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La agonía de los disidentes encarcelados en China


2017-07-14

ISMAEL ARANA / El Mundo

Cuando las autoridades de China informaron a finales de junio de que el disidente político y premio Nobel de la Paz fallecido ayer, Liu Xiaobo, estaba ingresado en un hospital por un cáncer de hígado terminal, muchos se preguntaron si los líderes del Partido Comunista chino (PCCh) no habrían retrasado deliberadamente el diagnóstico o el tratamiento para uno de los críticos al régimen más famosos e influyentes en el mundo.

Liu, de 61 años, fue condenado en 2009 a 11 años de cárcel por "incitar a la subversión del Estado". Desde que se dio a conocer su liberación el pasado 26 de junio "por razones humanitarias", permaneció ingresado en el hospital de la ciudad de Shenyang. Pese a que solicitó ir al extranjero junto a su mujer, Liu Xia, para ser tratado y dos médicos foráneos lo reconocieron y dijeron el lunes que todavía es posible hacerlo, las autoridades chinas se negaron en rotundo alegando que este era un "asunto interno".

"Tenemos razones para sospechar que los líderes del país nunca han querido ver un Mandela chino que pueda tener un impacto después de salir de la cárcel", aseguró al respecto el también activista y amigo de la familia, Hu Jia, a la CNN. Su opinión es compartida por muchos otros defensores de los derechos humanos, que apuntan a un patrón que se suele seguir en las prisiones chinas: la negación de atención médica adecuada a los disidentes como vía para castigarlos e intimidarlos.

Enemigos del Estado, a campos de trabajo

Ejemplos de esta actitud se encuentran ya en la época de Mao, cuando miles de "enemigos del Estado" fueron enviados a campos de trabajo y prisiones donde las duras condiciones de vida y la falta de cuidados llevaban a un rápido empeoramiento de la salud y, en muchos casos, a la muerte.

Así lo reflejó en su libro 'Nueve muertes y una vida' el veterano periodista Dai Huang, fallecido el año pasado. En sus páginas, narra como, tras ser tildado de elemento "antipartido" por criticar el culto a Mao, fue enviado 20 años a un campo de trabajo donde padeció hambre, lesiones, enfermedades y se le negó cualquier auxilio médico. "Incluso cuando los proscritos eran enviados a las clínicas rurales, el personal a menudo tenía miedo de tratarles para no ser acusados de simpatizar con los enemigos de clase", relató.

Aunque con las reformas económicas y el aperturismo de los años 80 y 90 se siguieron registrando nuevos casos de abusos, los críticos señalan que desde que el actual presidente chino, Xi Jinping, llegó al poder en 2012, el PCCh ha vuelto a aplicar las políticas de mano dura de antaño con renovados brios contra cualquier colectivo que cuestione su hegemonía, sean abogados de derechos humanos, periodistas o activistas laborales.

Ausencia de tratamiento médico

"Los prisioneros siguen siendo tratados como enemigos", asegura Hu, que estuvo en prisión entre 2008 y 2011. Durante ese tiempo, los doctores de la cárcel le diagnosticaron erróneamente los dolores que sentía en el abdomen como punzadas laterales para, ya en libertad, comprobar que lo que realmente tenía era una pancreatitis aguda, una enfermedad potencialmente mortal.

Casos aún más graves fueron los de la disidente Cao Shunli, a la que se le negó repetidamente el tratamiento para la enfermedad que padecía y murió en el hospital en 2014 tres semanas después de ser liberada en coma; o el del monje tibetano Tenzin Delek Rinpoche, que falleció en prisión después de 13 años encarcelado, tiempo durante el cual su familia solicitó una libertad provisional por razones médicas que nunca se le fue concedida.

Otros casos recientes son los de los abogados de derechos humanos Gao Zhisheng, Li Heping o Li Chunfu, quienes pudieron salir por su propio pie de su confinamiento pero con un estado de salud más que precario denunciando haber sufrido graves torturas y abusos.

Por su parte, el Gobierno chino -que gestiona una población reclusa de unos 1,6 millones de personas-, niega que haya privado a ningún disidente encarcelado de la atención médica necesaria como medida de represalia. "China ha dicho repetidamente que los departamentos judiciales chinos protegen todos los derechos de los presos según la ley", subrayó este lunes el Ministerio de Exteriores en un comunicado.

Ahora, con la muerte de Liu copando portadas, las autoridades chinas no han dejado de mostrar -vídeos incluidos- la buena calidad del tratamiento que el Nobel recibió, incluso invitando a especialistas extranjeros para que lo viesen.

Pero para muchos activistas, el mensaje que subyace detrás de esta actitud es que las autoridades no tienen ningún problema en permitir que los activistas se marchiten en sus cárceles hasta que sea demasiado tarde para ellos. "El Gobierno chino es un régimen totalitario que a menudo emplea mano dura contra los disidentes y sus familiares para evitar que hablen con el exterior sobre la violación de los derechos humanos", declaró la poetisa y amiga de Liu, Ye Du, a EL MUNDO antes de su muerte. "La lucha por la democracia y los derechos humanos de Liu Xiaobo es inaceptable para el Gobierno chino y, por ello, pretenden erradicar por completo su voz e influencia. Puede que no sea el último".



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