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Tres temas tabúes de nuestro tiempo


2017-10-04

Jorge Fuentes Aguirre

Hay tres temas de los que casi no se habla en las conversaciones cotidianas: Dios, la espiritualidad y la muerte.

El tema de Dios

Para el común de las personas, Dios no ocupa lugar en su vida diaria. Les interesan cosas más prácticas, útiles y concretas, esas con las que se vive aquí y ahora.

Inducir una plática acerca de Dios es exponerse a ser tachado de santurrón, y que a nadie le importe secundarla. Además, pensamos, ¿para qué hablar de Dios? Los que ya creemos, pues ya está; si alguno de los demás no cree en e1, no lo vamos a convencer. Así pues, apartemos el tema. Y al apartarlo, queda apartado Dios.

El problema es, una vez más, que Dios no está en el ámbito del hombre moderno. Lo ha echado por la ventana porque según esto el mundo ya no necesita de el. ¿Para qué, si ya ha conquistado la ciencia y la tecnología?

Hace apenas cien años Edison deslumbro a sus contemporáneos inventando el foco. ¡Ahora, en el tercer milenio somos amos y señores de la electrónica! ¡Que poco tiempo hace del vuelo histórico de los hermanos Wright con aquel rudimentario avioncito que voló solo unos cuantos metros! Ahora ya llegó el hombre a la Luna y hacemos vuelos interplanetarios. Y la cámara de Lummiere, tan superada por el video y la fotografía digital. El siglo pasado la gente moría de bronquitis y tifoidea. Ahora efectuamos trasplante de órganos y manipulación de ingeniera genética. Con todos estos portentos -dice el mundo- ¿para qué necesitamos a Dios?

Yo diré para qué. Lo necesitamos porque entre tanto progreso, es cada vez mayor la cantidad de personas que han perdido el sentido de su vida. La enfermedad del mundo moderno no es la diabetes ni el cáncer. Es la depresión. En nuestro país se consume un millón de tabletas antidepresivas cada día. La cifra de suicidios crece alarmantemente y millares de personas pasan sus días sin una motivación que les haga vivir a plenitud. ¡Es que viven el profundo vacío de la ausencia de Dios en sus vidas! Prófugos de su interioridad, les falta Dios. Y sin Dios, todo lo del mundo es nada.

El problema es que nos acordamos de Dios hasta que nos golpean las calamidades o nos acomete la enfermedad. Yo conozco ateos en todas partes: en las universidades, en el café, en los círculos intelectuales y políticos, en los foros internacionales, en todas, menos en el hospital, ni en una prisión, ni en el lecho de la muerte. Entre los enfermos, prisioneros y agonizantes no hay ateos. Porque ante la posibilidad de morir, aun en medio de los malestares de la enfermedad, el ser humano se acuerda de Dios.

Dios existe, y urge tenerlo presente como un ser vivo, como un interlocutor cercano más allá del formulismo coloquial de decir "gracias a Dios", y "si Dios quiere".

Cuando dejemos de considerar a Dios como una idea y empecemos a tomarlo en serio como un Alguien, entonces lo tendremos en cuenta en nuestra vida, en el quehacer diario, en la conversación.

Vale la pena hablar de Dios. Después de todo, fue el, Dios, quien, sonriendo, pronuncio nuestro nombre en medio de un coro de estrellas, y nosotros nacimos a la vida.

El tema de la espiritualidad

La espiritualidad es otro tema tabú de nuestro mundo. Hablamos de espíritu deportivo, patriótico, cívico, pero pocas veces nos referimos al espíritu considerándolo como esa parte de la entrada que el hombre tiene más cercana al alma.

Hablar de espiritualidad es aún más peligroso que hablar de Dios en nuestra sociedad. El tema de Dios provoca evasión, pero el de la espiritualidad causa burlas. Uno de los caminos más seguros para ser criticado de iluso, es hablar del espíritu. No se piensa que la espiritualidad es vida interior y conduce al trato íntimo con Dios. Incluso entre los asiduos a las asambleas cristianas, la espiritualidad es tema secundario.

El espíritu es con lo que amamos; lo que nos inspira a orar y nos mueve a transformar en obras las inspiraciones del Espíritu Santo. Sus frutos son lo único que quedara de nosotros al irnos del país de la vida.

La espiritualidad es fecunda y fecundante, surgida del encuentro entre la persona que sale en búsqueda de Dios a través de la fe, y Dios que llega a la persona a través de su amor. Allí hace cumbre la espiritualidad.

Hay entre nosotros mucha religiosidad, pero muy poca espiritualidad. La religiosidad es algo un tanto superficial: ritos, asistencia a servicios de culto, cumplimiento rutinario de preceptos eclesiales. Si se trata de religiosidad popular se reduce a estampitas, veladoras, peregrinación y pólvora en el atrio del santito. La espiritualidad, en cambio, es asunto mucho más profundo: es verdadera relación interpersonal con Dios.

-La religiosidad se da en la periferia. La espiritualidad se da en la entrada.

-La religión es precepto. La espiritualidad son ganas de Dios.

-La religión es rezo. La espiritualidad es dialogo con Dios. -La religión es ir a misa por obligación. La espiritualidad es vivir la Eucaristía por anhelo de unión con Jesús. -La religión es rito, la espiritualidad es reto.

El tema de la muerte

Y por último, la muerte. ¡Ah, eso de la muerte! A pesar de que el morir es lo único que tenemos seguro en la vida, y de que vemos acontecer la muerte todos los días, el tema de la muerte y del morir es otro enorme tabú. Tal vez el que más descaradamente evadimos.

No solo no hablamos de la muerte, sino que preferimos no verla de cerca. Hay un recurso para evitarnos el esfuerzo de argumentar la afirmación o la negación de algo: no pensar en ello. Eso es exactamente lo que hace el hombre moderno con la cuestión de la muerte: eludir todo pensar y toda referencia al asunto.

La muerte, y no el sexo, es el tema tabú de nuestro tiempo. El hombre quiere pasarla muy a sus anchas en esta vida, con la muerte bien apartada de su panorama. Qué bien dice el Eclesiástico:

"¡Oh muerte, que amargo es tu recuerdo para el hombre que vive en paz entre sus bienes, para el varón a quien en todo le va bien!"

El hombre del mundo moderno manifiesta un rechazo colectivo a la soledad, al dolor, al sufrimiento, y a la idea de que ha de morir. Se nos esconde todo lo que hay en derredor del morir. Incluso cuando el ser querido muere, lo disfrazamos de vivo para que no aparezca "tan muerto" en el féretro. Es preciso disimular por medio de artilugios funerarios que el ser querido ha muerto. Hay que confeccionar su rostro maquillándolo agradablemente, arreglar bien su vestimenta. ¡Que el muerto tenga aspecto de vivo durmiendo! No importa que nos engañemos: ¡es tan consolador!

Pareciera que hoy día ya no hubiera muerte, solo sepelios. Y lo más rápido que sean las exequias, mejor para todos.

Tres temas tabúes de nuestro tiempo: Dios, el espíritu, la muerte. Temas evitados. A pesar de su trascendencia en la vida por ser principio, sentido y fin del existir humano.

Finalmente, para concluir y reflexionar:

El espíritu es el que nos hace vivir.

La muerte es la que tenemos segura.

Y Dios que nos espera.



regina


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