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Cómo evitar la guerra por Taiwán


2023-07-29

Lluís Bassets | Política Exterior

Es la pregunta del siglo. ¿Se enfrentarán China y Estados Unidos en una guerra por Taiwán en la presente década? No son pocos los libros, los artículos especializados y los seminarios académicos los que han intentado responder a tan grave incógnita, especialmente tras las hostilidades de la guerra en Ucrania.

Diferentes trabajos han intentando descifrar los escenarios de futuro que podrían tener lugar, como por ejemplo el famoso ensayo de Graham Allison, publicado en 2017 con el título “Destinados a la Guerra. ¿Pueden Estados Unidos y China escapar a la trampa de Tucídides?”.

Por otro lado, Kevin Rudd, que ha sido líder del laborismo australiano, ministro de Exteriores y primer ministro de su país y es hoy embajador en Washington, ha dedicado un ensayo entero a desmenuzar la política exterior de Xi Jinping. En el trabajo evalúa los escenarios más críticos y las posibilidades de que la actual tensión entre Washington y Pekín derive en un conflicto armado, e incluso adelanta sus recetas para evitarlo. Hay pocos políticos y diplomáticos en ejercicio tan bien equipados para hacer este ejercicio, tanto por su experiencia como dirigente de un país situado en la centralidad indo-pacífica como es Australia, como por su formación intelectual y su currículo como estudiante en China y en Estados Unidos.

Por su parte, Lu Kewen, que tal es su nombre en mandarín, conoce y ha tratado personalmente a los principales dirigentes de Pekín, incluido Xi Jinping. Fue testigo de las protestas de Tiananmen en 1989 que terminaron en una terrible matanza a cargo del Ejército Popular. Y tuvo como maestro y director de su tesis sobre los derechos humanos en China a un extraordinario y lúcido escritor y sinólogo como Pierre Ryckens, más conocido como Simon Leys.

Todo ha empeorado en las relaciones entre Estados Unidos y China desde que Rudd publicó su libro, justo al empezar la invasión rusa de Ucrania y antes del XX Congreso del Partido Comunista, en el que Xi Jinping alcanzó el cénit de su poder personal y cerró el ciclo aperturista inaugurado por Deng Xiaoping en 1977. Pero siguen siendo válidos el diagnóstico y las propuestas formuladas antes de que el dirigente chino con mayor poder en sus manos desde Mao Zedong se encontrara con la oportunidad de observar en Europa el trágico laboratorio de una guerra clásica en el momento en que asoma tal posibilidad en Asia.

En la última década se han deteriorado las bases de entendimiento y confianza entre Pekín y Washington, por causa de los cambios en el equilibrio de poder mundial y también por la transformación del tipo de liderazgo chino. Washington ha dejado de creer en el ascenso pacífico de China y Pekín considera que Estados Unidos es la única potencia capaz de impedir la culminación de sus ambiciones como potencia económica que aspira al liderazgo mundial.  Aunque Rudd profundiza en ambos elementos, el geopolítico y el personal,  su ensayo dedica especial atención al “nuevo, más confiado, asertivo e incluso agresivo liderazgo” de Xi Jinping.

Respecto al primero, Rudd no tiene más remedio que remitirse a la “trampa de Tucídides”, tal y como la formula Allison: “Fue el ascenso de Atenas y el miedo que instiló en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”.  Según su criterio, esta regla de comportamiento geopolítico ha funcionado ya en buena medida en forma de una especie de Guerra Fría 2.0, aunque la dificultad y el tema que le preocupa y ocupa su libro es el riesgo creciente de su evolución en forma de guerra caliente.

Respecto al segundo, la personalidad de Xi Jinping, que ocupa diez capítulos del libro, Rudd presenta a un dirigente que potencia a la vez las tendencias y prioridades que ya existían en la dirección del Partido Comunista y consigue la máxima concentración de poder gracias a su astucia y brutalidad, especialmente a la hora de eliminar a sus rivales y críticos. Si hubo alguna duda en el pasado sobre la continuidad de la vía autoritaria y de la fidelidad a la dictadura del partido, Xi la ha disipado del todo. Ya no es tiempo para direcciones colegiadas, ni para limitación de mandatos, ni tampoco para “esconder la propia fuerza, esperar el momento oportuno y evitar el liderazgo”, los principios que propugnaba Deng Xiaoping para su política exterior.  Xi no tan solo ha terminado con la ambigüedad sino que ha encontrado la nueva fórmula de la autocracia china, izquierdista en su política leninista y en su intervencionismo económico y derechista en su política exterior nacionalista.

Tras incorporarse a la Organización Mundial de Comercio en 2001, mostrar la máxima comprensión hacia Estados Unidos tras los ataques terroristas del 11S y recibir de Robert Zoellick, subsecretario de Estado de George W. Bush, el título de “socio responsable“ en 2005, Pekín perdió todo el respeto a Estados Unidos con la crisis financiera  de 2008-2009. Según Rudd, el debate interno que había ocupado al partido sobre la posibilidad de una vía socialdemócrata dentro de un sistema político más plural había quedado zanjado mucho antes de 2001, de forma que en los años de la presidencias de Hu Jintao (2003-2013), aparentemente menos rígidos que los actuales, estaba ya claro que seguiría el sistema de partido único y centralizado leninista, imprescindible para la supervivencia de la unidad del país y su marcha hacia el estatuto de superpotencia global.

