las temperaturas promedio globales han aumentado más de un grado Celsius desde finales del siglo XIX.

Los científicos aseguran que la temperatura global no debe aumentar más de dos grados Celsius si la humanidad quiere evitar las peores catástrofes climáticas, como sequías más permanentes o el aumento sostenido de los niveles del mar.

La tendencia calurosa se da después de que el actual gobierno estadounidense de Donald Trump ha dado marcha atrás a regulaciones y políticas climáticas. El año pasado anunció que Estados Unidos, uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero en el mundo, dejaría de ser parte del Acuerdo de París para reducir el calentamiento global y que rechazaría el Clean Power Plan, una medida del gobierno de Barack Obama pensada para reducir las emisiones de plantas generadoras.

Más que declaraciones de políticos o datos de científicos, varios sucesos del año pasado sí dejaron claro que el clima está cambiando.

Las temperaturas en el Ártico, que se está calentando casi al doble de velocidad que otras regiones del planeta, subieron otra vez durante algunos periodos del 2017, y la región continúa perdiendo banquisa y permafrost. Los científicos también encontraron las huellas del calentamiento en otros muchos acontecimientos climáticos, como la ola de calor de junio que ocasionó incendios al sureste de Europa y el calor extremo del verano australiano.

En otros casos, los vínculos con el cambio climático no fueron tan definitivos, aunque una serie de catástrofes —que incluyen extensos daños por huracanes desde Texas hasta el Caribe, así como incendios forestales letales en California— parecen indicar que ese tipo de desastres se están volviendo cada vez más comunes.

Los investigadores esperaban que 2017 pusiera fin a una tendencia de tres años consecutivos de temperaturas récord. Esta se había exacerbado por la fuerza del fenómeno El Niño, que comenzó en 2015 y terminó en la segunda mitad del 2016. (A pesar de que técnicamente 2015 no fue un año con presencia de El Niño).

Normalmente, los vientos alisios alrededor del trópico del Pacífico soplan de este a oeste, con lo que alejan el agua de temperatura más templada de la costa de América del Sur y hacen que se acumule alrededor de Asia y Australia. Durante el fenómeno de El Niño esos vientos de cambio se debilitan o incluso se revierten, lo que permite que las áreas del océano que normalmente son frías se calienten. Este calor extra en la superficie del océano libera energía hacia la atmósfera e incrementa las temperaturas globales.

Esta es la razón por la que, normalmente, los años en que El Niño se presenta suelen ser los más calurosos de los que se tiene registro.

En un año donde se presenta el fenómeno de La Niña, el péndulo del océano se mueve hacia el otro lado: los vientos alisios se vuelven inusualmente poderosos y refuerzan con ello el proceso por el cual las aguas frías emergen del océano. Esto provoca que haya temperaturas oceánicas más frías de lo normal y, como resultado, temperaturas atmosféricas más bajas.

El mundo ahora está pasando por los efectos debilitados del fenómeno de La Niña, con temperaturas en el océano Pacífico ligeramente menores a las normales, dijo Anthony Barnston, el meteorólogo en jefe en el International Research Institute for Climate and Society en la Universidad de Columbia.

“Esto probablemente evitará que la temperatura media en promedio vuelva a romper los récords”, dijo Barnston.

Los análisis de la NOAA y de la NASA utilizan mediciones de temperatura de estaciones climáticas en tierra y en el mar. Los análisis difieren en su mayoría debido a la manera en que abordan el Ártico. En el método de la NASA, la región tiene mayor influencia en el promedio general.

“Es alarmante saber que hay individuos a punto de convertirse en adultos que han pasado todas sus vidas en un clima que, debido en gran parte a la actividad humana, es totalmente distinto al que sus padres disfrutaron cuando eran chicos”, dijo Rachel Licker, una científica climática sénior en la Union of Concerned Scientists, un grupo de investigación y activismo.



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