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La ley del deseo


2015-08-24

SANTIAGO RONCAGLIOLO, El País

A 39 millones de infieles del mundo se les atragantó el desayuno la semana pasada, al leer el periódico. Un grupo de piratas informáticos ha robado sus perfiles de la web Ashley Madison para publicarlos en Internet.

Ashley Madison es una web para poner cuernos. Su portada luce el eslogan “La vida es corta. Ten una aventura”, y la foto de una rubia llevándose el dedo a los labios para que le guarden el secreto. Su utilización resulta muy sencilla: uno ingresa sus datos y entra en contacto con potenciales amantes. Para entrar en el sistema, el usuario debe consignar sus datos físicos y describir sus apetitos más urgentes. Así que, si tiene usted dudas sobre la lealtad de su pareja, eche un vistazo por la Red. A lo mejor hasta descubre alguna sorpresita sobre sus gustos y preferencias.

Mientras los cornudos del mundo y sus angustiadas parejas se volcaban en Internet, otra noticia sexual llegó a nuestras portadas: la aprobación de Estados Unidos a la comercialización de Addyi, el viagra femenino, un medicamento para incrementar el deseo femenino en primorosas píldoras rosadas.

En realidad, Addyi no es un viagra. La sexualidad femenina es más compleja que la masculina. La pastilla azul actúa sobre la circulación, bombeando sangre hacia donde el hombre la necesita (y solo la necesita en un lugar). La rosada, en cambio, es psicoactiva: actúa sobre el cerebro, estimulando el apetito sexual. El usuario de viagra siente deseo pero su cuerpo no puede satisfacerlo. Addyi crea el deseo.

A la luz de estos avances, merece la pena volver a ver la primera temporada de Masters of Sex. Esa extraordinaria serie de televisión recrea la década de los años cincuenta, aquellos terribles tiempos en que la sexualidad era tabú, la gente no hablaba de sus necesidades amatorias y los gais se curaban mediante castraciones químicas y electroshocks.

Hoy, ley del deseo aún es rigurosa, pero se ha invertido. Antes, el sexo estaba prohibido. Ahora es obligatorio. En los años cincuenta, las personas se conocían, y si se gustaban, desafiaban todo tipo de normas para consumar su atracción. En el siglo XXI, carecer de amante se considera disfuncional. Y si no quieres acostarte con nadie, debes medicarte. Irte a la cama sin compañía está tipificado como enfermedad. Creemos que nos hemos vuelto más libres, y por eso más felices. Pero quizá solo hemos cambiado de esclavitudes.



LAL


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