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La prostitución como ofensa a la castidad


2023-04-05

Por |Mons. José Rafael Palma Capetillo 

La postura cristiana ante la prostitución está inspirada en la Sagrada Escritura, que pide “No cometerás actos impuros” (Ex 20,14), ya que la noble y digna justificación de las relaciones conyugales se da exclusivamente dentro de su uso natural del hombre y la mujer en el matrimonio. Además, son muy significativas para el respeto y ayuda de los que se han prostituido sexualmente, las palabras sabias y misericordiosas de Jesús ante la mujer adúltera perdonada: “Mujer, ¿nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno. Vete en paz y, en adelante, no peques más” (Jn 8,11).

En efecto, Jesús se acerca a la mujer pecadora y, en cierto modo, la protege y defiende de los que querían apedrearla, para ofrecerle el perdón y una nueva oportunidad. El Papa Francisco hace referencia al encuentro de Jesús misericordioso con la mujer ‘mísera’, llena de pecados y errores, pero que acepta con esperanza el amor del redentor. “Misericordia et mísera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera (cf Jn 8,1-11). No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: ‘Quedaron sólo ellos dos: La miserable y la misericordia’. Cuánta piedad y justicia divina hay en este episodio. Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del jubileo extraordinario de la misericordia e indica además el camino que estamos llamados a seguir en el futuro” (Papa FRANCISCO, Carta apostólica, Misericordia et mísera, 20 noviembre 2016, 1). La prostitución es una afición desordenada que hay que hacer a un lado con prontitud y firmeza.

El acto humano de relación entre el hombre y la mujer, que es la máxima expresión de unidad y amor en el plano físico, resulta que se comercializa y explota; en esto consiste la prostitución. La prostitución es definida como el comercio sexual, a cambio de una remuneración, que implica dejar utilizar el cuerpo a diversas personas, a veces sin elección previa, a cambio de algún precio (dinero, influencias o puestos).

Con toda razón, decía sor Juana Inés de la Cruz: “Pues, ¿quién es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga, o el que paga por pecar?”. Así la poetisa De Asbaje hace una denuncia al grave daño y la tremenda ambigüedad de la prostitución, refiriéndose principalmente a la necedad masculina que acusa con hipocresía a la mujer pecadora, señalando para la meretriz la culpa de lo que el mismo comprador ha cometido.

La sociedad, sobre todo los especialistas y las autoridades, deben estudiar las causas para afrontarlas y superarlas con caridad y dar a conocer las consecuencias físicas, psíquicas y morales que se siguen en el hombre y la mujer cuando se prostituyen sexualmente. Todos pueden reencontrar el camino del amor de Cristo y, con la ayuda de todos, cerrar las puertas falsas. Debemos ser conscientes de promover campañas intensas de educación sexual, orientando sobre todo a los adolescentes y jóvenes, hacia la castidad vivida en el amor sano y que sabe esperar.

La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye, reducida al placer venéreo que se saca de ella. El que paga peca gravemente contra sí mismo, ya que quebranta la castidad a la que lo comprometió su bautismo y mancha su cuerpo, templo vivo del Espíritu Santo (cf 1Cor 6,15-20). La prostitución constituye una lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres, pero también a los varones, los niños y los adolescentes (en estos dos últimos casos el pecado entraña también un escándalo). Es siempre gravemente pecaminoso dedicarse a la prostitución, pero la miseria, el chantaje, y la presión social pueden atenuar la imputabilidad de la falta.

Concluyamos esta reflexión con la propuesta del Papa Francisco: “La Iglesia vive un deseo inagotable de brindar la misericordia… El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza” Papa FRANCISCO, Carta apostólica Misericoridiae vultus, 11 abril 2015, 10). Pidamos la intercesión de la Virgen María y san José para vivir en la fidelidad y el amor.



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