En el origen de la tensión actual no hay un giro político inesperado, sino una ambigüedad estratégica fundacional de las relaciones entre ambos países, establecidas a partir del Comunicado de Shanghai de 1972 tras el encuentro entre Richard Nixon y Mao Zedong. Versa sobre el corazón del conflicto actual y la normalización de relaciones, conseguida en 1979 con Deng Xiaoping, que sigue siendo el estatuto de Taiwán. Entonces como ahora, “Estados Unidos insistió sin éxito que China renunciara al uso de la fuerza para obligar a la reunificación al régimen de Taipei”. “Desde el principio –según el agudo diagnóstico de Rudd— Pekín vio las relaciones como ‘transaccionales’, un instrumento para reforzar la seguridad y la prosperidad de China, mientras que Washington las vio, al menos en parte, como ‘transformacionales’, comportando como objetivo profundo la modificación de la naturaleza de la propia China comunista”.

Xi tiene prisa con Taiwan. Quiere resolver el problema pendiente durante su período presidencial, ahora ya sin límites temporales para repetir mandato cuantas veces pueda. Para 2027 quiere disponer de todas las capacidades militares para conseguirlo. Considera agotada la estrategia  gradualista de absorción económica, interpreta a su conveniencia el principio de “un país, dos sistemas”, que permitió la devolución de Hong Kong y el establecimiento de un modelo de convivencia del comunismo con el Estado de derecho, la división de poderes y la democracia parlamentaria de la antigua colonia británica. Taiwán es la joya de la corona a recuperar y exhibir en la apoteosis del comunismo chino de 2049, con el centenario de la fundación de la República Popular y del monopolio de poder comunista.

Rudd analiza diez escenarios de confrontación entre China y Estados Unidos, siete de los cuales giran alrededor de Taiwán, la mitad con algún tipo de confrontación militar. Abarcan desde la invasión y conquista por la fuerza hasta la reunificación pacífica; entre la confrontación directa con Estados Unidos y el desistimiento de Washington; con victoria militar tanto de una parte como de la otra; y con resultados geopolíticos que también oscilan entre la inauguración de una era de dominio chino y otra de contención militar de Pekín e incluso de incierta descomposición del régimen. Cinco son favorables a Xi Jinping, al que Rudd considera con las mejores bazas para ganar la partida. No descarta los empates infinitos, como el que se halla instalado en la península de Corea desde 1951, ni tampoco que la chispa pueda saltar en el Mar de China Oriental con Japón, en el Mar de la China Meridional con los numerosos países vecinos (Vietnam y Filipinas especialmente) o en la tensión entre las dos Coreas.

Dando por sentado que China estará militarmente preparada para tal escenario, especialmente en cuanto a capacidades navales, son cuatro los factores que considera determinantes para este incierto futuro: la sostenibilidad a largo plazo del modelo de crecimiento económico chino, el declive demográfico de la población, la velocidad para atrapar la punta en la carrera tecnológica por la fabricación de semiconductores y las disputas internas del régimen entre los nuevos “lobos guerreros” y la diplomacia tradicional. Ni que decir que la capacidad de Estados Unidos para responder al desafío, es decir, para salir de la estrategia errática que ha tenido hasta ahora, es el factor último que determinará esta evolución.

Gestionar la competencia estratégica es la fórmula del ex primer ministro australiano para evitar la guerra. Por si quedara alguna duda respecto a la guerra fría en que nos estamos adentrando, Rudd propone que Pekín y Washington construyan unos mecanismos de comunicación y de consulta similares a los que establecieron Washington y Moscú tras la crisis de los misiles cubanos en 1961. Parecen necesarias algunas líneas rojas y reglas de juego, que Rudd desgrana con esforzada imaginación y un voluntarismo algo ingenuo, proponiendo establecer ciertos puntos y límites discretamente, mediante una diplomacia que califica de “privada”, aunque en propiedad quiere decir “secreta”: excluir los ciberataques a infraestructuras críticas; regreso sin vacilaciones a la política de una sola China; eludir las visitas de alto nivel a Taipei; limitar los ejercicios provocativos y las maniobras marítimas en las zonas sensibles, por parte de todos los países concernidos; evitar nuevas ocupaciones de arrecifes en el Mar Meridional de China; y respetar la libertad de navegación y sobrevuelo.

No quedan lejos sus propuestas de la fórmula europea para tratar con China como socio, competidor y rival estratégico, que permite delimitar un campo de entendimiento en políticas de cambio climático, negociación nuclear bilateral, acuerdos sobre aplicaciones militares en la inteligencia artificial, proliferación nuclear referida especialmente a Corea del Norte e Irán, respuesta a desastre naturales, combate contra las pandemias y la estabilidad financiera.

Las ideas de Rudd se dirigen, sobre todo, a modificar la actual dinámica, guiada por el discurso de la inevitabilidad, la mutua demonización y la preparación de la guerra en vez de la prevención. Estas ideas adquieren mayor intensidad e interés bajo la trágica luz de la experiencia bélica en Ucrania, en cuya resolución China podría tener un papel relevante. Para sortear la “trampa de Tucídides”, ahora como al final de la guerra fría, hay que recuperar la confianza entre Washington y Pekín, gracias a la verificación surgida precisamente de la desconfianza, como rezaba la fórmula contradictoria de Ronald Reagan, y a la unión que no surge del amor sino del espanto, como reza el verso memorable de Borges.



JMRS


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